Entre los latidos de la noche
Charles Sheffield

 

 

 

 

 

Título original:

Between the strokes of the night

 

Traducción:

Rafael Marín Trechera

 

La presente edición es propiedad de Ediciones B, S.A.

Calle Rocafort, 104-08015 Barcelona (España)

 

© 1985, Charles Sheffield

© Traducción: Ediciones B, S.A.

 

Printed in Spain ISBN: 84-7735-934-2

Depósito legal: Bi. 920-1988

Impreso por GRAFO, S.A. - Bilbao

 

Diseño de colección y cubierta:

LA MANUFACTURA / Arte + Diseño

 

Ilustración:

Sergio Camporeale. Acuarela, París 1988

 

Edición digital: Noviembre 2003

Escáner y OCR: Sadrac, Revisión Scalm

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

 

 

 

Hay varías estructuras y tratamientos posibles en una novela de ciencia ficción. En algunos casos, es el segui­miento de los personajes, su evolución y cambio por efecto de las incidencias narradas, lo que constituye el cuerpo central de la novela, lo que atrae nuestra atención como lectores. En otros casos, es la idea subyacente la que domi­na y los personajes no son más que elementos en cierta forma secundarios, meros apoyos para el efecto final.

En la ciencia ficción clásica, concebida tradicionalmente como literatura de ideas, los personajes reciben con frecuencia tratamientos esquemáticos que los convierten en simples soportes de la idea central. Afortunadamente la revolución que supuso la Nueva Ola a finales de los años sesenta hizo recapacitar a los autores del género y les exigió una atención por la psicología de los personajes mayor que la habitual hasta entonces.

Gracias a ello el género ha alcanzado su madurez y también un nuevo boom editorial. Hoy en día los nuevos autores de buena ciencia ficción son capaces de crear novelas en las que el interés por las vivencias y la evolu­ción de los personajes se une al de una idea central que responde, de nuevo, a las características esenciales de ese sentido de la maravilla que había hecho famosa a la cien­cia ficción como literatura de ideas y aventuras.

 

 

Sheffield es uno de esos nuevos autores de calidad capa­ces de mantener al mismo tiempo el interés por unos personajes alejados del «cartón piedra» típico de la edad de oro de la ciencia ficción, y proporcionar en sus libros una riqueza de ideas sorprendente y exhuberante que sigue siendo la base esencial de ese sentido de la maravilla que ha hecho tan popular al género.

En otra de sus mejores obras, LA CAZA DE NIMROD (Libro Amigo - Ciencia Ficción/14), la trama aventurera está salpicada de exóticas especies galácticas, gadgets tecnoló­gicos y novedades sorprendentes, pero el eje central de la novela radica en el fondo en una característica psicológi­ca del personaje central.

Esto es menos evidente en ENTRE LOS LATIDOS DE LA NOCHE. Estamos esta vez ante una de esas novelas que ha caracte­rizado al género, de ésas en las que la idea central necesi­ta un desarrollo dilatado en el tiempo que hace difícil la pervivencia de unos mismos personajes. Por ello es com­prensible un cierto «desengaño» del lector moderno cuan­do, al inicio de la segunda parte, se ve de pronto alejado de los personajes e intereses que han atraído su atención en la primera parte. Esa misma sensación experimentó Rafael Marín al traducir la novela, y así me lo hizo saber. Parecía, con ello, que ENTRE LOS LATIDOS DE LA NOCHE perdía algo de la calidad que habíamos descubierto ambos en LA CAZA DE NIMROD, la primera novela de Sheffield que apare­ció traducida en España (y también gracias al trabajo como traductor de Marín, que sigue siendo, además, uno de los mejores entre los escasos escritores de ciencia ficción del país).

Pero no me parece que ENTRE LOS LATIDOS DE LA NOCHE sea inferior a LA CAZA DE NIMROD, sino simplemente distinta. La obra que hoy presentamos es, esencialmente, una nove­la de ideas y aventuras, una de ésas que hoy en día quizá sólo la buena ciencia ficción puede ofrecer. El alcance temporal y galáctico de la trama central se complementa con interesantes personajes en cada momento del devenir de la acción narrada, pero el eje central del libro se orienta hacia ese encanto por lo maravilloso y esa fascina­ción por lo infinito que reconstruye, paralelamente a la acción, los grandes interrogantes de la existencia y las preocupaciones elementales sobre el devenir y el futuro del ser humano, no ya como individuo, sino como especie.

 

 

ENTRE LOS LATIDOS DE LA NOCHE se inicia con la visión de unos científicos que investigan sobre el sueño en el marco de un mundo que camina aceleradamente hacia su des­trucción. Pero, afortunadamente, un visionario como Salter Wherry ha establecido con sus arcologías la base de la futura expansión de la especie humana a lo largo y ancho del tiempo y la galaxia. Con ello entramos en ese indefini­ble vértigo de lo infinito que sigue siendo uno de los elementos exclusivos de las buenas narraciones de ciencia ficción. Tal vez por esa razón la segunda parte de la novela, que transcurre dentro de veinticinco mil años, supone efectivamente una cierta ruptura. Pese a que, más adelante, volvamos a encontrar a algunos de los persona­jes iniciales (y así se recupera el atractivo del libro para los lectores interesados en los personajes, como Rafael Marín), lo que más interesa de la novela es el devenir de ese «personaje» especial y atípico que está formado por toda la especie humana y al que llamamos Humanidad.

No me atrevo a contar más del argumento pero estoy seguro de que, una vez terminada la novela, algunas de las brillantes, arriesgadas y sorprendentes ideas de Shef­field les proporcionarán buen motivo de reflexión después del entretenimiento.

 

 

En la presentación de LA CAZA DE NIMROD me refería a Sheffield como el nuevo Arthur C. Clarke de la ciencia ficción del futuro. No me resisto ahora a citar lo que Don Chow, uno de los mejores críticos literarios del famoso fanzine Locus dice sobre esta novela de Sheffield que hoy presentamos:

 

Con mayor riqueza que otras veces, Sheffield ha creado unos personajes entrañables que actúan al servicio de la humanidad en la búsqueda del Santo Grial del conoci­miento. Por ello puede de nuevo asociarse el nombre de Sheffield al de Clarke. Pero esta vez puede añadirse que Sheffield combina sus conocimientos científicos y su visión con mayor éxito que el que suele lograr Clarke. El propio Sheffield parece consciente de tal compara­ción. Su historia se inicia en el año 2010, una fecha de la que Clarke se ha apropiado.

 

Esta nueva novela de Sheffield es precisamente eso: un sueño de la ciencia, una visión de la humanidad. Sus personajes buscan la inmortalidad no para sí mismos, sino como una forma de comunicarse con las maravillo­sas y misteriosas criaturas que llaman hogar al espacio profundo. Ésas que saben cosas que la Humanidad tiene la obligación de llegar a saber.

En la persecución de ese conocimiento, los personajes de Sheffield y su novela glorifican uno de los grandes temas de la ciencia ficción.

 

Estoy plenamente convencido de que Charles Sheffield, junto con Gregory Benford, David Brín, Greg Bear, A.A. Attanasio y algunos más de los nuevos autores, está llama­do a configurar la ciencia ficción de finales de siglo de la misma forma en que los autores clásicos como Asimov, Clarke y Heinlein, ayudados por la labor editora de Camp­bell, definieron el género en los años cuarenta y cincuen­ta. Las obras de Sheffield aúnan con una facilidad envi­diable una capacidad de distracción y entretenimiento inteligente con reflexiones adecuadas e interesantes sobre el futuro y las posibilidades que nos depara. ENTRE LOS LATIDOS DE LA NOCHE es una clara muestra de ello.

Quede para la pequeña historia la noticia de que la novela apareció señalizada en la revista Analog durante los meses de marzo a junio de 1985 Se trata de la revista decana de la ciencia ficción norteamericana (no debe olvidarse que anteriormente se llamaba Astounding y allí John W. Campbell forjó la ciencia ficción clásica), que se ha especializado en narraciones con sólidas bases científi­cas, y que sigue siendo la que mayores ventas obtiene de todas las revistas especializadas en ciencia ficción. Uno de sus grandes atractivos es la señalización de novelas de gran calidad como lo son también LA GUERRA DE LA PAZ y NÁUFRAGOS DEL TIEMPO REAL de Vernor Vinge, ambas nomi­nadas para el premio Hugo, que aparecerán pronto en esta misma colección. Pero ésa es otra historia de la que ya tendremos ocasión de hablar.

 

MIQUEL BARCELÓ

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Rosa

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

Dormido entre los latidos de la noche,

vi a mi amor inclinarse sobre mi triste cama,

pálida como el lirio más sombrío...

 

—Augustus Swinburne.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

 

GULF CITY; AÑO NUEVO 14

(29.872 DESPUÉS DE CRISTO)

 

 

 

 

Del diario de Charlene Bloom:

Hoy he recibido noticias de Pentecostés. Wolfgang IV ha muerto. Tenía quinientos cuatro años y, como sus predece­sores, era respetado por todo el planeta. Una fotografía de su nieto vino junto con el mensaje. La miré largo rato, pero la fuerza de la sangre se debilita después de seis generacio­nes. Era imposible, salvo en mi imaginación, reconocer ningún rastro del Wolfgang original (y para mí único) en este descendiente suyo.

Mi Wolfgang está muerto; pero la gran búsqueda conti­núa. En días como éstos, siento que soy la única persona en el Universo que se interesa por el resultado. Si Wolfgang es por fin el ganador, ¿quién, sino yo, lo sabrá y estará allí para aplaudirle? Y si yo gano, ¿quién, sino yo, sabrá el coste de la victoria?

Es significativo que registre esta muerte primero, antes de conocer el informe del Mundo Faro sobre un vehículo más rápido que la luz. Gulf City bulle de alegría con la noticia, pero yo he oído el mismo rumor un centenar (¿un millar?) de veces antes. Durante 28.000 años nuestra lucha por escapar del yugo de la relatividad ha continuado; aún nos ata, con la misma fuerza que de costumbre. En público, digo que la búsqueda debe continuar incluso si el Mundo Faro no tiene nada, que el viaje a mayor velocidad que la luz será el descubrimiento más importante de la historia humana, pero en el fondo no creo que sea posible. Si el Universo es comprensible para la mente humana, entonces debe tener algunas leyes definitivas. No se me permite admitirlo, pero creo que el límite de la velocidad de la luz es una de ellas. Mientras los humanos exploren la galaxia, debe hacerse lentamente, a marcha sub-luz.

Ojalá pudiera creer lo contrario. Pero, más que nada, hoy desearía poder pasar de nuevo una hora con Wolfgang.

 

 

«Me dijeron, Heráclito, me dijeron que habías muerto.

Me trajeron amargas noticias y amargas lágrimas.

Lloré mientras recordaba lo muy a menudo que había­mos cansado al sol con nuestra charla, hasta que lo expulsá­bamos del cielo.

Pero ahora aquí yaces, mi querido huésped de Carente.

Un puñado de cenizas grises, por fin en paz.

Aún están despiertas tus amables voces, tus ruiseñores;

Pues la muerte se lo lleva todo, pero no podrá con ellas.»


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primera parte

 

2010 D.C.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

EL CAMINO A ARMAGEDÓN

 

 

 

 

La nieve caía lenta y constantemente en pequeños copos, añadiendo cuatro pulgadas de cristales nuevos a la superficie helada. Medio metro por debajo, con el torso encogido y la nariz hundida en la gruesa piel, la gran osa yacía inmóvil. Placas de hielo translúcido cubrían el denso pelaje marrón claro.

La voz atravesó la cueva como un hilo de sonido incor­póreo.

—El nivel de sodio continúa descendiendo. Tiene mal aspecto. ¡Dios mío! Intenta un ciclo más.

En la periferia de la cueva, un parpadeo de luces de colores empezó a fluctuar. Las paredes brillaron con un color rojo, luego azul claro, y por fin chispearon con un verde deslumbrante. Una cascada de colores puros se dibu­jó en los párpados de la bestia.

La osa dormía al borde de la muerte. La temperatura de su cuerpo se mantenía constante, diez grados por encima del punto de congelación. El enorme corazón latía dos veces por minuto, el nivel metabólico estaba reducido a un factor de cincuenta. La respiración se debilitaba firmemen­te, revelada ahora sólo por la fina capa de cristales de hielo en el borde de la barba blanca y alrededor del hocico.

—No sirve —añadió la voz con urgencia—. Sigue decayen­do, y estamos perdiendo el pulso. Tenemos que correr el riesgo. Dale una descarga mayor.

Las luces se alteraron. Hubo un destello magenta, un rápido parpadeo zafiro y azul, y luego una pincelada de naranja y rubí sobre la pared de hielo. Mientras el arco iris se modulaba, la osa respondió a la señal. Los ojos grises se movieron en la cabeza grande y suave. El pecho tiritó.

—Eso es todo lo que me atrevo a darle. —La segunda voz era más profunda—. Estamos empezando a obtener más fibrilación cardiaca.

—Manten el nivel ahí. Y no le quites ojo a la temperatura rectal. ¿Por qué pasa esto precisamente ahora? —La voz se repitió con un eco de angustia por las gruesas paredes de la caverna.

La cámara donde estaba la osa tenía quince metros de diámetro. A lo largo de la pared exterior corría un filamen­to de fibras ópticas. Pasaba bajo el hielo hasta una caja colocada junto al cuerpo de la bestia. Débiles señales elec­trónicas corrían a través de agujas profundamente implanta­das en la dura piel, donde los sensores controlaban las corrientes de vida en el corpachón. La conductividad de la piel, los latidos del corazón, la presión sanguínea, la saliva, la temperatura, los equilibrios químicos, las concentracio­nes de iones, los movimientos oculares, y las ondas cerebra­les eran vigiladas continuamente. Las señales codificadas y ampliadas en la caja cuadrada, pasaban como pulsaciones lumínicas a lo largo de la fibra óptica hasta un panel situado en el exterior de la cámara.

La mujer inclinada sobre el panel exterior, tenía unos treinta años. Llevaba el pelo negro muy corto sobre una frente amplia y lisa que ahora, mientras estudiaba los datos, estaba surcada por arrugas de preocupación. Observaba un lector digital que fluctuaba rápidamente a través de una secuencia de valores repetidos. Estaba descalza, y movía los pies nerviosamente mientras los dígitos se movían cada vez más rápidos.

—No sirve. Está empeorando. ¿Podemos invertirlo?

El hombre que estaba junto a ella negó con la cabeza.

—No sin matarla aún más rápidamente. Su temperatura ya ha bajado demasiado, y su actividad cerebral está fuera de control. Me temo que vamos a perderla.

Su voz era calmada, lenta y muy controlada. Se volvió hacia la mujer, esperando instrucciones.

Ella inspiró profundamente.

—No podemos perderla. Tiene que haber algo que poda­mos hacer. ¡Oh, Dios mío! —Se puso en pie, revelando una complexión alta que resaltaba la delgadez de sus hombros encorvados—. Jinx tal vez está en el mismo estado. ¿Has verificado su jaula para ver cómo está?

—Acepta que sé hacer algo, Charlene —replicó Wolfgang Gibbs—. Le he reconocido hace unos pocos minutos. Todo sigue estable. Le dejé cuatro horas por detrás de Dolly, porque no sabía si el movimiento era seguro. —Se enco­gió de hombros—. Supongo que ahora lo sabemos. Mira el EEG de Dolly. Mejor que lo aceptes, jefa. No podemos hacer nada por ella.

En la pantalla situada entre ellos, las señales eléctricas del cerebro de la osa empezaban a aplanarse. Toda eviden­cia de crestas había desaparecido de la curva, y el sinusoide residual perdía su amplitud.

La mujer tembló y luego suspiró.

—¡Maldición, maldición, maldición! —Se pasó la mano por el pelo—. ¿Y ahora qué? No puedo quedarme aquí mucho tiempo... La reunión con JN empieza dentro de media hora. ¿Qué demonios voy a decirle? Tenía tantas esperanzas con esta...

Se enderezó bajo la mirada directa del otro. Había un elemento especulativo en su mirada que siempre la hacía sentirse incómoda...

Él se encogió de hombros y se rió roncamente.

—Dile que nunca hemos prometido milagros. —Su voz tenía un tono en las vocales que sugería la utilización del inglés como segundo idioma—. Los osos no hibernan de la misma forma que los otros animales. Incluso JN tendrá que admitirlo. Duermen mucho y la temperatura corporal de­cae, pero es un proceso metabólico diferente. —La consola emitió un silbido—. Cuidado, ahora... se nos va.

En la pantalla el trazo de actividad cerebral quedó redu­cida a una simple línea horizontal. Observaron en silencio durante un largo minuto, hasta que hubo un débil temblor en el monitor cardíaco.

El hombre se echó hacia delante y conectó toda la poten­cia. Gruñó.

—Nada. Ha muerto. Pobre Dolly.

—¿Y qué le digo a JN?

—La verdad. Ya casi lo sabe. Hemos llegado más lejos con Jinx y Dolly de lo que podíamos esperar. Te dije que nos introducíamos en un área peligrosa con los osos, pero seguimos adelante.

—Esperaba poder mantener a Jinx al menos otros cuatro días. Ahora no podemos arriesgarnos. Tendré que decirle a JN que vamos a despertarle ahora mismo.

—Si no hacemos eso lo mataremos. Has visto los monito­res. —Mientras hablaba, ya se había dirigido al sistema de control de inyección de la segunda cámara experimental, e incrementaba los niveles hormonales a través de la media tonelada de masa corporal de Jinx—. Pero tú eres la jefa. Si insistes, le mantendré un poco más.

—No. —Se mordió el labio y se balanceó ante la pantalla—. No podemos correr ese riesgo. Sigue, Wolfgang, devuélvelo a la conciencia. ¿Cuánto tiempo ha estado Dolly en total?

—Ciento noventa horas y catorce minutos.

Ella se rió nerviosamente y volvió a ponerse los zapatos.

—Bien, es un récord para la especie. Tenemos eso para consolarnos. Tengo que irme. ¿Puedes terminarlo todo sin mí?

—Tendré que hacerlo. No te preocupes, es sólo mi cuarta hora extra de hoy. —Sonrió amargamente, pero más para sí mismo que para Charlene—, ¿Sabes lo que pienso? Si JN llega a encontrar alguna vez un medio para que un humano permanezca despierto y sano durante veinticuatro horas al día, lo primero que hará será que los trabajadores como nosotros hagamos turnos triples.

Charlene Bloom le sonrió y asintió, pero su mente ya estaba centrada en la temida reunión. Cabizbaja, salió del edificio en forma de hangar. Sus pasos resonaban hasta el techo de acero. Tras ella, Wolfgang la observó partir. Su mirada era una mezcla de furia y pena.

—Eso es, Charlene —musitó entre dientes—. Eres la jefa, así que ve a que te echen la bronca. Es justo. Los dos nos la merecemos, después de lo que le hemos hecho a la pobre Dolly. Pero deberías dejar de besar el culo de JN y decirle que nos está forzando demasiado. Probablemente te pondrá a cargo de los archivos, pero lo tendrás bien merecido... Deberías haber dado tu brazo a torcer antes de perder a uno de estos animales.

A cien metros de distancia, más allá de la puerta abierta, Charlene Bloom se giró bruscamente para mirarle. Parecía molesta. Alzó la mano y le hizo una seña.

—¿Lee mis pensamientos? —se dijo él, volviéndose a la consola de control—. No. Sólo está asustada. Preferiría que­darse aquí a decirle a JN lo que ha pasado en la última media hora.

Se dirigió a la pantalla de Jinx. El gran oso marrón tenía que ser devuelto a la conciencia, una fracción de grado cada vez. No podían permitirse perder otro animal.

Se frotó el mentón sin afeitar, se rascó ausente la entre­pierna y observó las señales telemétricas. ¿Qué era lo mejor? Nadie tenía experiencia real en aquel asunto, ni siquie­ra la propia JN.

—Vamos, Jinx. Hagámoslo bien. No queremos que sientas dolor cuando vuelva la circulación. El azúcar en la sangre primero, luego serotonin y el equilibrio del potasio. Eso no está nada mal.

Wolfgang Gibbs no se sentía realmente furioso con Char­lene. Le gustaba mucho. Era la preocupación por Dolly y Jinx lo que le trastornaba. Tenía poca paciencia y respeto con muchos de sus superiores. Pero sentía gran afecto y preocupación por los osos y los otros animales.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2

 

 

 

 

Charlene Bloom tardó casi un cuarto de hora en atravesar el hangar principal. No era sólo sus pocas ganas de asistir a la reunión inminente lo que retardaba sus pasos: cincuenta experimentos se estaban llevando a cabo en el edificio, y la mayoría estaban bajo su control administrativo.

En una cripta poco iluminada había una docena de gatos domésticos, insomnes y trastornados. Una delicada opera­ción les había quitado parte de su formación reticular, la sección del cerebelo que controlaba el sueño. Estudió las anotaciones. Llevaban despiertos ininterrumpidamente mil ciento ochenta horas, mes y medio. Los monitores mostra­ban por fin evidencias de malfuncionamiento neurológico. Podría llamarlo locura felina en su informe mensual.

La mayor parte de los animales no mostraba ahora interés alguno en la comida ni en el sexo. Un puñado de ellos se habían vuelto fieros y atacaba a todo el que se le acercaba. Pero todos permanecían aún vivos. Eso era un progreso. Su último experimento fracasó cuando había transcurrido me­nos de la mitad de ese tiempo.

Cada sección del edificio contenía jaulas con temperatu­ra controlada. En la siguiente zona llegó a las salas donde se encontraban los roedores y marsupiales hibernados. Ca­minó lentamente ante cada una de las jaulas, con la aten­ción dividida entre los animales y sus pensamientos en torno a la inminente reunión.

Las marmotas y las ardillas estaban junto a los jerbos mutados. ¿Quién era el encargado? Aston Naugle, si no se equivocaba. No era tan organizado como Wolfgang Gibbs, ni tan trabajador, pero al menos no le provocaba escalofríos.

Ella era más alta que Wolfgang. Y superior a él en tres grados. Pero había algo en aquellos ojos oscuros... igual que en los animales. Él no tenía miedo a los osos, ni a los grandes gatos, ni a sus superiores. Un pensamiento repenti­no la asaltó. Esa mirada. Iba a declarársele una noche de éstas, estaba segura. ¿Y entonces?

Súbitamente consciente de que el tiempo pasaba, se dio prisa en el siguiente corredor. Sus zapatos la estaban matan­do, pero no podía llegar tarde. ¡Malditos zapatos!... ¿Por qué no podía conseguir nunca un calzado que le viniera bien, como el resto del mundo? No puedo llegar tarde. En los laboratorios, desde que JN había sido nombrada Directora, la impuntualidad era un pecado capital («Cuando se retrasa el comienzo de una reunión, se roba el tiempo de todos por su falta de eficiencia...»).

El corredor continuaba en el exterior del edificio princi­pal y se convertía en un largo camino cubierto. Echó un vistazo a las nubes de la mañana. Aún parecía que iba a llover. ¿Qué iba a pasar con aquel tiempo de locos? Desde que el ciclo climatológico se había alterado, ninguno de los informes meteorológicos valía un comino. Había nieblas a ras de suelo sobre las colinas cercanas a Christchurch y hacia más calor de lo que se esperaba. Según los partes, la situación era tan mala en el hemisferio norte como en Nueva Zelanda. Y los americanos, europeos y soviéticos sufrían nevadas mucho peores.

Volvió a pensar en el primer laboratorio. Todo había sido diseñado contando con una humedad menor. No le extraña­ba que los refrigeradores de aire estuvieran helándose so­bre Jinx, pues la humedad en el exterior debía de ser cerca del cien por cien. Tal vez deberían añadir un deshumidificador al sistema, porque el que ahora tenían funcionaba como una maldita máquina de nieve. ¿Debería pedir ese equipo en la reunión de hoy?

La reunión.

Charlene apartó su atención de los experimentos de laboratorio. Ya habría tiempo para preocuparse por eso más tarde. Se apresuró. Tras un corto tramo de escaleras y un giro a la izquierda, llegó a la C—53, la sala de conferencias donde se celebraban las reuniones semanales. Y, gracias a Dios, había llegado antes que JN.

Se sentó en su lugar en la larga mesa y saludó con la cabeza a los otros que ya estaban allí sentados: —Matagatos-Cannon, de Fisiología; De Vries, de Asuntos Externos; Beppo Cameron, de Farmacología (tenía un narciso en el ojal... ¿de dónde lo habría sacado con aquel clima de locos?). Los otros la ignoraron y continuaron examinando sus papeles.

Las once menos cinco. Tenía unos cuantos minutos para revisar los suyos y para mirar por enésima vez el cartel enmarcado que tenía enfrente. Llevaba allí tanto tiempo como ella, y podría cerrar los ojos y recitarlo de memoria:

«¡Considera lo excelente que es el sueño.— es una joya tan inestimable que, si un tirano quisiera dar su corona por una hora de sueño, no podría comprarlo; tiene una forma tan hermosa que, aunque un hombre se acueste con una emperatriz, su corazón no descansará basta que deje sus abrazos para entregarse a él. Debemos tanto a este parien­te de la muerte que le damos el mejor de nuestros tributos, la mitad de nuestra vida. Y lo hacemos por una buena razón; el sueño es la cadena de oro que une la salud a nuestro cuerpo.» Thomas Dekker.

Y bajo la cita, con la clara letra cursiva de Judith Niles, la apostilla reciente:

¡Narices! En este Instituto, el sueño es nuestro enemigo.

Charlene Bloom abrió su carpeta, se echó hacia atrás, se quitó los zapatos y se frotó un pie contra el otro. Las once, y todavía no había aparecido la Directora. Algo iba mal.

A las once y cuatro minutos, la otra puerta de la sala de conferencias se abrió y entró Judith Niles, seguida de su secretaria. Llegaba tarde, y parecía furiosa. Tras ella, en la habitación contigua, Charlene Bloom vio a un hombre alto junto a la mesa. Tenía unos treinta años, el pelo rizado y la cara agradable, pero miraba con el ceño fruncido algo sobre una de las paredes.

Un extraño. Pero aquellos grandes ojos grises parecían vagamente familiares, ¿tal vez de una foto del Instituto Newsletter?

Judith Niles se quedó de pie un momento en vez de ocupar su sitio de costumbre. Estudió la mesa, comproban­do que todos los Jefes de Departamento estaban ya en su puesto, y luego hizo un gesto con la cabeza como saludo.

—Buenos días. Lamento haberles hecho esperar. Tene­mos un visitante inesperado, y tengo que reunirme otra vez con él en cuanto acabe esta reunión. —Se sentó finalmen­te—. Vamos a empezar. Doctor De Vries, ¿quieres empezar? Estoy segura de que todo el mundo está tan interesado como yo en oír los resultados de tu viaje. ¿Cuándo has re­gresado?

Jan De Vries, bajo y plácido, se encogió de hombros y sonrió. La Directora Judith Niles y él veían el mundo desde el mismo ángulo, media cabeza más abajo que el resto del personal. Tal vez eso era lo que le permitía mantenerse tranquilo cuando estaba junto a ella, algo que Charlene Bloom encontraba totalmente imposible.

—Anoche, tarde. —Su voz era suave, lenta y tranquila, como almíbar caliente—. Si se me permite un comentario al margen, el tratamiento para el jet-lag del que fuimos pione­ros aquí, en el Instituto, deja mucho que desear.

Judith Niles nunca tomaba notas. Su secretaria grabaría cada palabra. Quería concentrarse en el pulso de la reu­nión. Se echó hacia delante y miró la cara de De Vries.

—¿Hablas por propia experiencia?

Él asintió.

—Lo usé en el viaje a Pakistán. Hoy me siento fatal, y las pruebas sanguíneas lo confirman. Mi ritmo cardíaco está aún en alguna parte entre aquí y Rawalpindi.

La Directora miró a Beppo Cameron y alzó sus cejas os­curas.

—Será mejor que le echemos otro vistazo al tratamiento, ¿no? ¿Pero qué hay del asunto principal, Jan? Ahmed Ameer... ¿es realidad o ficción?

—Lamentablemente, es ficción. —De Vries abrió su cua­derno de notas—. Según el informe que recibimos, Ahmed Ameer no dormía nunca más de una hora por noche desde que tenía dieciséis años... es decir, hace nueve, ahora tiene veinticinco. Juraba que nunca había cerrado los ojos.

—¿Y la verdad?

Sonrió y se atusó el fino bigote.

—Tengo aquí todas nuestras notas, que irán directamente al archivo. Pero puedo resumirlas en una sola palabra: exageración. En los seis días y noches que estuvimos con él, estuvo dos noches sin dormir. Una noche durmió cuatro horas y cuarto. Las otras tres noches tuvo un promedio de poco más de dos horas y media.

—¿Salud normal?

—Eso parece. No duerme mucho, pero hemos tenido otros sujetos, aquí mismo, en el Instituto, que aún dormían menos.

Judith Niles le observaba con firmeza.

—Pero no parece que hayas malgastado una semana bus­cando en vano. ¿Cuál es el resto?

—Tienes razón, mi perceptiva directora. —De Vries parecía beatífico—. En el camino de vuelta me acerqué a Ankara para comprobar otro de los rumores de los laboratorios de El Cairo sobre un monje que mantiene vigilia constante ante las sagradas reliquias de San Esteban. Unas vestiduras fueron robadas mientras estaba de guardia hace dos años, y desde entonces parece que ha jurado no volver a dormir nunca más.

—¿Y bien? —Judith Niles se tensó mientras esperaba su respuesta.

—No es tanto... pero es más de lo que habíamos visto hasta ahora. —De Vries estaba bastante satisfecho—. ¿Cree­rías posible un sueño diario total de veintinueve minutos de media? Y no es de los que se sientan en una silla a echar una cabezada cuando no mira nadie. Le tuvimos engancha­do a un telémetro durante once días. Tenemos los test bioquímicos más completos que pudimos hacer. Verás mi informe en cuanto puedan transcribirlo.

—Lo quiero hoy. Dile a Joyce Savin que tiene máxima prioridad. —Judith Niles dirigió a De Vries con la cabeza un pequeño movimiento de aprobación—. ¿Algo más?

—Nada que merezca la pena. Maftana te daré mi informe completo.

Buscó a Charlene a través de la mesa. Su expresión decía que nunca lo leería. La Directora dependía de su personal para estar enterada de los detalles. Nadie sabía cuánto tiempo dedicaba a cualquier informe en concreto. A veces los datos más pequeños requerían su atención durante días, mientras otros proyectos más importantes permanecían me­ses sin ser estudiados.

Judith Niles echó una rápida ojeada a su reloj.

—Doctora Bloom, es usted la siguiente. Resúmalo cuanto pueda. Me gustaría acabar con nuestro visitante antes del almuerzo si es posible.

Pero a mi espalda siempre oigo el carro alado del tiem­po aproximándose... Charlene apretó los dientes. JN estaba obsesionada con el tiempo y el sueño. Y casi todo lo que Charlene podía ofrecer eran malas noticias.

Inclinó la cabeza sobre sus notas, reticente ante la idea de comenzar.

—Acabamos de perder uno de los osos kodiaks —dijo bruscamente. Hubo un rumor de movimiento cuando todos los que se encontraban en la mesa se enderezaron. Charle­ne mantuvo inclinada la cabeza—. Gibbs colocó a Dolly a unos pocos grados por encima de la temperatura de congelación y trató de mantener un nivel positivo de actividad ce­rebral.

Ahora en la habitación había un silencio cargado. Charlene tragó saliva, sintió un nudo en su garganta y se apre­suró.

—El procedimiento es el mismo que describí en el infor­me de la semana pasada para el Comité Supervisor. Pero esta vez no pudimos estabilizarlo. Las pautas de las ondas cerebrales buscaban nuevos niveles estables, y había princi­pios alfa espúreos. Cuando empezamos a bajar la tempera­tura, todas las funciones corporales se fueron al garete. Oscilaciones por todas partes. Traigo las listas conmigo. Si quieren verlas, las pasaré.

—Más tarde. —La expresión de Judith Niles era una mez­cla de concentración y furia. Charlene conocía aquella mi­rada. La Directora esperaba que todo el mundo (todas las cosas) compartiera su inclinación hacia el Sueño Cero. Dolly les había fallado. La cara de JN se había vuelto pálida, pero su voz era tranquila e informal.

—¿Gibbs, dijo? Wolfgang Gibbs. ¿El tipo fornido del pelo rizado? ¿Manejó él mismo las operaciones de ascenso y des­censo?

—Sí. Pero no tengo ningún motivo para cuestionar su competencia...

—Ni yo, no sugiero eso. He leído sus informes. Es bueno. —Judith Niles hizo un gesto a su secretaria—. ¿Hubo alguna otra anomalía que considere significativa?

—Hubo una. —Charlene Bloom inspiró profundamente y buscó otra página en su cuaderno de notas—. Cuando está­bamos a unos quince grados sobre la temperatura de conge­lación las ondas cerebrales alcanzaron una forma estable. Y Wolfgang Gibbs advirtió una cosa muy extraña en ellas. Parecían tener el mismo perfil que los ritmos cerebrales a temperatura normal, sólo que dilatados en el tiempo.

Se detuvo. Al otro extremo de la mesa, Judith Niles se había incorporado de un salto.

—¿Muy similares?

—No lo hemos pasado aún por el ordenador. A simple vista parecían idénticas... pero cincuenta veces más lentas que de costumbre.

Durante una fracción de segundo Charlene pensó que había visto intercambiar una mirada entre Judith Niles y Jan De Vries. Luego, la Directora la miró con toda su intensidad.

—Quiero verlo por mí misma. Más tarde el doctor De Vries y yo iremos al hangar y echaremos un vistazo a este proyecto. Pero denos más detalles, mientras estamos todos aquí. ¿Cuánto tiempo mantuvo la fase estable, y cuál fue la temperatura corporal más baja? ¿Y qué hay de los ajustes triptófanos?

Bajo la mesa, Charlene se frotó las manos contra la falda. Iba a ser una sesión larga, lo sabía. Sus manos empezaron a temblar, y podía sentir el sudor en las palmas. ¿Estaba bien preparada? Lo sabría dentro de unos pocos minutos. Si a la Directora le apetecía entrar en detalles, el visitante del Instituto tendría que esperar largo rato.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3

 

 

 

 

El día, para Hans Gibbs, se estaba volviendo largo y con­fuso.

Cuando se le sugirió una visita al Instituto de Neurología de las Naciones Unidas en Christchurch, aquello le había parecido una distracción perfecta de la rutina. Estaría una semana en gravedad terrestre en vez de en el cuarto-g de PES-Uno. Ganaría créditos para sus ejercicios, y necesitaba todos los que pudiera sumar. Podría recoger unas cuantas cosas. Abajo que rara vez eran lanzadas como cargamento: ¿cuánto tiempo hacía desde que habían saboreado una ostra en PES-Uno? Y aunque Christchurch estaba en Nueva Ze­landa, lejos de los centros de acción política, podría formar sus propias impresiones sobre las recientes tensiones mun­diales. Se hacían muchas acusaciones y contra acusaciones, pero era probable que siguiera siendo el mismo tumulto de siempre que los habitantes de Abajo insistían en llamar di­plomacia.

Lo mejor de todo era que podría pasar un par de noches con el viejo Wolfgang. La última vez que salieron juntos, su primo aún estaba casado. Eso había congelado un poco las cosas (pero menos de lo que debería; algo que explicaba tal vez que Wolfgang no estuviera casado ahora).

El descenso había sido un desastre. No el vuelo en la Lanzadera, claro; eso había supuesto un par de horas de descanso, una suave reentrada, seguida por la activación de los turbocohetes y un largo aterrizaje en Aussieport, en el norte de Nueva Guinea. El aterrizaje se había ajustado precisamente a lo previsto. Pero aquello fue lo último que salió acorde con el plan.

El espaciopuerto australiano, que atendía a Australia, Nueva Zelanda y Polinesia, normalmente se enorgullecía de su informalidad y su ambiente. Según la leyenda, el visitante podía encontrar a unos pocos kilómetros del puer­to todos los vicios convencionales del mundo, más alguno de los no convencionales (el canibalismo había sido par­te de la vida nativa en Nueva Guinea mucho después de que hubiera desaparecido en el resto del mundo).

Hoy, toda la informalidad había desaparecido. El espa­ciopuerto estaba lleno de oficiales de cara sombría que querían verificar todos los artículos de su equipaje, docu­mentos, planes de viaje y los motivos de su llegada. Le sometieron a cuatro horas de interrogatorio. ¿Tenía parien­tes en Japón o en los Estados Unidos? ¿Era simpatizante del Movimiento de Distribución de Alimentos? ¿Cuáles eran sus puntos de vista sobre el Partido Aislacionista Australiano? Háblenos, en detalle, de los nuevos procesadores de comi­da sintética desarrollados para las arcologías en órbita.

Allí estaban pasando muchas cosas, admitió muy pronto, pero le salvó la simple ignorancia. Claro, había nuevos métodos sintetizadores, y muy buenos, pero él no sabía nada de ellos... no se le permitía saber nada; eran secreto comercial.

Su primer regalo para Wolfgang (una gema pura de dos quilates, manufacturada en el autoclave orbital de PES-Uno), fue retenido para ser examinado. Se le informó que se lo enviarían al Instituto junto con sus pertenencias si pasaba la inspección. Su otro regalo fue confiscado sin que se le prometiera su devolución. Las semillas desarrolladas en el espacio podrían contaminar algunos elementos de la flora australiana.

Su paciencia se agotó en ese punto. Las semillas eran estériles, señaló. Las había traído consigo sólo por la nove­dad, por sus extrañas formas y colores.

—¿Qué demonios les pasa, amigos? —se quejó—. No es la primera vez que vengo. Soy un visitante regular... echen un vistazo a esos visados. ¿Qué creen que voy a hacer, irrumpir en Cornwall House y tirarme a la Primera Dama?

Le miraron glacialmente, evaluando su observación, y luego continuaron con el cuestionario. Él no intentó nin­gún otro chiste. Dos años antes, la frenética vida sexual de la esposa del Primer Ministro había sido el tema de conver­sación favorito de todo el mundo. Ahora no provocaba ni un parpadeo. Si el resto de la Tierra se parecía a este sitio, los cambios climatológicos debían estar produciendo peores efectos de lo que ninguna de las naciones desarrolladas deseaba admitir. Las menos afortunadas estaban bastante dispuestas a hablar del tema y suplicaban ayuda en intermi­nables e improductivas sesiones ante las Naciones Unidas.

Cuando por fin se le permitió cerrar las maletas y conti­nuar su camino, el transporte rápido a Christchurch ya había partido. Tuvo que conformarse con un hidroavión Mach Uno, lo que hizo que en vez de una hora de vuelo el viaje se convirtiera en un maratón de seis. A cada parada se repetía la inspección del equipaje y los documentos.

Cuando hicieron el último aterrizaje, estaba furioso, hambriento y exhausto. Las formalidades para entrar en Christchurch parecían durar eternamente, pero reconoció que comparadas con las de Aussieport eran diligentes. Le parecía que ya le habían formulado todas las preguntas posibles, y sus respuestas pasaron a los bancos de datos centralizados de Australasia.

Cuando por fin llegó al Instituto y le mostraron la gran oficina de Judith Niles, era la una de la madrugada según su reloj biológico interno, y casi mediodía según la hora local. Ingirió un estimulante —uno desarrollado originalmente allí, en el Instituto—, y curioseó por la oficina.

En una de las paredes había un diagrama de su sueño personal, exactamente del mismo tipo de los que él usaba. Ella dormía un poco menos de seis horas cada noche, más una breve cabezada después del almuerzo algún día que otro. Se dedicó a observar la librería. Allí estaban los estu­dios que cabía suponer: Dement, Oswald y Colquhoun, sobre el sueño; el informe Fisher-Koral sobre la hiberna­ción en los mamíferos; los historiales de Williams sobre insomnes sanos. Durante el curso acelerado que había reci­bido en PES-Uno los había visto todos de pasada, aunque la biblioteca de allá arriba no estaba diseñada para almacenar copias en papel como aquellas.

El antiguo trabajo monográfico de Bremer era nuevo para él. ¿Trabajo inédito sobre los experimentos del peciolo cerebral? Eso parecía poco probable: Moruzzi había rebaña­do hasta los huesos en ese tema allá en los años cuarenta. Pero, ¿qué era aquella carpeta roja que había junto al mismo «Análisis Revisados»?

Alargó la mano para cogerlo y luego dudó. No quería empezar con mal pie con Judith Niles. Esta reunión era importante. Sería mejor esperar y pedirle permiso.

Se frotó los ojos y se apartó de la estantería para mirar los cuadros de la pared situada frente a la ventana. Le habían instruido bien, pero cuanto más pudiera aprender a través de su observación personal, menos difícil le resultaría este trabajo.

Había muchas fotografías enmarcadas, con presidentes, primeros ministros y hombres de negocios. En un lugar de honor se encontraba el retrato de un hombre de cabellos grises, mentón grande y gafas sin montura. En el borde inferior, escritas a mano, aparecían las palabras Roger Morton Niles, 1921-1988. ¿El padre de Judith? Casi con toda seguridad, pero había algo curiosamente impersonal en la adición de las fechas al retrato. Había cierto parecido fami­liar, especialmente en los ojos firmes y en los altos pómulos. Comparó la fotografía de Roger Morton Niles con una foto cercana de Judith Niles, donde aquella estrechaba la mano a una mujer india de avanzada edad.

Extraño. La descripción biográfica escrita no cuadraba con la persona que se había marchado de la oficina para atender la reunión con su personal y que le había dirigido el más breve e impersonal de los saludos. Y aún menos con la mujer fotografiada aquí. Basándose en su posición y sus logros, él había esperado a alguien en la cuarentena o en la cincuentena, una auténtica Dama de Hierro. Pero Judith Niles no podía tener mucho más de treinta años. Era atracti­va, además. Tenía la cara un poco demasiado fina, con ojos y frente muy serios; pero sus pómulos eran redondeados y bien definidos, su cara era despejada, y su boca muy hermo­sa. Y había algo en su expresión, ¿o era imaginación suya? ¿No tenía esa mirada...?

—¿Señor Gibbs? —La voz a sus espaldas le hizo dar un brinco y girarse. Una secretaria había aparecido en la puerta abierta mientras él soñaba despierto ante las fotografías de la pared.

Gracias al cielo, aún era imposible leer en la mente. Qué ridículos le habrían parecido sus pensamientos a un obser­vador. Aquí estaba, preparado para una reunión confiden­cial y de gran trascendencia con la Directora del Instituto, y aunque no habían pasado ni dos minutos ya la estaba evaluando como objeto sexual.

Se dio la vuelta con una media sonrisa en la cara. La secretaria le estaba mirando con expresión un tanto perpleja.

—Lamento haberle sobresaltado, señor Gibbs, pero la reunión con el personal ha terminado y la Directora puede verle ya. Sugiere que tal vez sería mejor charlar mientras almuerzan, en vez de reunirse aquí. Así tendrán ustedes más tiempo.

Él dudó.

—El asunto que tengo que tratar con la Directora...

—¿Es privado? Sí, ella dice que comprende la necesidad de intimidad. Hay una habitación tranquila al final del comedor. Serán sólo usted y la Directora.

—Muy bien. Lléveme. —Empezó a repasar sus argumentos mientras la seguía por un corredor blanco.

El comedor era difícilmente calificable como íntimo: podían interrumpirles de un centenar de maneras distintas. Pero al menos les aislaba de otros oídos. Tendría que aceptar el riesgo. Si alguien grababa sus palabras, sería con toda seguridad para beneficio de Judith Niles, y no trascen­derían. Parpadeó al entrar. La luz superior, como todas las luces que había visto en el Instituto, era excesivamente brillante. Si la oscuridad era el aliado del sueño, Judith Niles aparentemente no toleraba su presencia.

Ésta le esperaba sentada ante la mesa, marcando los pedidos de una lista output. Mientras él se sentaba, ella dobló de inmediato la hoja y comenzó a hablar sin ninguna introducción previa.

—Me tomé la libertad de elegir por los dos. Hay una oferta limitada, y pensé que podríamos aprovechar el tiem­po. —Se echó hacia atrás y sonrió—. Tengo mi propia agen­da, pero ya que ha venido a vernos, creo que puede disparar primero.

—¿Disparar? —Él arrimó la silla a la mesa—. Confunde usted nuestros motivos. Pero me encantará hablar primero... Y déjeme decir algo que puede que más tarde nos ahorre situaciones embarazosas. Mi primo, Wolfgang, trabaja para usted, aquí, en el Instituto.

—Me llamó la atención la coincidencia del nombre.

¿Y lo hizo verificar?, pensó Hans Gibbs. Asintió y con­tinuó.

—Wolfgang le es completamente leal, igual que yo lo soy a Salter Wherry, para quien trabajo, ¿debo suponer que no le conoce personalmente?

Judith Niles le miró por debajo de sus cejas alzadas.

—No conozco a nadie que le conozca... pero todo el mundo ha oído hablar de él, y de la Estación Salter.

—Entonces sabe que tiene recursos sustanciales. A través de los mismos podemos descubrir bastante sobre el Instituto, y el trabajo que se hace aquí. Quiero que sepa que, aunque Wolfgang y yo comentamos de vez en cuando y de forma muy general el trabajo que se realiza aquí, ni mi información específica, ni la de nadie más en nuestra orga­nización, procede de él.

Ella se encogió de hombros, indiferente.

—De acuerdo. Pero me tiene intrigada. ¿Qué es lo que cree que sabe sobre nosotros que es tan sorprenden­te? Somos una agencia pública. Nuestros archivos están abiertos.

—Cierto. Pero eso significa que están restringidos por el presupuesto que se les destina. Hoy mismo, por ejemplo, se han enterado de los nuevos cortes de presupuesto debidos a la crisis de las finanzas en las Naciones Unidas.

La expresión de la Directora reflejó su sorpresa.

—En nombre de Morfeo, ¿cómo se ha podido enterar de una cosa así? Yo misma me he enterado hace un par de horas, y me dijeron que la decisión acababa de ser to­mada.

—Déjeme que le conteste a eso más tarde, si no le impor­ta, después de que hayamos tratado otro par de asuntos. Sé que han tenido ustedes problemas de dinero. Aún peor, hay restricciones que les cuesta aceptar y que se refieren a los experimentos que se les permite llevar a cabo.

El labio inferior de ella se adelantó un poco, y su expre­sión se puso en guardia.

—Creo que no le entiendo. ¿Le importa ser más especí­fico?

—Con su permiso, evitaré también hablar de eso por el momento. Espero que me permita hablar sobre otro asunto unos minutos. Puede parecer que no tiene relación con los presupuestos y la libertad de experimentar, pero le prometo que es importante. Eche un vistazo a esto y luego le explicaré exactamente por qué estoy aquí.

Le paso un cilindro liso y negro.

—Mire en el fondo. Es un grabador de vídeo. No se preocupe por el foco, las fases del holograma están ajusta­das para un plano focal a quince centímetros del ojo. Relá­jese.

Ella arrugó el entrecejo, volvió a colocar su panecillo sobre el plato y alzó el cilindro hasta su ojo derecho.

—¿Cómo lo hago funcionar?

—Pulse el botón que hay a la izquierda. La imagen tarda un par de segundos en llegar.

Una camarera vestida con un uniforme verde colocó un par de cuencos llenos de sopa marrón delante de ellos.

—No veo nada —dijo Judith Niles tras unos segundos—. No hay nada que pueda enfocar... Oh, espere un minuto...

La negra cortina ante ella se alzó mientras sus ojos se ajustaban al bajo nivel de luz. Había un fondo de estrellas y una estructura larga y ahusada en primer plano iluminada por la luz reflejada. Al principio no tuvo sentido de la escala, pero en cuanto el campo de visión giró a lo largo de la telaraña de rieles otros elementos empezaron a propor­cionar pistas. Un remolcador espacial se encontraba junto a una de las largas vigas, su casco medio oculto por el metal. Más allá, pudo ver una cápsula vital, colocada como una pequeña seta en el rincón de una enorme viga cruzada. La construcción era grande y se extendía cientos de kilómetros hasta un distante botalón final.

La cámara bajó hasta que el borde de la Tierra apareció en el campo de visión.

—Lo que contempla es el panorama desde uno de los monitores normales —dijo Hans Gibbs—. Hay veinte en la Estación. Funcionan veinticuatro horas al día, examinando rutinariamente todo lo que pasa. Esa cámara se concentra principalmente en la nueva construcción en el botalón inferior. ¿Sabe que estamos haciendo un voladizo experi­mental de setecientos kilómetros en PES-Uno?... En la Esta­ción Salter, como todo el mundo parece que la llama aquí abajo. Aunque a Salter Wherry le gusta señalar que fue la primera de muchas, así que PES-Uno es un nombre mejor. De todas formas, no necesitamos ese voladizo para las actuales arcologías, pero estamos seguros de que lo em­plearemos pronto.

—¡Oh! ¡Oh! —Judith no apartaba los ojos del aparato. La cámara estaba haciendo un zoom y se centraba en una zona al final del botalón donde dos pequeños puntos se habían vuelto visibles. Se dio cuenta de que estaba viendo una ampliación impresionante de una pequeña porción del campo de la cámara. A medida que los puntos aumentaban de tamaño, la imagen empezó a mostrar una ligera granulosidad, pues estaba llegando al límite de su resolución. Podía distinguir los miembros de cada uno de los indivi­duos equipados con trajes espaciales, y los cables que ase­guraban los trajes a los delgados rieles.

—Están instalando una de las antenas experimentales —dijo la voz de Hans Gibbs. Obviamente, sabía con exactitud a qué parte de la imagen había llegado—. Esas dos están a bastante distancia del centro de gravedad de la Estación, a cuatrocientos kilómetros por debajo. La Estación Salter está en una órbita de seis horas, a diez mil kilómetros de altura. La velocidad orbital es de cuatro mil ochocientos metros por segundo, pero el extremo del botalón viaja solamente a cuatro mil setecientos sesenta metros. ¿Ve la ligera tensión de esos cables? Esos dos no están del todo en caída libre. Sienten una centésima de g. No es mucho, pero lo suficien­te para que se note.

Judith Niles tomó aliento, pero no habló.

—Mire el de la izquierda —dijo tranquilamente Hans Gibbs.

La imagen mostraba los suficientes detalles para ver exactamente lo que pasaba. Los cables que aseguraban una de las dos figuras habían sido soltados para poder conse­guir una nueva posición en el asidero. Una pequeña antena se había abierto, extendiéndose más allá del final del bota­lón. La figura de la izquierda comenzó a flotar lentamente a lo largo de la antena, con una clavija de seguridad en el guante derecho. Estaba claro que habría otro punto a su alcance en el riel donde colocar el cable. El individuo se movía muy despacio, rotando un poco mientras avanzaba. La segunda figura estaba encorvada sobre otra parte de la cadena de metal, ajustando un segundo anclaje para la an­tena.

—En treinta segundos uno se aleja flotando casi cincuen­ta metros —dijo suavemente Hans Gibbs. Su acompañante continuaba quieta como una estatua.

La comprensión de lo que sucedía llegaba lentamente, así que nunca había un momento en que los sentidos pudieran dar la voz de alarma. La figura estaba al alcance del punto de apoyo. Aún se movía, lo bastante cerca para que estirando la mano pudiera hacer la conexión. Cinco segundos después, el contacto se perdió. Ahora sería nece­sario usar los controles del traje, aplicar el pequeño impul­so necesario para volver a la altura del contacto. Judith Niles, de repente, se encontró deseando que los impulsores del traje funcionasen, deseando que la segunda figura alza­ra la vista y viera lo que ella veía. La separación se hizo mayor. Unos pocos centímetros, treinta metros, la longitud de la delgada antena. La figura había empezado a girar rápidamente sobre su eje. Estaba sobrepasando el último punto de contacto con la estructura.

—¡Oh, no! —Las palabras eran un murmullo de queja. Judith Niles respiraba pesadamente. Tras unos cuantos se­gundos de silencio, murmuró de nuevo y se enderezó—. ¡Oh, no! ¿Por qué no hace algo? ¿Por qué no se agarra a la antena?

Hans Gibbs se inclinó hacia delante y le quitó gentil­mente el cilindro.

—Creo que ya ha visto suficiente. ¿Observó el principio de la caída?

—Sí. ¿Era una simulación?

—Me temo que no. Era real. ¿Qué es lo que cree que ha visto?

—La construcción del botalón de la Estación Salter... de PES-Uno. Y había dos trabajadores colocando una antena.

—Correcto. ¿Qué más?

—El que estaba más lejos se soltó, sin comprobar si tenía el cable asegurado. Ni siquiera miró. Se quedó a la deriva. Cuando el otro se dio cuenta, ya estaba demasiado lejos para que pudiera alcanzarle.

—Demasiado lejos para que le pudiera alcanzar nadie. ¿Comprende qué es lo que va a pasar a continuación?

Ninguno de los dos mostraba mucho interés en la comi­da que tenía delante. Judith Niles asintió lentamente.

—¿Una reentrada? Si no se le puede alcanzar, ¿tendría que iniciar una reentrada?

Hans Gibbs la miró con sorpresa y luego se echó a reír.

—Bien, eso podría pasar... si esperamos unos pocos mi­llones de años. Pero la Estación Salter está en una órbita bastante alta, y la reentrada no es lo que nos preocupa. Esos trajes tienen aire solamente para seis horas. Si no tenemos una nave dispuesta, todo aquel que pierda contacto con la estación y no pueda volver con la limitada masa reactiva de los impulsores del traje, muere. Se asfixia. Por cierto, había una mujer dentro de ese traje, no un hombre. Tuvo suerte. La cámara la estaba enfocando, y por eso pudimos calcular una trayectoria exacta y recogerla al cabo de una hora. Pero probablemente nunca estará preparada psicológicamente para volver a trabajar en el exterior. Otros no han tenido tanta suerte. Hemos perdido a treinta personas en tres meses.

—Pero, ¿por qué?¿Por qué se dejó ir? ¿Por qué no la avisó el otro trabajador?

—Lo intentó... todos lo intentamos. —Hans Gibbs volvió a meter el pequeño grabador en su funda de plástico—. No nos oyó por la misma razón por la que se soltó. Es una razón que tiene que interesarle por fuerza, y el motivo por el que estoy aquí en su Instituto. En una palabra: narcolepsia. Se quedó dormida. No se despertó hasta que la recogi­mos, a cincuenta kilómetros del botalón. El otro trabajador vio lo que había pasado mucho antes, pero no tenía sufi­ciente capacidad de impulso para ir por ella y volver. Todo lo que pudo hacer fue observar y gritarle a través de la radio del traje. No logró despertarla.

Hans Gibbs apartó su plato medio lleno.

—Sé que en la mayor parte del mundo hay escasez de alimentos, y es un pecado no acabar con el plato. Pero parece que ninguno de los dos tiene mucho apetito. ¿Pode­mos continuar la conversación en su oficina?

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4

 

 

 

 

Al anochecer, Judith Niles cogió el teléfono y le pidió a Jan De Vries que se reuniera con ella en su despacho. Mientras le esperaba, se quedó junto a la ventana, mirando el jardín que flanqueaba la zona sur del Instituto. El descui­do del césped iba en aumento y junto a las flores cercanas a la vieja pared de ladrillo aparecían algunos rastrojos.

—¿Gastando el aceite de medianoche otra vez? ¿Dónde está tu cita, Judith? —dijo una voz a sus espaldas.

Ella dio un respingo. De Vries había entrado en la ofici­na abierta sin llamar a la puerta, silencioso como un gato.

Se dio la vuelta.

—Cierra la puerta, Jan. No lo creerás, pero me invitaron a cenar. Una invitación bastante loca, con todos los arreglos pasados de moda... Sugirió ostras Rockefeller, ternera «cor­dón bleu», vino y el río Avon a la luz de la luna. ¡Ostras y vino! Dios mío, se nota que viene del espacio. Creía since­ramente que podemos comprar ese tipo de comida, sin contrato o dispensa especial. No sabe mucho de la situa­ción real. Una de las cosas que asustan de la propaganda del gobierno es que funciona muy bien. No tenía ni idea de lo mal que están las cosas, incluso aquí, en Nueva Zelan­da... y eso que somos los afortunados. ¡Ostras! Maldita sea, vendería mi virginidad por una docena de ostras. O por un roast beef.

Su voz era ansiosa, y no conservaba ningún rastro de la autoridad usual. Se sentó ante su mesa, se quitó los zapatos y se puso cómoda, colocando los pies descalzos sobre un cajón abierto.

—Ya es demasiado tarde para eso, querida —dijo Jan De Vries—. Roast beef, buen vino, ostras... o virginidad, todo es lo mismo. Para la mayoría de nosotros, han desaparecido con las nieves del ayer. Pero estoy impresionado por las otras implicaciones de su invitación. Sólo alguien desco­nectado de los cambios climatológicos querría mirar ese horrible río... especialmente cuando la temperatura es de treinta grados y hay un noventa por ciento de humedad. —Se sentó en un butacón—. ¿De verdad rehusaste la invita­ción? Judith, me decepcionas. Yo de ti no lo habría hecho... sólo por ver la expresión de su cara cuando comparara la realidad con sus ilusiones.

—La habría aceptado si no me hubiera hecho otrá oferta.

—¿De veras? —Jan De Vries se tocó los labios con un índice cuidadosamente manicurado—. Judith, por tus gustos fuertemente heterosexuales, esas palabras suenan falsas. Creí que estabas deseando recibir ofertas como ésas, atracti­vas más allá de todas las demás tentaciones...

—Corta, Jan. No tengo tiempo para juegos. Quiero el beneficio de tu cerebro. Conoces a Salter Wherry, ¿no? ¿Qué es lo que sabes de él?

—Bueno, sé bastante. Estuve a punto de ir a trabajar a la Estación Salter. Si no me hubieras atrapado aquí, probable­mente estaría allí ahora. Hay un je ne sais quoi en la idea de trabajar para un anciano multimillonario, especialmente uno cuyos gustos románticos, antes de recluirse, concidían con los míos.

—¿Es de verdad el dueño de la Estación Salter? ¿Por com­pleto?

—Eso es lo que se rumorea, querida. De eso y de la mitad de las cosas que puedas mencionar. Nunca he podido des­cubrir evidencia alguna de lo contrario. Ya que el encanta­dor señor Gibbs trabaja para él, y ya que estuviste reunida con él tantas horas esta tarde (no creas que tu largo encie­rro pasó desapercibido, Judith), me extraña que me pregun­tes esas cosas. ¿Por qué no se lo preguntaste a él directa­mente?

Judith Niles volvió a la ventana y contempló melancólica el atardecer.

—Necesito hacer una comprobación alternativa. Es im­portante, Jan. Necesito saber lo rico que es Salter Wherry. Lo rico que es de verdad. ¿Lo suficiente como para dejarnos hacer lo que necesitamos hacer?

—Según mis propias investigaciones e impresiones, es tan rico que el mundo carece de sentido real. Nuestro presupuesto para el próximo año es de poco más de ocho millones, ¿no? Comprobaré los últimos datos sobre Salter Wherry, pero aunque no sea más rico que hace veinte años, todo este Instituto podría ser financiado confortablemente sólo con los intereses de su cuenta corriente.

—Tal vez éste es su plan. —Judith se volvió a la habita­ción—. ¡Maldita sea!, desde luego lo ha calculado bien.

—¿Otra vez problemas de dinero? Recuerda que he esta­do ausente.

—He tenido otra reunión con nuestro Comité de Presu­puestos. Quieren quitarnos otro cinco por ciento, y el lugar se nos cae ya a pedazos. No podemos mantener indefinida­mente en secreto algunos de nuestros experimentos y resultados, tal como me gustaría. Charlene y Wolfgang Gibbs se están topando con el mismo problema que nosotros. Wherry no podría haber aparecido en un momento mejor. Podría salir perfectamente.

—Como te he dicho muchas veces, Judith, eres un genio. Puedes manejar a simples inocentes como yo igual que a marionetas. Pero aún no eres lo bastante buena para vérte­las con Salter Wherry. Es el mejor del Sistema, y tiene setenta años de experiencia. Cuando pienses en tus propios objetivos y en tu plan oculto, del que ni siquiera pretendo ser partícipe, recuerda que sin duda él tiene también un plan oculto con objetivos bastante diferentes. Y si tú eres un genio, él es un mago de las finanzas y la organización. Y tiene fama de salirse siempre con la suya. —De Vries se cruzó de piernas y se alisó la raya de los pantalones—. Pero por la cara que tienes sospecho que me estoy yendo por las ramas. ¿Cuál es la gran oferta que quieres discutir? ¿Por qué no estás en el gran río Avon, cenando fresas con nata bajo el sonido de las trompetas... o cualquier otra delicia que el tristemente irreal señor Gibbs tenga en mente?

Judith Niles se frotó delicadamente el ojo izquierdo, como si algo le preocupara.

—Hans Gibbs me trajo una oferta. Tienen problemas en la Estación Salter. ¿Lo sabías?

—He oído rumores. Las pólizas de seguros para el perso­nal de la Estación han sido elevadas muy por encima de las operaciones espaciales convencionales. Pero no veo qué relación tiene todo eso con el Instituto.

—Eso es porque no sabes cuáles son los problemas. Jan, la oferta de hoy ha sido muy simple. Hans Gibbs vino en nombre de Salter Wherry. El presupuesto del Instituto será cuadruplicado, con garantía para seguir trabajando un míni­mo de ocho años. Además, los experimentos que estamos llevando a cabo permanecerán libres de todo control o interferencia exterior. Y lo mismo nuestro aprovisionamiento de material de hardware y software.

—Parece que ofrece el paraíso. —De Vries se puso en pie y se acercó a Judith—. ¿Dónde está el gusano de la manzana? Tiene que haberlo.

Ella le sonrió y le palmeó el hombro.

—Jan, ¿cómo podía yo sacar adelante las cosas antes de que te integraras en el Instituto? Aquí tienes tu gusano: para conseguir todas las cosas buenas que Salter Wherry prome­te, debemos satisfacer una condición. El personal clave del Instituto debe trasladarse... a la Estación Salter. Y debemos aunar todos nuestros esfuerzos para solucionar un proble­ma que ha estado arruinando los proyectos de construcción de arcologías.

—¿Qué? ¿Ponernos en órbita allá arriba? Espero que no hayas accedido.

—No, todavía no. Pero puede que lo haga. Tengo que subir y verlo por mí misma. Hans Gibbs hará los preparati­vos este fin se semana.

A medida que Jan De Vries se mostraba más y más dubita­tivo, Judith parecía más relajada.

—Y ya que he de ir, Jan —continuó ella—, alguien más tiene que mirar la lista inicial de los miembros clave del personal, por si decidimos trasladarnos. Sé quienes serían los miembros principales que yo elegiría, pero no estoy lo bastante segura acerca de todos los componentes del perso­nal de apoyo... y también necesitaremos un buen equipo. ¿Quiénes son los mejores, y quién querría ir a la Estación Salter?

—Parece que ya te has decidido.

—No. Sólo quiero tenerlo todo previsto por si se da el caso. —Se acercó a la mesa y cogió una página escrita a mano—. Aquí está mi primera selección. Siéntate y vamos a examinarla juntos.

—Pero...

—Haz que Charlene Bloom te ayude con esto mientras estoy fuera.

—¿Charlene? Mira, sé que es buena, pero seamos objeti­vos. Es muy insegura.

—Lo sé. Es demasiado modesta. Por eso quiero que sepa que está en mi lista de preferidos desde el principio. Mientras estás con eso, échale un vistazo a esto. —Le tendió un par de páginas impresas—. Acabo de extraerlo de los bancos de datos históricos. Es la declaración que Salter Wherry hizo a las Naciones Unidas cuando empezó su actividad industrial en el espacio, hace treinta años. Necesitamos comprender la psicología de ese hombre, y ésta es una buena pista.

—Judith, refrénate. Me estás presionando. No estoy del todo seguro de querer...

—Ni yo. Jan, puede que nos veamos forzados a esto, aunque a algunos de nosotros no le guste la decisión. Las cosas han empezado a desmoronarse aquí en los últimos meses, poco a poco.

—Sé que los tiempos son duros...

—Empeorarán. Por la manera en que están jodiendo al Instituto, no podemos permitirnos el lujo de quedarnos cruzados de brazos. Si pretenden violarnos, tenemos que combatir con todo lo que tengamos; aunque eso signifique arriesgarnos a que Salter Wherry intente jodernos también.

Él le quitó las hojas de la mano, suspirando.

—De acuerdo, de acuerdo. Si insistes, lo haré. Vamos a convertirnos en expertos para Salter Wherry y sus empresas. Pero Judith, ¿tienes que ser tan ruda? Preferiría evitar esas desagradables sugerencias de violación. ¿Por qué no pode­mos considerar esta situación como la primera caricia de la mano perfumada de Salter Wherry intentando seducirnos gentilmente? —Hizo un alegre guiño—. Eso me parece mu­chísimo más atrayente. En la seducción, querida, hay muchísimo más espacio para la negociación.

 

 

De la alocución de Salter Wherry a la Asamblea General de las Naciones Unidas, poco después del establecimien­to de la Estación Salter en una órbita de seis horas alrede­dor de la Tierra, y antes de que Wherry cortara el contacto con el público en general:

 

«La Naturaleza rechaza el vacío. Si hay un espacio ecológico abierto, algún organismo aparecerá para ocu­parlo. De eso trata la evolución. Hace veinte años hubo una clara crisis en el suministro de recursos minerales. Todo el mundo sabía que empezábamos a carecer de, al menos, doce metales clave. Y casi todo el mundo sabía también que no los encontraríamos en ningún lugar accesible de la Tierra. Tendríamos que trabajar a veinte kilómetros de profundidad, o en el fondo del mar. Deci­dí que era más lógico trabajar a cinco mil kilómetros de altura. Algunos de los asteroides están compuestos en un noventa por ciento por metales; lo que necesitamos ha­cer es traerlos a la órbita terrestre.

»Me dirigí primero al Gobierno de los Estados Unidos con mi propuesta de capturar los asteroides y explotar­los. Ofrecí estimaciones de los costes y el probable retorno de la inversión, y lo habría arreglado por una tasa del cinco por ciento.

»Me dijeron que el tema era demasiado controvertido, que desataría cuestiones sobre la propiedad internacio­nal de los derechos minerales. Otros países querrían ser incluidos en el proyecto.

»Muy bien. Vine aquí, a las Naciones Unidas, e hice una exposición detallada de todas mis ideas. Pero des­pués de cuatro años de constante debate y muchos miles de horas de mi tiempo preparando y presentando datos adicionales, no se me ha dado ni una línea de respuesta útil. Formaron ustedes comités de estudio, y comités para estudiar esos comités, y eso fue todo lo que hicie­ron: hablar.

»La vida es corta. Tengo una ventaja sobre el resto de las personas. Allá en 1950, mi padre invirtió su dinero en ordenadores. Soy muy rico, y me arriesgué. Están ustedes empezando a ver algunos de los resultados en la forma de la PES-Uno, lo que la Prensa prefiere llamar Estación Salter. Servirá fácilmente como hogar para doscientas personas.

»Pero eso no es más que el principio. Aunque la Naturaleza rechaza el vacío, la tecnología moderna lo adora, así como al entorno de microgravedad. Pretendo usarlos al máximo. Construiré una serie de grandes esta­ciones espaciales, constantemente ocupadas, utilizan­do materiales sacados de los asteroides. Si alguna na­ción desea alquilarme espacio o instalaciones, o com­prar mis productos manufacturados en el espacio, me sentiré feliz de considerarlo... a precios comerciales. También invito a los habitantes de todas las naciones de la Tierra a unirse a mí en esas instalaciones. Estamos dispuestos a dar todos los pasos necesarios para que la raza humana empiece su exploración de nuestro Universo.»

 

A medianoche, tras haber leído la alocución dos veces, Jan De Vries volvió a repasar el comentario con el que Salther Wherry había terminado su alocución. Aquellas pa­labras habían quedado permanentemente unidas a su nom­bre, y le habían ganado la impotente enemistad de todas las naciones de la Tierra:

«La conquista del espacio es una empresa demasiado importante para ser confiada a los gobiernos.»

De Vries sacudió la cabeza. Salter Wherry era un hombre formidable, dispuesto a desafiar a los gobiernos del mun­do... y a ganarles. ¿Tenía Judith el equipo necesario para jugar en su liga?

Cerró la carpeta con el rostro marcado por la preocupa­ción. Un traslado a la Estación Salter sería fascinante. Pero la furia y la hipocresía gubernamental hacia las acciones de Wherry aún continuaban, sin que su éxito las hiciera dismi­nuir... o tal vez era precisamente lo que las mantenía. La popularidad de las arcologías, y la cantidad de solicitudes para embarcar en ellas sólo añadía leña a la furia oficial. Si el Instituto se trasladaba, todo el mundo tendría que com­prender que la decisión de unirse al imperio Wherry se añadiría al clamor general. Serían tildados de traidores por la prensa oficial de las Naciones Unidas.

Y cuando se marcharan, ¿qué? Para muchos de ellos, nunca habría un retorno. Perderían la Tierra para siempre.

El edificio zumbaba con el murmullo de un millar de experimentos. Jan De Vries se quedó sentado en su cómoda silla largo rato, reflexionando, mirando por la ventana la húmeda noche, pero viendo solamente la perspectiva ne­bulosa de su propio futuro. ¿A dónde le llevaría? Al cabo de diez años, ¿estaría en el espacio? ¿Cómo se estaría allí arriba?

Era difícil retener las ideas; se escapaban de su cerebro cansado. Bostezó y se puso en pie. Diez años... era demasia­do tiempo. Mejor pensar en las cosas inmediatas: la lista de Judith Niles, el presupuesto, el informe aún no terminado de su viaje. Diez años era el infinito, algo más allá de su perspectiva.

Jan De Vries no tenía medio de saberlo, pero había enfocado mal su bola de cristal. Debería haber mirado mucho más hacia el futuro.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5

 

 

 

 

—O me reúno con él en persona o no hay acuerdo. Es así de simple, Hans.

—Te digo que no es posible. Ya no mantiene reuniones cara a cara. Ni aquí, ni abajo en la Tierra.

—Tú le ves con frecuencia.

—Bueno, maldita sea, Judith, soy su secretario. Incluso él tiene que ver a algunas personas. Pero tengo autoridad legal para firmar por él, si eso es lo que te preocupa. Comprueba con Zurich cualquier duda que tengas sobre las finanzas. Y si quieres echar un vistazo a cualquier otra cosa en la Estación, dímelo y lo prepararé.

Hans Gibbs parecía casi suplicante. Estaban sentados en una cámara de un octavo de g, a medio camino del eje de la Estación Salter, contemplando las operaciones mineras en Elmo, a un centenar de kilómetros sobre ellos. Arcos eléctricos brotaban y chisporretaban en secuencias aleatorias sobre la superficie del asteroide en órbita con la Tierra, y transportadores cargados se movían perezosamente por la cadena umbilical.

Desde la distancia, era como un brillante filamento de plata que se extendía hasta el centro de refinamiento de la estación.

Judith Niles apartó la mirada de la hipnótica visión de la interminable cinta sin fin. Sacudió la cabeza y sonrió al hombre sentado frente a ella.

—Hans, no es sólo que sea quisquillosa. Y estoy segura de que tú y yo cerraremos el trato. No es algo que quiera para mí, es por mi equipo del Instituto. Les estoy pidiendo que dejen la seguridad del trabajo gubernamental y corran el riesgo de integrarse en un grupo industrial privado en una instalación orbital.

—¿Seguridad? —Hans Gibbs la miró—. Judith, eso es una tontería. Lo sabes. Trabajar con Salter Wherry es mucho más seguro que hacerlo en ningún puesto gubernamental. Todo tu equipo podría ser despedido mañana mismo si cualquier idiota en las Naciones Unidas decidiera hacer valer su peso. Y hay muchos idiotas sueltos. Y no digas tonterías sobre tu presupuesto. Salter Wherry dispone de información mejor y más inmediata que tú.

—Te creo —suspiró ella—. Te dije que no tienes que convencerme. Estás predicando en el desierto. He visto nuestros programas desviados, recortados e ignorados, año tras año. Pero necesito traer conmigo a veinte científicos clave y te estoy diciendo cómo se sienten algunos de ellos. Volveré al Instituto y me preguntarán: «¿Accedió Salter Wherry a esto o a aquello?», y yo tendré que decirles: «Bueno, no. Firmé un contrato a largo plazo, pero la verdad es que no llegué a verle.» ¿Sabes qué dirán? Dirán que este proyecto está muy abajo en la lista de prioridades de Salter Wherry, y que tal vez deberíamos pensárnoslo mejor.

—¡Es de máxima prioridad! Incluso allá abajo en la Tie­rra la gente sabe que no mantiene reuniones cara a cara.

—Lo sé. —Ella sonrió dulcemente—. Por eso mi personal se sentirá impresionado cuando sepan que le he visto. Piensa en eso un minuto.

Judith Niles se echó hacia atrás y recordó la última conversación que había tenido con Jan De Vries y Charlene Bloom antes de marcharse. Negociar con dureza. Éste había sido el punto en el que todos habían estado de acuerdo. ¿Y si no salía bien? Bueno, entonces podrían apañárselas. El Instituto continuaría de alguna manera, incluso con los recortes presupuestarios del gobierno.

Frente a ella, Hans Gibbs gruñó y se puso en pie. En los dos días que llevaban juntos se había formado sus propias impresiones sobre la directora del Instituto, añadidas a la extraña perspectiva que le había ofrecido su primo.

—Es extraña. Quiero decir que no está formada aún —le había dicho Wolfgang—. Es bastante vieja, ¿no?

Hans le miró.

—Cuidado, hijito. Tiene treinta y siete años. Supongo que eso es ser viejo si todavía le das al biberón.

—Vale. Así que tiene treinta y siete años y reputación mundial. Pero en ciertos aspectos es como una niña pequeña. —Wolfgang hizo un círculo en el aire con su vaso de cerveza—. Me dices que actúo como un retardado, pero es a ella a quien deberías decírselo. No la comprendo. Creo que cuando era joven dedicó toda su energía a la ciencia y al sexo. Ahora está aprendiendo a adaptarse al resto del mundo.

—¿Sexo? —Hans arqueó las cejas—. Entonces tengo razón. Wolf, si dices que está hambrienta de sexo, es alguien a tener en consideración. Mejor intenta dormir mientras su­bes, ¿eh? Y yo que pensaba que estaba liada con ese hom­brecito con el que me reuní ayer.

—¿Te refieres a Jan De Vries? —Wolfgang aguantó la risa mientras bebía un sorbo de cerveza—. Primo, ahí sí que te equivocas. No hay ninguna posibilidad de romance entre él y JN, ni aunque les encerraras juntos y les atiborraras de afrodisíacos. Me gusta Jan, es un gran tipo, pero tiene sus propias ideas sobre el sexo. Hace amistad con las mujeres fácilmente, pero en cuanto a su vida sexual, sólo se dedica a los hombres.

—Pero, ¿estás seguro en lo que respecta a ella?

—Estoy seguro. No por experiencia personal, claro. Ella no es como yo. JN es discreta. Nunca practica juegos de cama en el Instituto. Pero desaparece algunas noches y también durante los fines de semana.

—Puede que se dedique a trabajar.

—Y una mierda. Sé de qué hablo. Le gusta tanto un polvo como a mí.

Hans se encogió de hombros. Sus propias impresiones se habían ya formado cuando contempló las fotografías.

—De acuerdo, es tan lujuriosa como tú. Dios la ayude. Pero si aún no está formada y está aún cambiando, ¿cómo será cuando lo esté?

La cara de Wolfgang Gibbs adquirió una expresión dife­rente. Guardó silencio un instante.

—Podría ser cualquier cosa —dijo por fin—. Absolutamen­te cualquier cosa. Incluso los engreídos del Instituto lo admiten. Está por encima de ellos en asuntos técnicos.

—¿Incluso tú, primo? ¿Desde cuándo? Pensé que el espe­jo de la pared decía que eras el más listo de todos.

Wolfgang colocó su vaso de cerveza junto a la ventana. Parecía muy serio.

—Incluso yo, primo. ¿Recuerdas lo que dijo un viejo general francés cuando conoció a Napoleón? «Supe de in­mediato que había visto a mi maestro.» Así es como me sentí después de mi primer encuentro con JN. Es un caballo de batalla. Cuando quiere algo, es difícil de parar.

—He conocido a más de una así. ¿Pero cómo da las patadas? Si vamos a firmar un acuerdo, tengo que compren­der sus motivos.

Pero en este punto Wolfgang Gibbs simplemente había sacudido la cabeza y había vuelto a coger su cerveza. Y ahora, pensó Hans, mirando la cara de Judith, imposible de descifrar, estamos frente a frente y estoy experimentando la coz por mí mismo. Una audiencia con Salter o no hay trato. Empezó a dirigirse lentamente a la salida.

—De acuerdo, Judith. Lo intentaré. Salter Wherry está aquí en la Estación, y tengo que verle de todas formas para otros asuntos. Dame media hora. Si no puedo conseguir algo en ese tiempo, entonces no podré conseguir nada. Espera aquí y llama a Servicios Centrales si necesitas algo mientras no estoy. Pero no te crees esperanzas. Lo único que puedo decirte es que él quiere el Instituto aquí con urgencia. Dice que el problema de la narcolepsia es de máxima prioridad. Tal vez rompa su propia regla.

 

 

Judith Niles se quedó sola con sus pensamientos. Las palabras de Jan De Vries continuaban resonando en su interior: «Salter Wherry es un manipulador, el mejor del Sistema.» Y ahora ella esperaba manipular el sistema que él había creado. Wherry no lo sabía, pero ella no tenía otra opción. Tenía sus propias urgencias. Los experimentos que quería hacer no podían ser llevados a cabo abajo, en la Tierra. Si él lo sospechara...

Miró una vez más el panorama cóncavo de la portilla. La Estación Salter era la poderosa evidencia de la efectividad de aquella fuerza manipuladora. Desde donde estaba senta­da, Elmo era continuamente visible. Era el primero de los asteroides que cruzaban la órbita terrestre que había sido llevado a una estable órbita de seis horas en torno a la Tierra. Pero, como Salter Wherry había prometido a las Naciones Unidas, la historia no terminaba allí.

Mirando el panorama en desarrollo sobre ella, Judith Niles no tuvo más remedio que maravillarse. Las operacio­nes mineras del asteroide de Wherry habían proporcionado los metales básicos para crear y luego expandir la Estación Salter. Pero, al mismo tiempo y casi como un subproducto, se extraía suficiente platino, oro, iridio, cromo y niquel para cubrir casi la mitad del suministro mundial. Los edictos en contra de la importación de productos de la Estación Salter habían sido totalmente inútiles en la mayoría de países. Los envíos de metal eran «desviados» a través de espaciopuertos neutrales en las Zonas de Comercio Libres, y por fin llegaban adonde hacían falta, siendo un cincuenta por cien­to más caras de lo que habrían resultado en una venta di­recta.

Las operaciones de Wherry eran lo suficientemente fuer­tes para soportar el desafío de cualquier gobierno, y se rumoreaba que sus sistemas de defensa eran capaces de soportar un ataque combinado de la Tierra. El Instituto podría trasladarse aquí, a salvo de los recortes presupuesta­rios y los cambios de dirección. Pero ¿merecería la pena? Sólo si ella y el resto del personal tenían libertad real para llevar adelante su trabajo. Ésa era la promesa que tenía que arrancar a Salter Wherry. Y tenía que acompañarla un con­trato férreo. Cuando se trata con un maestro de la manipula­ción, uno no puede permitirse el lujo de dejar resquicios.

Se reclinó en su asiento y miró hacia arriba. Un débil destello de luz más allá de su campo de visión, llamó su atención. Comprendió que estaba viendo uno de los poco frecuentes tránsitos de Eleonora, la sexta y más ambiciosa de las gigantescas arcologías. Estaba en órbita a casi mil kilómetros de altura, y pasaba junto a la estación sólo una vez cada tres días. Los medios de comunicación, escépticos, habían bautizado al principio como «la locura de Salter» a la primera arcología, pero ésta había empezado su desarro­llo hacía catorce años y había crecido con firmeza. Hasta que la gran estación espacial estuvo completada, Salter Wherry pareció contentarse con que el mote original sirvie­ra como oficial. Entonces por fin la bautizó Amanda, ayudó a su población de cuatro mil personas a establecerse en ella y luego, aparentemente, perdió todo interés en ella. Su mente estaba centrada en la construcción de la segunda arcología, luego en la tercera...

Curiosa, Judith conectó con el ordenador central de la Estación y solicitó una imagen de alta resolución de Eleanora. La arcología a medio construir parpadeó en la pantalla a todo color. El esqueleto estaba ya terminado, un arma­zón esférico de setecientos metros de vigas metálicas. Una serie de paneles recubrían la mitad de la estructura, lo que permitía estimar el tamaño de las salas y corredores inter­nos que existirían en la nave definitiva. Dejando espacio para las instalaciones de energía, alimentación y mantenimiento y para las zonas recreativas, el Arca final albergaría confortablemente a doce mil personas. Era la mayor de todas, hasta el momento. Y tenía más instalaciones y espa­cio habitable por persona de lo que una familia media disponía en la Tierra. Dos arcologias más empezaban a ser construidas en órbitas mayores—, y cada una de ellas iba a ser mayor que ésta.

Judith pensó de nuevo en su propia oficina, allá en el Instituto. El traslado del grupo a este lugar (si llegaba a hacerse, pues hacía ya mucho rato que Hans Gibbs se había marchado), le había parecido algo muy grande cuando le fue propuesto por primera vez. Pero, comparado con lo que Salter Wherry estaba planeando para las arcologías, no era nada. Estaban diseñadas para mantenerse por sí mismas durante un período de siglos y aún más, libres para moverse a través del sistema solar y más allá si querían hacerlo, independientes incluso de la luz del sol. A partir de un litro o dos de agua, las plantas de fusión que se hallaban en su interior proporcionarían energía suficiente durante años. Como apoyo de los sistemas de reciclado, cada arcología arrastraría consigo un asteroide de varios metros de diáme­tro para explotarlo si hacía falta.

Judith sacudió la cabeza, pensativa. Hizo girar la silla para ver las escotillas que daban a la Tierra. Abajo era de día, y podía ver la gran mancha que cubría la mayor parte de Zaire y África central. Parte de los desecados bosques ecuatoriales estaban aún ardiendo, y proyectaban una som­bra oscura sobre la tercera parte del continente. La zona reseca se extendía desde el Mediterráneo hasta más allá del ecuador, y nadie podía predecir cuándo terminaría. Era difícil imaginar qué vida había abajo, pues los cambios climatológicos habían hecho imposibles los viejos estilos de vida africanos. Y, al otro lado del Atlántico, la gran base amazónica también se secaba rápidamente, convirtiéndose en un tizón que ardería dentro de unos pocos meses a menos que el clima cambiara.

Volvió la cabeza y Eleanora apareció de nuevo ante su campo de visión, a lo lejos. Abajo, en la Tierra, las arcolo­gías parecían remotas, la ensoñación de un hombre. Pero cuando se estaba aquí arriba, observando las naves que recorrían el espacio entre la Estación y la esfera distante y brillante de Eleanora...

—¿Te interesa hacer ese viaje? —dijo la voz de Hans Gibbs a sus espaldas—. Hay mucho espacio disponible para gente cualificada, y serías una candidata de primera.

El hechizo quedó roto. Judith advirtió que había estado observando el espacio inconscientemente, más fascinada de lo que había esperado. Le miró, interrogante.

—La respuesta es sí —dijo él. Sacudió la cabeza, sorpren­dido—. Habría apostado mi hígado a que ni siquiera consi­deraría verte... Te dije que Salter Wherry nunca ve a nadie excepto a unos cuantos ayudantes. ¿Y qué es lo que ahora hace? Accede a verte.

—Gracias.

Hans Gibbs se echó a reír.

—Por el amor de Dios, no me lo agradezcas a mí. Todo lo que hice fue pedírselo... y no esperaba otra cosa sino una rápida negativa. Accedió tan pronto que me pilló despreve­nido. Empecé a darle argumentos para que hiciera una excepción en este caso, y luego me di cuenta. Supongo que eso demuestra lo poco que le conozco, a pesar de todos estos años. Si estás dispuesta, podemos ir ahora mismo. Su suite está al otro extremo del Eje Superior, directamente frente a nosotros. Vamos, antes de que cambie de opinión.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6

 

 

 

 

La Estación Salter estaba construida siguiendo el esque­ma en forma de doble rueda, definido treinta años antes para las estaciones permanentes en el espacio.

La rueda de arriba, el Eje Superior, estaba reservada para las salas de comunicaciones, viviendas y salones recreati­vos. Rotaba alrededor del eje fijo que se le unía desde la rueda inferior. Con un diámetro de cuatrocientos metros, el Eje Superior tenía una gravedad efectiva que oscilaba entre cero en el eje hasta casi un cuarto de g en la circunferencia exterior. La sección inferior, más gruesa, giraba mucho más lentamente, necesitando casi dos horas para dar una revolu­ción completa, comparada con el período de rotación de un minuto del Eje Superior. Todos los servicios agrícolas, ener­géticos, de mantenimiento y construcción residían en la rueda inferior.

—Y también algunas personas —dijo Hans Gibbs mientras avanzaban por la cinta móvil en dirección al centro del Eje Superior—. En cuanto se acostumbran a la gravedad cero, es difícil hacer que vuelvan aquí arriba. Hay un programa de ejercicios obligatorios, pero no creerías los trucos que in­ventan para no ejercitarlos. Tenemos ingenieros que no podrán volver a la Tierra sin someterse antes a un año de acondicionamiento... Pasan todo el tiempo flotando por el Engranaje. Incluso comen allí abajo. —Señaló un corredor de metal de veinte metros de diámetro que salía formando ángulos rectos de su pasillo interior—. Ésa es la ruta princi­pal entre el Engranaje y el Eje Superior. Ves, ahora estamos en el centro. Si quisiéramos podríamos colgarnos de aquí y flotar.

Se detuvieron unos segundos para que Judith pudiera echar un buen vistazo alrededor. La sección central era un laberinto de cables, pasadizos y compuertas.

—Todo está presurizado —explicó Hans Gibbs cuando Judith preguntó por la necesidad de compuertas interio­res—. Pero las diferentes secciones tienen distintos niveles de presión. Las compuertas, claro, están también por cues­tiones de seguridad. Nunca hemos tenido una descompre­sión o una mala pérdida de aire, pero podría suceder en cualquier momento... no podemos detectar todos los meteoritos.

La cogió del brazo mientras se agarraban al cable para iniciar otro tramo en su camino hacia el Eje Superior. Los músculos de ella se tensaron ligeramente bajo sus dedos, pero no hizo ningún comentario.

—¿Has pasado mucho tiempo en caída libre? —preguntó él después de un instante. Se dio la vuelta para mirarla a la cara mientras recorrían el túnel en forma de espiral que les llevaba al borde del Eje Superior.

Ella negó con la cabeza.

—Lo suficiente para que no me cree problemas en el estómago, pero eso es todo. A veces he pensado que no estaría mal pasar las vacaciones en Acuática y ver cómo se practica la natación en caída libre; pero me han dicho que es caro y siempre he estado demasiado ocupada.

—Si vienes a trabajar aquí podrás hacerlo gratis. Los gran­des acuarios del Engranaje están abiertos continuamente a los nadadores.

Volvió la cara, de forma que ya no la miraba directamen­te. Cuando habló de nuevo. Su voz era completamente neutral.

—Hay otras experiencias en caída libre que deberías pro­bar... son realmente interesantes. Tal vez puedas hacerlo antes de volver al Instituto y decirle a los otros cómo es todo esto.

El sintió que los músculos de su brazo se tensaban nuevamente bajo su contacto.

—Vamos a ver primero qué pasa con Salter Wherry, ¿no? —dijo ella. Su voz era indiferente, pero parecía un poco divertida—. Tal vez tenga que decirles que no salió bien. O tal vez tengamos algo que celebrar.

El área en la que entraban parecía sustancialmente dife­rente de las partes de la Estación Salter que Judith ya había visto. En vez de paredes metálicas y remaches había suelos cubiertos de suaves alfombras y flanqueados por elaborados murales. En la puerta de una antecámara se encontraron con un jovencito vestido con un ajustado uniforme de color azul eléctrico. A Judith le pareció un chico atractivo, de no más de trece años. Su cara era suave, sin rastro de pelo.

—Ha decidido que la verá solo —dijo, con una voz aún sin formar del todo.

Hans Gibbs se encogió de hombros, miró al jovencito y luego a Judith.

—Te esperaré aquí. Buena suerte... y recuerda que tienes una carta que quiere con todas sus fuerzas.

Judith consiguió formar una sonrisa amarga.

—Y lo que quiere lo consigue, ¿no? Gracias de todas formas. Te veré luego.

Siguió al jovencito a través de la entrada adornada con cortinas. En la gravedad reducida, el chico andaba hacien­do balancear elegantemente las caderas.

¿Lo hacía intencionadamente? Jan De Vries, probable­mente, tenía razón sobre los gustos personales de Salter Wherry; aquel era uno de los típicos detalles que debía conocer. Judith intentó que sus movimientos fueran econó­micos y funcionales mientras le seguía por el suelo curvo de la cámara y entraba en otra habitación más grande, ésta sin ventanas. El muchacho se detuvo. Aparentemente ha­bían llegado. Judith miró a su alrededor, sorprendida.

Habría podido comprender la opulencia. Éstas eran las habitaciones privadas de un hombre cuya fortuna excedía la de la mayoría de las naciones de la Tierra... quizá de todas ellas. ¿Pero aquello?

La habitación en la que habían entrado era fea y desnuda. En vez de las cortinas y murales de la antecámara, estaba contemplando unas paredes oscuras, un techo y un suelo sencillo, cubiertos de plástico. El mobiliario consistía en sillas de respaldo recto, un estrecho sofá y una vieja mesa de madera. Y había algo más, aún más extraño...

Judith tuvo que pensar unos segundos antes de com­prender qué era. Faltaba algo. La habitación carecía de terminales de datos o de pantallas; ni siquiera podía ver un teléfono o un televisor.

Pero Salter Wherry tenía influencias e intereses en todo el Sistema. Una sola palabra suya podría provocar la ban­carrota en países enteros. Tenía que considerar que los equi­pos de comunicación más modernos y elaborados eran absolutamente esenciales...

Judith se acercó a la mesa, ignorando al jovencito que la había traído aquí. No había nada. Ningún terminal, ningún enlace de datos, ningún modem; ni siquiera cubos contene­dores de datos. Estaba mirando una mesa desnuda con dos carpetas y un libro negro entre ellas. Una Biblia.

—¿Dónde guarda todos los...? —empezó a decir ella, —¿Vídeos? ¿Libros? ¿Equipo electrónico? —dijo una voz diferente a sus espaldas—. Tengo todo lo que creo nece­sario.

Salter Wherry había entrado silenciosamente en la habi­tación a través de una puerta a la izquierda. Las fotos que había visto de él mostraban a un hombre de mediana edad, vigoroso, sanguíneo y de fuerte complexión, con una cara carnosa y sensual y una nariz prominente. Pero aquellas fotos habían sido tomadas hacía treinta años, antes de que Salter Wherry se recluyera. El hombre que había ahora ante Judith Niles era increíblemente frágil, con una cara delgada y arrugada. Judith le miró fijamente mientras él le tendía las manos. La nariz aguileña era lo único que había sobrevivido del joven Salter Wherry. Para Judith, la nueva versión era mucho más impresionante. Toda la suavidad se había fundi­do, y lo que quedaba había sido templado en su propia forja interna. Los ojos dominaban al resto, brillantes y azules, enmarcados por unas profundas ojeras.

—Muy bien, Edouard. Déjanos ahora —dijo Wherry tras unos instantes. Su voz era bronca y sorprendentemente profunda, sin que se apreciaran en ella los débiles tonos de la ancianidad.

El muchacho asintió, deferente, pero cuando se dio la vuelta para marcharse miró a Judith con una cierta condescendencia y un arrogante movimiento de hombros. Salter Wherry hizo un gesto hacia el estrecho sofá.

—Si no le hace sentirse incómoda, me quedaré de pie. Hace mucho tiempo descubrí que pienso mejor así.

Judith sintió que los músculos de su estómago se tensa­ban involuntariamente cuando se sentó. La intuitiva percep­ción de Wherry era legendaria. Sería difícil esconder nin­gún secreto al escrutador intelecto que había tras aquellos ojos firmes.

Ella se aclaró la garganta.

—Le agradezco que haya accedido a verme.

Salter Wherry asintió lentamente.

—Supongo que su deseo no era meramente social. Y quiero que sepa con certeza que el problema con el que se enfrenta su Instituto es de primera importancia para mí. Nos hemos visto obligados a introducir tantas nuevas precauciones en el trabajo de construcción en el espacio que nuestro ritmo de progreso en las nuevas arcologías se ha vuelto patético.

Se quedó inmóvil ante ella, esperando en silencio.

—Desde luego, no es social. —Judith volvió a aclararse la garganta—. Mi personal está haciendo algunas preguntas. Quiero conocer las respuestas tanto como ellos. Por ejem­plo, tienen ustedes un problema con la narcolepsia. Esta­mos bien cualificados para lidiar con él.

Y si tengo razón, pensó, puede que ya lo haya resuel­to. Ve con cuidado ahora; éste no es el punto principal a tratar.

—Pero ¿por qué no nos emplea simplemente como con­sultores? —dijo ella—. ¿Por qué tomarse la molestia y el gasto de contratar a un Instituto entero, el coste...?

—Un coste insignificante, comparado con un centenar de otras empresas que tengo aquí arriba. Descubrirá que soy generoso con el dinero y los demás recursos. «No se relame el buey cuando el trigo escasea.»

—De acuerdo, incluso sin considerar el coste. ¿Por qué crear un Instituto, cuando quiere resolver un solo pro­blema?

El asintió gentilmente.

—Doctora Niles, es usted lógica. Pero permítame indicar­le que lo ve desde una perspectiva equivocada. El problema es demasiado importante para que yo los use como consul­tores. Necesito atención exclusiva. Si se queda usted en la Tierra, con sus responsabilidades actuales hacia las Nacio­nes Unidas, ¿cuánto tiempo podrían dedicar a mi problema? ¿Cuánto tiempo de la doctora Bloom, del doctor Cameron, del doctor De Vries? ¿Un diez por ciento? ¿O un veinte por ciento?

—Entonces por qué no contratar a un equipo para el problema específico? Los salarios que ofrece atraerían a muchos miembros de mi personal.

—¿Y a usted? —Sonrió mientras ella seguía mostrándose hermética—. Pensé que no. Sin embargo, me han dicho que, si hay alguien que pueda resolverlo, es Judith Niles.

Judith sintió que se le ponía la carne de gallina. Salter Wherry estaba dispuesto a trasladar una estación de muchos millones de dólares al espacio y hacer un acuerdo a largo plazo, simplemente para asegurarse de que ella estaría disponible. ¡Cuidado!, le dijo una voz interior. Recuerda, la adulación es una herramienta que nunca falla.

¿Sospechaba él que estaría obligada a trasladar algunos de los experimentos al espacio si sus ideas sobre los proce­sos de la conciencia eran correctas? Y si ella ya sabía qué causaba el problema de narcolepsia entre el personal de la estación espacial de Salter Wherry, entonces desde el punto de vista de él, el traslado del Instituto sería innecesario. Ella estaría manipulando al maestro manipulador.

—Parece que duda —continuó él—. Déjeme ofrecerle un argumento adicional. Ya conozco su indiferencia personal hacia el dinero, de modo que no se lo ofreceré. ¿Pero qué hay de la libertad para experimentar?

Se acercó a la mesa y cogió uno de los dos portafolios. Su mano era delgada, con dedos largos y huesudos. Judith le observó prudentemente mientras él abría la carpeta y se la tendía.

—El año pasado fueron presentadas siete peticiones a las Naciones Unidas por parte de la doctora Judith Niles para llevar a cabo experimentos sobre la investigación del sue­ño, usando doce nuevas drogas que afectan el metabolismo. Los experimentos iban a hacerse usando sujetos humanos...

—...voluntarios, como quedó claro en las solicitudes.

—Lo sé. Pero todas fueron rechazadas. Tal vez porque hace tres años dirigió usted un experimento que terminó en un desastre. Los archivos son bastante claros. Usando una combinación de Tritofil y una técnica de refuerzo EEG y feedback consiguió mantener a tres voluntarios despier­tos, alertas y aparentemente sanos durante más de treinta días. Pero entonces empezaron las complicaciones. Primero se produjo la atrofia de las respuestas emocionales, luego la atrofia del intelecto. Para citar una visión crítica del estu­dio: «La doctora Niles ha tenido éxito no en abolir la necesidad de sueño, sino sólo en inducir la enfermedad de Alzheimer. No necesitamos más demencia senil.»

—Maldita sea, si sabe tanto, probablemente sabe también quién escribió esa crítica. Fue Dickson, cuya solicitud para una investigación idéntica, bajo peores condiciones de control, fue rechazada en favor de la mía.

—Claro que lo se. —Salter Wherry volvió a sonreír—. Mi propósito no es reprocharle nada. Es preguntarle cuánto tardará, por las razones que sean, en poder continuar sus experimentos con sujetos humanos... como dice, con volunarios dispuestos.

Judith se cruzó de manos. Su cara no mostraba ninguna expresión. ¿Cuánto sabía él? Estaba casi al filo de la nueva investigación.

—Podrían pasar años antes de que se permitieran esos experimentos —dijo por fin.

—O podría no suceder nunca. Recuerde que el retraso es la forma más eficaz para negar algo. —Él apretaba con fuerza, dominaba la reunión, y los dos lo sabían—. Recuerde el Eclesiastés. Para cada cosa hay una estación, y una época para cada propósito bajo el cielo. Su tiempo es éste, su propósito está aquí, en la estación. Debe aprovechar la oportunidad. En PES-Uno no estará atada por las reglas que mantienen inmóvil a su Instituto en la Tierra. Aquí, usted creará las reglas.

Judith le miró. Había vuelto a recuperar su autocontrol. —Usted hace todas las reglas aquí. Salter Wherry sonrió, y durante un segundo reapareció la boca sensual del joven que había sido.

—Está mal informada. Admitamos que hay ciertas reglas en las que insisto. Todo lo demás es negociable. Dígame qué experimentos quiere realizar. Yo seré el primero en sorprenderme si no accedo a todos ellos. Lo haré por escri­to. Si es así, ¿vendrá aquí?

Wherry, por fin, se sentó frente a ella. —Tal vez. Su oferta es más que generosa. —Y, si somos realistas, estaremos de acuerdo en que las cosas no van bien abajo, en la Tierra. No la presionaré. Pero tengo una pregunta más. Le dijo a Hans Gibbs que esta reunión era absolutamente esencial: si no había encuentro cara a cara, entonces no habría acuerdo. Muy poco usual. Me dijo su motivo, que su propia credibilidad con la gente que trabaja para usted disminuiría si no me veía. Pero usted y yo sabemos que eso es absurdo. Su prestigio y reputación tienen bastante peso entre su personal para que una reu­nión conmigo no sea ni necesaria ni relevante. Así que, ¿por qué quiso verme?

Judith hizo una larga pausa antes de replicar. Su siguien­te observación podría hacer enfadar a Salter Wherry hasta el punto de perder todo su interés en el traslado del Institu­to. Pero necesitaba ganar un poco de ventaja psicológica. —Me han dicho que tiene usted ciertos gustos y preferen­cias personales. Que nunca, bajo ninguna circunstancia, trata directamente con una mujer. Y que se había recluido sin esperanza. Sus hábitos sexuales no son asunto mío, pero no podría trabajar con nadie con quien se me negara el contacto personal. Sólo podría trabajar para usted si pode­mos reunimos para discutir los problemas.

—¿Por qué necesita mis consejos? —dijo él—. Seamos realistas. En su trabajo, mi contribución no sería más que ruido y distracción.

—Ésa no es la cuestión. Mis relaciones demandan una cierta lógica, independiente del sexo y la personalidad. De otra manera, no puedo trabajar con ellas.

Él sonrió de nuevo.

—¿Y pretende que hay lógica en sus presentes negociaciones con la impenetrable burocracia de las Naciones Uni­das? Es mejor para usted que yo no me entrometa.

Se levantó.

—Tiene mi palabra. Si viene aquí, tendrá acceso a mí. Pero, a medida que se vaya haciendo mayor, aprenderá que la lógica es un lujo que a veces debemos ignorar. La mayor parte de la raza humana se las arregla sin ella. Es usted, indiscutiblemente, una mujer... Déjeme destruir otro rumor diciéndole que la encuentro atractiva. Y estoy reunido con usted, cara a cara. Así que ahí tiene las especulaciones. Cuando regrese a la Tierra, tal vez haga correr la voz de que muchos de los «hechos conocidos» sobre mí son simples invenciones. Aunque sé que esto no establecerá ninguna diferencia con la opinión pública.

Se había detenido ante ella de una manera que daba a entender claramente que la reunión había terminado. Judith permaneció sentada.

—Me ha hecho usted una última pregunta —dijo—. ¿Por qué insistí en este encuentro? Le he dado mi respuesta. Ahora creo que tengo derecho a hacer también otra pregun­ta más.

Él asintió.

—Es justo.

—¿Por qué accedió a verme? Según Hans Gibbs, era seguro que iba a rehusar. Creo que el problema de la narcolepsia es importante para usted... ¿pero tan importan­te? No lo creo.

Salter Wherry se inclinó un poco, y su cara arrugada quedó delante de la de Judith. Parecía muy viejo y muy cansado. Ella pudo sentir la tristeza en sus ojos, más allá del fuego y el hierro. Cuando por fin sonrió, aquellos ojos adquirieron un tono soñador.

—Es usted una persona extraordinaria. Pocas personas ven un segundo nivel en los motivos, excepto para sí mis­mos y para sus propios propósitos. No quiero mentirle, y estoy seguro de que sus motivos son más profundos de lo que hemos tratado en esta reunión. Hoy, usted y su perso­nal encontrarían difíciles de aceptar mis otros motivos. Por tanto, no se los diré. Pero algún día conocerá mis razones. Se detuvo un momento, y luego añadió suavemente: —Y ahora que la conozco, creo que las aprobará. Se dio la vuelta y se encaminó a la puerta antes de que Judith pudiera responderle. La entrevista con Salter Wherry había terminado.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7

 

 

 

 

«Durante siglos, la Tierra ha sido considerada una gi­gantesca máquina autorregulada que absorbe todos los cambios, grandes y pequeños, y diluye sus efectos hasta que se vuelven invisibles a escala local. La humanidad cree que la estabilidad es cosa hecha. Sin atenernos a las conse­cuencias, hemos contemplado como se talaban los bosques se envenenaban los lagos, se secaban y desviaban los ríos, se arrasaban las montañas y se excavaban las llanuras para extraer sus contenidos minerales. Y nada desastroso sucedía. La Tierra toleraba los insultos, y siempre mante­nía el statu quo.

«Siempre... hasta ahora. Hasta que finalmente se ha sobrepasado algún oculto punto crítico. La superación de este punto se ha señalado de muchas formas: por el incre­mento de la temperatura de los océanos, por la sequía y las inundaciones, por la amplia pérdida del suelo fértil, por las incesantes malas cosechas, y por el colapso de las indus­trias pesqueras de todo el mundo.

»Se han propuesto muchas soluciones. Pero ninguna de ellas puede intentarse ahora. Todas ellas exigen que se practique una política de conservación, que se establez­can algunos cambios. Eso es imposible. Con una población mundial que se aproxima a los ocho mil millones de habi­tantes, el margen de experimentación ha desaparecido hace mucho tiempo. A medida que los recursos se hacen más escasos, la presión para producir crece y crece. Las naciones más ricas practican un nivel cada vez más gran­de de aislamiento y cautela, y las pobres están en la más absoluta desesperación. Los materiales producidos en el espacio no son más que una gota de agua, cuando lo que se necesita es una buena lluvia.

»No tengo consuelo que ofreceros. El mundo está a punto de explotar, y no veo forma de evitar el estallido. Lo que os ofrezco es solamente una oportunidad para algunos de vuestros hijos...»

 

 

—¿Aún estás con eso? —dijo Jan De Vries. Había activado la conexión videofónica entre las oficinas. Al oír su voz, Judith Niles dejó la transcripción.

—Estoy a punto de dejarlo. Creo que no puedo más. ¿Le has echado un vistazo a esto?

De Vries asintió.

—No es difícil comprender que Salter Wherry carezca de popularidad en los círculos de las Naciones Unidas. Su campaña para reclutar gente para las colonias espaciales es ciertamente efectiva, pero no ofrece una visión alentadora del futuro del mundo. Esperemos que esté equivocado. —Pasó el índice por la línea de su fino bigote—. El traje está listo. Ellos estarán preparados en cuanto tú lo estés.

—¿Quién lo hará? Dejé a Charlene la decisión final.

—Wolfgang Gibbs. Es joven, está preparado y todos esta­mos de acuerdo en que no es peligroso.

Judith Niles parecía pensativa.

—No estoy tan segura. El vacío es el vacío... Con eso no se juega. Diles que le preparen. Voy hacia allá.

Cuando llegó al laboratorio, los preparativos habían sido terminados. El equipo médico de emergencia estaba colo­cado junto a las paredes. En el centro, sentado en una gran mesa en una cámara sellada, Wolfgang Gibbs se estaba ajustando los guantes del traje espacial. Charlene Bloom se encontraba a su lado, verificando cuidadosamente el casco. Se enderezó cuando Judith Niles entró en la sala.

—¿Está segura de que es el mismo diseño que están usando ahora en la Estación Salter? —dijo—. Creo que hay pequeñas diferencias en los sellos.

Niles asintió.

—Los esquemas que teníamos no eran del todo adecua­dos. Lo comprobamos. Según Hans Gibbs éste es el que usan ahora. ¿Todo listo?

Wolfgang se dio la vuelta y la miró. Su cara, a través de la escafandra, estaba pálida.

—Cuando quiera —dijo a través de la radio del traje.

Charlene acercó la cabeza al casco.

—¿Asustado? —dijo en voz baja.

—Adivina. —Él sonrió a través de la estrecha escafandra—. Tengo las tripas hechas gelatina. Ahora sé cómo se sienten los animales en las pruebas. Empecemos de una vez. Sal de aquí y que empiecen a bajar la presión.

Mientras hablaba, las luces fluctuaron, perdieron inten­sidad y luego lentamente volvieron a recobrar toda su energía.

—Jesús! —dijo Charlene—. Llevamos tres conatos de apa­gón en tres horas. —Miró a la otra mujer—. ¿Seguimos ade­lante, JN? Parece como si hubiera algo mal en el tendido.

—Estallidos en el enlace de China —dijo Judith Niles—. Cameron lo comprobó esta mañana, y dice que empeorarán. Esperan que China caiga por completo en una semana, están más allá de su capacidad, y su equipo es viejo. Así que no tiene sentido retrasarnos. Tenemos nuestro propio siste­ma auxiliar, y está en buenas condiciones.

—Entonces adelante —dijo Gibbs. Para horror de Charle­ne Bloom, estiró la mano enguantada y le acarició el muslo, cuando Judith Niles no podía verlo.

Se apartó de él y sacudió la cabeza con furia. Se lo había dicho a Wolfgang una y otra vez: la vida privada nunca tenía que mezclarse con el trabajo.

—¿Entonces quieres que me pare? —había dicho él.

Ella se detuvo y giró la cabeza para mirar su hombro desnudo y bronceado.

—Sabes que no. Pero no seas desagradable. Sé que tienes reputación en el Instituto, y no te estoy preguntando sobre eso. Pero recuerda que ésta es la primera vez que yo... bueno, que me veo en una situación así.

Él se había dado la vuelta para mirarla a la cara, con una expresión que la había hecho temblar de pies a cabeza.

—También lo es para mí.

Mentiroso, había estado a punto de decir. Entonces vol­vió a mirarle. Parecía completamente serio. Había querido creerle... aún quería. Pero no ahora, no cuando JN estaba mirando. Aunque la estaba mirando con tanta intensidad a través de la escafandra del traje...

Charlene se dio la vuelta bruscamente y salió de la cá­mara.

—Sellada y reduciendo —dijo. Intentó mantener la mirada fija en los contadores y lejos de Wolfgang.

La presión se medía en kilos por centímetro cuadrado y también como altitud barométrica. Las dos mujeres observa­ron en silencio mientras las verdes pantallas fluctuaban a través de su primera reducción.

—Altura equivalente a tres kilómetros —dijo Charlene—. ¿Te sientes bien, Wolfgang?

Él gruñó.

—No hay problema. —Su voz parecía mucho más relajada de lo que ella misma se sentía—. Según mis lecturas, te­nemos un equilibrio de presión interna y externa. ¿Co­rrecto?

—Correcto. Ahora respiras oxígeno puro. ¿Alguna tirantez en las juntas del traje? ¿Alguna sensación de aturdimiento? Mueve los brazos, las piernas y el cuello, y comprueba cómo te sientes.

Él alzó la mano izquierda y movió los dedos.

—Moriturí te salutamus. Me encuentro bien.

—Bien. ¿Quién te ha enseñado latín? —En cuanto lo dijo, Charlene sintió que empezaba a ruborizarse. ¿Qué pensaría JN? Ella era la única persona en el Instituto a la que le gustaba salpicar los informes con citas latinas.

—Cinco kilómetros —dijo apresuradamente—. Estamos llegando a un cambio de escala.

Las lecturas se ajustaron automáticamente a una gradua­ción más exacta, pasando de kilogramos a gramos por centí­metro cuadrado. La presión se reducía lentamente ahora, controlada por Charlene. Pasaron otros veinte minutos an­tes de que el valor de la cámara llegara a cero. La altitud barométrica, después de subir constantemente hasta cien kilómetros, rehusaba ahora seguir haciéndolo.

—¿Algo nuevo? —Judith Niles se había acercado para colo­car la cara junto a la ventana de la cámara.

—Nada malo. —Gibbs movió lentamente la cabeza de un lado a otro—. Tenía razón en los sellos del cuello. Puedo sentir un poco de presión ahora, como si el traje me apreta­ra un poco.

—Ése es el nuevo diseño. Lo introdujeron hace un año. Es un sello mejor, pero no más cómodo. La sensación de estrechez es producida por la caída de la presión exterior, que hace una arruga hacia adentro en el sello. Te acostum­brarás. ¿Notas cansancio?

—Ni pizca.

—Vale. Empieza a mover los bloques, y habla mientras lo haces. Marca tu propio ritmo.

Wolfgang, algo torpe debido a que estaba poco familiarizado con los guantes, empezó a mover un montón de bloques de plástico de colores de una estantería a la altura del pecho a otra.

—No he hecho una cosa así desde que tenía dieciocho meses. Entonces me parecía más difícil. Si los muevo en orden, me dan un puñado de caramelos, ¿vale?

Ninguna de las dos mujeres habló mientras él movía cuidadosamente los bloques. Terminó en menos de un mi­nuto.

—¿Aún se siente bien? —dijo Judith Niles cuando la tarea finalizó.

—Perfectamente. Ningún dolor ni molestia, ni somnolen­cia. Aún siento esa pequeña presión en el cuello, pero todas las demás juntas son muy cómodas. ¿Me dirijo a las cá­maras?

—Cuando quieras.

Gibbs asintió. La escafandra del traje empezó a oscure­cerse lentamente. Su cara se volvió gris y luego desapareció de la vista cuando la escafandra se tornó completamente opaca. Las observadoras oyeron un gruñido a través de la radio del traje.

—Vaya porquería de color. Si mi tele funcionara así llama­ría al técnico.

La figura embutida dentro del traje se giró lentamente para hacer que el objetivo mirara a través de la ventana de la cámara.

—Charlene, te has vuelto verde.

—Lo noto. Nos preocuparemos por el ajuste de color de la cámara más tarde. ¿Puedes volver a mover los bloques? Y sigue hablando mientras lo haces, igual que antes.

—Eso es fácil. —La figura envarada empezó a trasladar lentamente los bloques hasta su emplazamiento original—. Esto me recuerda el trabajo que solían darnos en el ejército durante el entrenamiento básico. Nos cansaban para evitar que creáramos problemas. Primero mueves la pila de mier­da a un lado, luego, cuando acabas, alguien más la vuelve a poner en su sitio. Entonces tú...

Sucedió de repente. La señal acústica desapareció. En un instante la figura estaba trabajando eficientemente y su conversación llegaba claramente a través de la radio. Luego vieron a una estatua silenciosa e inmóvil, congelada con un bloque rojo en la mano.

Charlene Bloom dio un grito de alarma, mientras que Judith Niles inspiró profundamente.

—Eso es. No hay motivo de alarma, Charlene, es lo que estábamos esperando. Empiece a subir la presión, lenta­mente. No queremos problemas. Me aseguraré de que la cama esté preparada. Apuesto a que estará dormido al menos media hora.

Se acercó al teléfono. Tras ella, Charlene contempló con los ojos completamente abiertos la figura inconsciente de Wolfgang Gibbs. Tuvo que combatir la tentación de volver a hacer bajar la presión a nivel del mar, y correr al interior de la cámara.

 

 

Jan De Vries la estaba esperando en su despacho, leyen­do tranquilamente un fichero marcado con la advertencia Confidencial. Sólo para el Director. Alzó la vista cuando ella entró.

—¿Cómo se encuentra?

—Se está recuperando. Ha estado inconsciente casi una hora, y no recuerda nada. En lo que respecta a Wolfgang, ni siquiera empezó los test con el traje en vídeo. —Judith Niles no se sentó sino que empezó a caminar de un lado a otro, ante la silla donde estaba sentado Jan De Vries—. No hay efectos colaterales y está completamente consciente.

—Entonces tu hipótesis es correcta. Predijiste qué pasa­ría, y el sujeto hizo exactamente lo que se esperaba, —De Vries cerró el informe—. Ahora todo puede seguir adelante como habías planeado. Pondremos el Instituto en órbita, pasaremos un mes o dos haciendo supuestos análisis sobre el problema y luego le daremos a Salter Wherry la solución a su problema. Después, estaremos en disposición de conti­nuar nuestras investigaciones, como el nuevo contrato del Instituto permite explícitamente. Maravilloso. La manipula­ción es completa, exactamente como habías planeado. —Su boca se torció en una sonrisa—. Así que, querida, ¿dónde está tu alegría? No tienes el aspecto de alguien cuyos planes están a punto de cumplirse.

—No estoy satisfecha, en absoluto. —Judith Niles se detu­vo, mirando zumbona la diminuta figura de De Vries en las profundidades del sillón—. Escucha esto, y luego dime lo que piensas. Punto uno: hace un año hubo un leve cambio en el tipo de traje espacial que se usa en la Estación Sal­ter para hacer trabajos en el exterior. El nuevo usa un juego de anillas y sellos ligeramente diferente en la parte del cuello.

«Punto dos: Según qué posiciones tome la cabeza, el traje nuevo incrementa la presión de la arteria carótida de quien lo usa.

—¿Incrementa ligeramente?

—No tan ligeramente, lo suficiente para que el que está empleando el traje lo note. Punto tres. La presión incre­mentada en la arteria carótida puede producir desmayos momentáneos.

»Punto cuatro: cuando el traje está en una operación visual normal, el apagón es momentáneo, demasiado breve para que se observe. Pero cuando el traje está en control remoto y usa cámaras de televisión en vez de la escafandra, los rastreadores del televisor provocan un feedback al cere­bro que refuerza el desmayo. Resultado: narcolepsia. El que está utilizando el traje no despertará del ciclo a menos que haya una interrupción externa. ¿Qué te parece todo esto?

De Vries guardó silencio unos instantes y luego asintió. —Plausible, más que plausible. Casi completamente co­rrecto.

—Muy bien. Estoy de acuerdo. Ahora escucha el punto cinco. —Ella cerró el puño—. Todo esto se sabe desde hace cuarenta años. El aumento de presión en la carótida es una causa clásica de narcolepsia. El refuerzo de la onda cerebral es un mecanismo de feedback positivo. ¿Qué te dice todo esto?

De Vries se echó hacia atrás y miró el techo. Sacudió la cabeza.

—Judith, puesto en esos términos, veo adonde quieres llegar... pero debo admitir que no se me habría ocurrido si no me lo hubieras puesto delante de las narices.

Judith Niles le miró sombríamente.

—Especifica, Jan. ¿Qué tiene de malo?

—Es demasiado simple. Cuando has dado la explicación está claro que no somos necesarios para resolver el proble­ma. Recuerda que me dijiste que conocías la respuesta cuando miraste por primera vez los trajes y los historiales. Todo lo que los médicos de la Estación Salter tendrían que hacer es leer la bibliografía mínima y hacer unos pocos experimentos bien diseñados. Con eso, habrían advertido las correlaciones entre los nuevos trajes y el origen del pro­blema.

—Exactamente. ¿Entonces por qué no lo hicieron? Judith Niles dejó de deambular de un lado a otro y se plantó ante De Vries.

—Aunque no pudieran entenderlo tan rápidamente como nosotros, aquí en el Instituto, deberían haberlo deducido a la larga, Jan. Estoy muy preocupada. Tenemos que subir a la Estación Salter. Nuestros propios experimentos lo requieren, y de todas formas he quemado ya demasiadas naves aquí en los últimos días para dar marcha atrás. Pero siento que las cosas están fuera de control.

Ella alzó de repente la mano izquierda y empezó a frotarse suavemente el ojo, con la frente arrugada.

Jan De Vries se preocupó.

—¿Qué pasa, Judith? ¿Te duele la cabeza?

—No es un dolor como los que he tenido antes. Pero noto algo raro en este ojo. Veo las cosas muy difusas. No es que vea doble, pero no me falta mucho. Es algo extraño.

De Vries frunció el ceño.

—No lo dejes de lado. Aunque no sea más que el resulta­do de demasiados esfuerzos, ve a que un especialista te lo mire. —De Vries no lo dijo, pero estaba sorprendido. Nunca había visto a Judith Niles mostrar síntomas de fatiga, no importa bajo qué presiones hubiera estado, no importa hasta qué punto ella misma se hubiera forzado.

—Me pondré bien —dijo ella—. Lo siento, Jan, ¿qué decías?

—Estoy de acuerdo contigo en que tal vez las cosas están fuera de control. —El hombrecito se echó hacia delante y se levantó de su asiento—, Y déjame que te diga, como hizo Salter Wherry en su alocución sobre las colonias espaciales, que no tengo consuelo que darte. He estado haciendo el trabajo de seguimiento que me pediste sobre Salter Wherry. ¿Sabías que la mayor parte de sus gastos no se destinan al desarrollo de las arcologías? Van a otras áreas: eficientes naves espaciales de fusión, y robots. Se supone que está a muchos años por delante de todas las investigaciones en estas áreas. Lo creo. Pero ¿qué tienen que ver nuestros proyectos con ninguna de esas dos empresas? Si puedes ver la conexión, te suplico que me hagas ver la luz. Y luego está también la cuestión de la influencia de Wherry, y de sus fuentes de ingresos. ¿Recuerdas que te dije que las pólizas de seguros para el personal de la Estación habían aumentado considerablemente el año pasado?

—Sí. A causa del incremento en el número de accidentes.

—Eso es lo que creíamos. Pero esta tarde he podido examinar los estados financieros de Global Insurance, la organización que cubre las pólizas para el personal de la Estación Salter. Resulta que un solo individuo posee más del ochenta por ciento de acciones de la Global, y ejerce un control completo sobre la marcha de la empresa. —De Vries sonrió torvamente—. Te permito que supongas cuál es el nombre de ese individuo. Entonces, mi querida Judith, tal vez podremos discutir quién está manipulando a quién.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8

 

 

 

 

Los peces estaban nerviosos y se movían en formación regular, entrando y saliendo como flechas de la vegetación interna de los grandes tanques del Engranaje. Cuando los bancos de peces daban la vuelta en el agua difusa, sus escamas plateadas llenaban el interior con destellos de un brillo verdoso.

Las dos figuras humanas, desnudas a excepción de las ligeras máscaras para respirar, nadaban lentamente alrede­dor del perímetro del tanque, espantando a los peces ante ellos. El borde externo de la rueda era una celosía de plástico transparente que proporcionaba luz perpetua al cilindro de cuatrocientos metros de diámetro. Muy lejos, por encima, cerca del eje hueco central, las bombas de oxígeno enviaban un leve rumor a través del líquido móvil.

La figura femenina se precipitó sin previo aviso sobre el plástico combado de la pared externa, la golpeó con las piernas y se impulsó hacia el centro del Engranaje. La otra, tomada por sorpresa, la siguió un segundo después. La alcanzó a medio camino del eje y extendió la mano para agarrar su pantorrilla, pero ella se escurrió y continuó avan­zando tras cambiar de dirección. Una vez más, él la persiguió hasta la superficie, y esta vez consiguió cogerla por los tobillos. Sus dedos se cerraron y en ese instante la imagen se congeló. Dos estatuas desnudas, con los músculos en tensión, colgaban en el agua entre los peces inmóviles.

Salter Wherry estudió la imagen del vídeo unos segun­dos, y luego la hizo avanzar lentamente. Era difícil ver con claridad las expresiones de la grabación, y enfocó la cara de Judith Niles para obtener un primerísimo plano. Incluso con la máscara puesta, su rostro contrastaba con sus múscu­los tensos. Parecía completamente relajada, a pesar de que Hans Gibbs la agarraba fuertemente por los tobillos. Tras unos instantes de estudio, Wherry hizo avanzar la cinta y observó cómo sus expresiones cambiaban mientras los cuerpos desnudos se acercaban, se abrazaban y luego se soltaban lentamente. Se dirigieron a la par hacia el ancho promontorio cóncavo de la superficie del agua cerca del eje de la rueda.

Salter Wherry observaba tranquilamente sus acciones en la oscuridad de la sala de control. Sin dar importancia a los abrazos de la pareja, su atención se centraba en la cara de Judith Niles. Por fin, se inclinó hacia delante y apretó otra tecla de la consola que tenía delante. La escena cambió a un interior brillantemente iluminado. Ahora Judith Niles estaba sola en el despacho de Wherry en el Eje Superior, justo al lado del estudio escondido, esperando su primer encuentro con él. Una vez más dirigió su atención a su cara. Un minuto más tarde, tras pulsar otra tecla, Wherry la obser­vó después del encuentro. Gruñó, insatisfecho. Las cámaras ocultas habían sido colocadas con sumo cuidado, pero no podían ofrecer visiones de todos los ángulos, y esta vez no pudo verle el rostro.

Siguió adelante. Las siguientes tomas venían del interior del propio Instituto, abajo, en la Tierra. Se estaban hacien­do los primeros preparativos para el traslado a la Estación Salter. Las cámaras mostraban a los animales experimenta­les mientras iban siendo introducidos en jaulas bien venti­ladas para que los enviaran arriba. Esta vez, Salter Wherry pareció complacido. Un atisbo de satisfacción brillaba en sus ojos azules mientras cambiaba el canal para contemplar su informe diario sobre la situación global.

Los servicios de rastreo y observación de la Estación Salter sintonizaban todos los canales mundiales más un número de otras fuentes, lo que haría que los gobiernos nacionales se llevaran las manos a la cabeza si vieran cuan fácilmente eran interceptadas. Los informes eran comple­mentados y confirmados por la cadena del satélite espía de la estación, el navío en órbita polar que permitía una mira­da constante y detallada a los sucesos que se produjeran en cualquier parte del globo.

Salter Wherry empezó a ejecutar su rutina diaria, esco­giendo con práctica entre las diferentes fuentes de datos. Aceleró los sucesos del año anterior y se movió hacia el presente. Pacientemente, se dirigió a lo largo de la superfi­cie de la Tierra, a veces a través de una cámara manual en una calle, en ocasiones con un vídeo tomado en el interior de edificios gubernamentales o dentro de viviendas particu­lares. Las imágenes empezaron a llegar.

—África. El curso del Nilo hacia el Mediterráneo mostra­ba un caudal disminuido por la incesante sequía. Sudán era un desierto y los grandes sistemas agrícolas dispuestos alrededor del río habían desaparecido, Jartum, en la confluencia del Nilo Azul y el Nilo Blanco, no era más que un puñado de edificios calcinados. Las cámaras se dirigieron al norte por encima del río lleno de seco fango. Junto al Mediterráneo, El Cairo era una ciudad fantasma donde manadas de perros hambrientos campaban por las calles llenas de polvo. El nilómetro en la Isla de Rodas estaba muy por encima del flujo real del río. El suministro de agua y los sistemas de alcantarillado habían fallado desde enton­ces. Ahora sólo las moscas tenían energía en el monstruoso calor de la tarde.

—Alaska. La larga línea costera del sur estaba envuelta en nieblas perpetuas que marcaban el encuentro de las co­rrientes frías y calientes. Tierra adentro, la península calen­tada de repente hervía de nueva vida. El hielo se había fundido. La vegetación se alzaba para englobar los panta­nos, y nubes de mosquitos y moscas zumbaban y bullían por la superficie. La población, al principio encantada con el calor, luchaba ahora por sobrevivir en su enfrentamiento con la oleada de plantas y animales. Durante todo el día, aviones cargados con pesticidas fumigaban miles de kiló­metros cuadrados. Apenas tenían éxito.

—Londres. Los casquetes polares, al fundirse, habían ele­vado el nivel del mar, lenta, inexorablemente, unas cuantas pulgadas por año. Las mareas estaban ahora a punto de desbordar los diques y muros de contención presionando, desde Gravesend hasta el Puente de Waterloo. Las cámaras mostraron filas de voluntarios en las calles que proseguían su duro trabajo con sacos de arena y contrafuertes de hormi­gón. Chapoteando con el agua por los tobillos, combatían como todos los días con la marea alta. El trabajo avanzaba con tranquilidad, incluso con alegría. La moral era buena.

—Java. La cadena de volcanes de la isla, como por simpa­tía con el clima extremo del mundo, había vuelto a la vida. Gran parte del centenar de millones de personas que vivía allí había emprendido la huida hacia el norte, hasta las aguas poco profundas del Mar de Java. Las cámaras tomaban desde el aire hasta el más mínimo detalle de los frágiles botes, sobrecargados, mientras se dirigían a Borneo y a Su­matra.

Pero no sólo la tierra era activa sísmicamente. Cuando la tsunami golpeó, ni un solo barco permaneció a flote. La ola de dieciocho metros que golpeó Yakarta y toda la costa norte de Java se aseguró de que aquellos que se habían quedado en tierra no tendrían un destino mejor que los parientes que se habían hecho a la mar. Hoy, las cámaras mostraban puñados de supervivientes aislados mientras grupos de rescate les recogían y les enviaban a campamen­tos de montaña en las mesetas centrales.

—Moscú. Informes sobre el gran oblasts agrícola estaban llegando a la oficina central de planificación, donde se mantenía una calma pétrea mientras llegaban las noticias de que las cosechas de trigo y maíz, arroz y centeno se habían agotado y de que los fuertes vientos habían erosiona­do el terreno fértil y lo habían transportado a la atmósfera.

Salter Wherry permanecía encorvado sobre su consola, absorbiendo nueva información, contrastándola con la anti­gua. Sólo su boca y sus ojos parecían vivos. Tras las escenas de Moscú, cambió al interior del edificio de las Naciones Unidas. El formulismo ritual de la cámara no podía escon­der las corrientes internas de furia y tensión procedentes del mundo exterior. El embajador de la Unión Soviética, con rostro tenso y frío estaba terminando su discurso.

—Lo que estamos viendo en el mundo hoy no es un accidente de la naturaleza, ni simples vicisitudes del clima del planeta. Estamos viendo una modificación delibera­da del clima, cambios dirigidos contra la Unión Soviética y nuestros amigos a cargo de otras naciones. Ha pasado la época de ser reticente a la hora de nombrar a estos países. Mi país es víctima de una guerra económica. No podemos permitir...

Wherry golpeó impaciente el tablero. Tenía el ceño frun­cido y sus ojos brillantes quedaban oscurecidos por las espesas cejas. Después de unos segundos, Eleonora apare­ció en la pantalla ante él, un ovoide plateado contra el fondo de estrellas y la Tierra iluminada. Congeló la imagen mientras pedía datos sobre los informes de construcción. Las líneas curvas de las vigas de soporte geodésico del casco exterior habían desaparecido, cubiertas por brillantes paneles exteriores. Los sistemas eléctricos finales estaban siendo instalados, junto con las fuentes de energía y los tanques hidropónicos; el gran cilindro de agua estaba casi lleno.

Wherry saltó a las otras arcologías. La más distante, Amanda, aparecía como una imagen granulosa e indistinta. Ahora estaba a casi cuatro millones y medio de kilómetros de la Tierra, girando lentamente en un plano elíptico. Den­tro de ocho años, a menos que se adoptara otra nueva trayectoria, la nave colonial estaría en la órbita de Marte. Los científicos de a bordo estaban ya hablando de la posibi­lidad de colocar una pequeña estación en Fobos, y consul­taban con la Estación Salter los recursos disponibles para el proyecto.

Salter Wherry apagó la pantalla y permaneció inmóvil largo rato. Por fin, tecleó otra secuencia. En la pantalla apareció la cara de Hans Gibbs, con el pelo enmarañado.

—Hans, ¿tienes el horario previsto para el embarque del personal del Instituto Neurológico?

—Aquí delante no. Espera un minuto y lo tendré.

—No hace falta. Voy a decirte lo que tienes que hacer. Tiene que estar todo aquí arriba dentro de setenta y siete días.

—Cierto. Judith Niles puso reparos, pero creo que tene­mos tiempo de sobra.

—Hans, no será así. Creo que no tenernos tanto tiempo. Todo va a irse al infierno muy rápidamente. Creo que entiendo bastante de política internacional, pero hoy no podría ni siquiera suponer qué país es el que va a volverse loco primero. Todos son candidatos. Quiero que elabores un horario revisado que tenga aquí dentro de treinta días a todo el mundo del Instituto, personas, animales y equipo. Dile a Muncie que quiero que haga lo mismo en relación con todo lo que necesitemos para terminar con Eleanora, en igual plazo de tiempo.

Hans Gibbs, de repente, pareció mucho más despierto.

—¡Treinta días! Es imposible, sólo los permisos nos lleva­rán ese tiempo.

—No te preocupes por los permisos. Deja que yo me encargue de ellos. Empieza a trabajar con los embarques. Rápido. El coste es irrelevante. ¿Me oyes? —Salter Wherry sonrió—. Irrelevante. ¿Cuántas veces me has oído decir eso sobre el coste de algo, Hans? Treinta días. Tienes treinta días.

Hans Gibbs se encogió de hombros.

—Lo intentaré. Pero además de los permisos, tenemos que preocuparnos de que nos den facilidades para hacer los lanzamientos. Si nos ponen pegas...

Se detuvo y soltó una imprecación. La conexión se había cortado. Hans estaba hablando a una pantalla en blanco.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

9

 

 

 

 

Wolfgang Gibbs cerró los ojos y se echó hacia delante hasta que tocó con la cabeza el frío metal de la consola. Su cara estaba blanca, perlada por el sudor. Después de unos instantes, deglutió con dificultad, se sentó derecho, inspiró profundamente e hizo otro intento. Marcó la secuencia para emitir un mensaje codificado, y esperó a que la unidad ante él señalara su aceptación.

—Bien, Charlene... —tuvo que volver a aclararse la gargan­ta—, te prometí un informe en cuanto pudiera acostumbrar­me. La transmisión ya me ha salido mal tres veces seguidas, así que si ésta tampoco lo hace, diré que no es mi día. Al principio pensé que me pondría en contacto contigo inme­diatamente después de llegar aquí, ¡eso demuestra lo opti­mista que soy! Bueno, ahí voy una vez más. Si oyes sonidos raros a mitad de la grabación, no te preocupes. Sólo soy yo, perdiendo otra vez el hígado y los pulmones.

Tosió roncamente.

—Hans dice que sólo una persona de cada cincuenta tiene una reacción tan mala a la caída libre como yo, así que, con suerte, no tendrás problemas. Dicen que incluso yo me encontraré mejor dentro de un par de días. Espero que sea así. De todas maneras, ya me he quejado bastante. Empecemos a trabajar.

»La mayor parte del viaje fue como una seda. Lo teníamos todo bien atado, para que no se soltara, y Cameron llenó a los animales de sedantes hasta las cejas. Lástima que no pudiera hacer lo mismo conmigo. Cuando llegamos a la caída libre, al principio todo salió bien, aunque mi estóma­go se sintió como si lo hubieran trasladado unos cuantos centímetros. Pero me las arreglé bastante bien. Entonces empezamos a trasladar a los animales a sus habitáculos permanentes. No les gustó, y demostraron su disgusto de la única forma posible. Te digo una cosa: ojalá no tengamos que volver a trasladarnos a la carrera. No me pagan lo suficiente para que tenga que nadar toda una semana a través de una nube de excrementos de animales flotando. Todo pringado de pared a pared. Luego empecé a notar que iba a devolver el desayuno. Y lo devolví... y luego el almuerzo y la cena del día anterior, y todavía me parece que no voy a ser capaz de volver a comer.

«Vale. Supongo que eso no es lo que quieres oír, ¿ver­dad? Volvamos al asunto real. Lo adornaré para los informes del laboratorio, pero es así como estamos.

Wolfgang se detuvo un momento mientras le asaltaba otra oleada de náuseas. Se había encaminado al corredor más externo del Eje Superior, donde la gravedad era mayor, y un cuarto de g era casi suficiente para mantener su estó­mago a raya; pero si se permitía mirar hacia abajo, veía el infinito desde un mar flotante de estrellas que giraban bajo sus pies. Y eso era suficiente para empezar de nuevo.

Miró hacia el frente, rehusando con todas sus fuerzas mirar a ninguna de las puertas. El nudo de su estómago se aflojó lentamente.

—Supongo que los gatos estarán aun peor —dijo por fin—. Todos están vivos, pero lo hemos pasado fatal dilucidando qué problemas han sido causados por el viaje y cuáles se deben al deterioro progresivo en las condiciones experi­mentales. Perdimos un par de perezosos... aún no sé por qué, pero parece un ataque cardíaco inducido por las dro­gas. Cannon nos advirtió antes de empezar, pero a nadie se le ocurrió nada sobre cómo prevenirlos. Los otros mamífe­ros pequeños parecen en bastante buena forma, y no tuvi­mos ningún problema auténtico trasladándolos. Claro que no fue así con los osos. —Consiguió sonreír a la cámara—. Son terriblemente grandes. Gracias a Dios, no tenemos ningún experimento en curso con elefantes. Tendrías que haber visto el trabajo que nos dio el viejo Jinx, el monstruo gordo. Le empujamos y empujamos durante un rato, y no conseguíamos moverle; luego, después de conseguir que flotara en la dirección adecuada, no podíamos pararle. Estuve a punto de quedar completamente aplastado con­tra una de las paredes. Menos mal que los habitantes de la estación están acostumbrados a manejar grandes masas en el espacio, o nunca lo hubiéramos conseguido.

»Te ahorraré los relatos penosos. Por fin le pusimos en su sitio, no hace falta decir que cerca del centro del Engra­naje. Es un lugar horrible, no hay prácticamente gravedad. No sé cuánta, pero menos de una centésima de g, eso seguro. Hans dice que en un mes o más o menos me gustará, pero ahora, sólo pensarlo me pone enfermo. Pero te diré algo en favor de la gente que trabaja aquí: saben cómo construir las cosas. Todos los tanques y los equipos de apoyo que pedimos estaban listos y en su sitio... y todo funcionaba. Hace un par de horas suministré el tratamiento a Jinx, y ahora le tengo estabilizado en el Modelo Dos de hibernación. Tendrás todos los detalles con la transmisión oficial, y también el vídeo, pero pensé que te gustaría ver algo inmediatamente, así que voy a incluir un clip con esto. Aquí va, a ver qué te parece Jinx.

Wolfgang inspiró profundamente y pulsó la secuencia de llamada. Lo hizo lenta y trabajosamente, con el cuidado frágil y doloroso de un hombre muy, muy viejo. Sus dedos temblaron varias veces, pero por fin consiguió introducir la secuencia correcta. Se echó hacia atrás y se masajeó la cintura mientras una copia del vídeo grabado aparecía ante él y, al mismo tiempo, era enviada como señal a la Tierra.

Jinx apareció en el centro de la pantalla. El oso estaba sentado sobre un lecho de suaves virutas, olisqueando cu­riosamente un gran pedazo de proteínas de pescado que tenía ante las zarpas. Su larga lengua negra lamía con cuida­do la superficie escamosa. Los movimientos del oso eran un poco bruscos, pero parecían bien controlados y adecuados. Wolfgang observó con aprobación cómo Jinx tomaba un buen bocado, lo masticaba y luego colocaba el resto del bloque de proteínas sobre el lecho. Tras tragar el bocado, Jinx bostezó y se rascó pacíficamente una sección de su espalda que había sido rapada. Los sensores implantados allí estaban cerca de la superficie de la piel, y aún los notaba un poco. Unos segundos después cogió la loncha de pescado y las monstruosas mandíbulas empezaron a mordisquearla con ansia.

—Tiene buen aspecto, ¿eh? —dijo Wolfgang—. Verás más cuando recibas toda la cobertura, pero déjame que te cuen­te el final. Vimos los primeros signos al respecto en los últimos experimentos que hicimos en Christchurch, y lo que JN predijo parece que es exactamente lo que pasa. Esta vez utilizamos las drogas adecuadas. La temperatura del cuerpo de Jinx estaba siete grados por encima de la conge­lación en ese fragmento del vídeo. Su corazón latía una vez por minuto... y continúa así. Estimo que su nivel metabólico se ha reducido ahora a un factor de ochenta. Es lento, pero parece evidente que no está hibernando... mírale mas­ticar esa loncha. Lo que ves está acelerado un sesenta y ocho por ciento sobre el tiempo real. Hasta ahora, lo más difícil fue encontrar algo que Jinx estuviera dispuesto a comer. Sabes lo picajoso que es. Parece que siente las cosas de modo diferente ahora, y no le gusta. Lo conseguimos después de treinta intentos, y parece alimentarse normal­mente.

Wolfgang se frotó lastimosamente su cintura.

—Afortunado Jinx. Eso es más de lo que puedo decir de mí. Lo mejor de todo es que su estado parece completamen­te estable. Comprobé todos los indicadores hace unos po­cos minutos. Creo que podremos mantenerle así durante un mes, tal vez más.

Cortó las imágenes del oso para introducir la transmisión en directo.

—Ése es el informe, Charlene. Ahora puedo relajarme. Pero estoy deseando que tú y los demás subáis aquí. No sé hasta qué punto las noticias que llegan a la Estación Salter son tendenciosas, pero parece que hay problemas allá en la Tierra. Guerras frías, guerras calientes, y parloteo en todas direcciones. ¿Sabes que ayer hizo una temperatura de se­senta y dos grados en Beluchistán? Deben de estar murien­do a cientos. ¿Te has enterado del informe del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas? Se habla de cerrar todo el espacio aéreo nacional y Hans está teniendo auténticos problemas para planear los lanzamientos... no sólo las tra­bas de costumbre. Se está dando con muros infranqueables. Le han dicho que habrá una suspensión indefinida de todos los vuelos en todos los espaciopuertos hasta que la situa­ción en la Tierra se normalice de nuevo. ¿Y quién sabe cuándo sucederá eso? Los expertos de Wherry dicen que los cambios son permanentes... Nosotros mismos los hemos causado con los programas de combustible fósil.

Alargó la mano hacia la llave que acabaría con la transmi­sión, entonces se detuvo. Miró inseguro la pantalla.

—Oye, Hans me dijo otra cosa que realmente no quería oír. Maldición, ojalá supiera si la conexión es segura, pero lo diré de todas formas: si no es algo que se sepa en el Instituto, Charlene, por favor guárdatelo para ti. Tiene que ver con JN. ¿Sabes que ha estado siguiendo una serie de tests neurológicos en la Central de Christchurch? Escáners TAC, trazadores de radio isótopos, buscadores de burbujas de aire, todo. Han estado analizando su cerebro desde una docena de ángulos diferentes. Espero que no haya hecho ninguna locura como presentarse como sujeto de pruebas en los experimentos del Instituto. ¿Puedes comprobarlo? Me gustaría asegurarme de que está bien. No me preguntes cómo sabe Hans todo esto... la información que tienen aquí sobre la Tierra me sorprende. Creo que es todo por ahora.

Wolfgang apretó cuidadosamente la tecla y se echó hacia atrás. La transmisión terminó, y el circuito quedó roto.

Cerró los ojos. No había sido tan malo como había espe­rado. Definitivamente, ayudaba mucho tener algo en que concentrarse y apartar los pensamientos de la sensación de náuseas. Pensar en algo bueno. De repente, recordó a Char­lene, sus largas piernas y su cuerpo inclinándose sobre él y sus negros cabellos cayendo en cascada sobre sus hombros. Gruñó. ¡Cristo! Si pudiera tener pensamientos así, definiti­vamente estaría camino de recuperarse. La próxima cosa que podría hacer sería mirar la comida.

Tal vez era el momento apropiado para hacer otra prue­ba. Lentamente, Wolfgang aunó fuerzas, luego volvió la cabeza y miró el puerto. Ahora el Eje Superior estaba boca abajo, apuntando a la Tierra, y él estaba contemplando una caída interminable hacia el hemisferio iluminado de deba­jo. La Estación Salter pasaba por encima del borde marrón del subcontinente indio, con el óvalo verde de Sri Lanka sólo visible en su parte inferior.

Abrió la boca. Mientras la contemplaba, la escena pare­ció girar bajo él, torciéndose como en un mapa extraño y surrealista. Apretó los dientes y se agarró con fuerzas al borde de la consola. Después de treinta desagradables se­gundos, pudo obligarse a verlo desde una perspectiva dife­rente. Lo insustancial era la superficie azul y blanca de la Tierra, la Estación Salter era real, tangible, sólida. Eso era. Agárrate a ese pensamiento. Lentamente, pudo aflojar su tenaza de la mesa que tenía delante.

Saldría bien. Todo era relativo. Si Jinx podía adaptarse a esta nueva vida y estar cómodo con una temperatura corpo­ral cercana a la congelación, seguro que Wolfgang podría acostumbrarse a los cambios mucho más pequeños produ­cidos por el traslado a la Estación Salter. Era mejor olvidar la autocompasión y volver al trabajo.

Ignorando los retortijones de su estómago, Wolfgang se obligó a mirar de nuevo, mientras la estación se dirigía hacia el Atlántico y la curva majestuosa de la frontera día-noche.

Tres días más y el personal del Instituto estaría en cami­no. Y si las noticias eran correctas, sería justo a tiempo. En su furia, en su pugna interminable, los gobiernos de la Tierra parecían dispuestos a bloquear el camino al mismo espacio.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10

 

EL FIN DEL MUNDO

 

 

 

 

Hans Gibbs había enviado a su primo un mensaje breve e incomprensible desde la sala de control.

—Mueve el culo y pásate por aquí. Rápido, o te perderás algo que nunca volverás a ver.

Wolfgang y Charlene estaban en medio del primer inven­tario cuando el mensaje llegó a través del intercomunicador. El la miró y señaló inmediatamente el terminal.

—Vamos.

—¿Qué? ¿Ahora mismo? —Charlene sacudió la cabeza, protestando—. Acabamos de empezar. Le prometí a Cameron que lo tendríamos todo organizado y dispuesto para empezar a trabajar en cuanto llegaran. Sólo nos quedan unas cuantas horas.

—Lo sé. Pero conozco a Hans. Nunca exagera. Debe ser algo especial. Vamos, terminaremos esto después.

La cogió de la mano y empezó a tirar de ella, demostran­do su experiencia difícilmente ganada con la baja gravedad. Charlene llevaba en la Estación Salter menos de veinticua­tro horas, pues era la segunda persona en hacer la transfe­rencia completa desde el Instituto. A Wolfgang le parecía completamente injusto que ella no hubiera sufrido ni el más mínimo mareo. Pero al menos no tenía aún su facilidad de movimientos. Tiró de ella y la hizo girar, ajustando el momento angular y linear. Tras unos instantes, Charlene comprendió que debería moverse lo mínimo posible, y dejó que la guiara como si fuera un peso muerto. Recorrieron rápidamente el corredor helicoidal que llevaba a la zona de control central.

Hans les estaba esperando cuando llegaron, y tenía la atención fija en una pantalla que mostraba la Tierra en su centro. La imagen procedía de un satélite observador geoestacionario emplazado a treinta y cuatro mil kilómetros de altura, de manera que todo el globo parecía una pelota que llenaba la mayor parte de la pantalla.

—Desde esta distancia no se ve nada del tamaño de una nave —dijo Hans—, así que tenemos que trucarlo. Si quere­mos ver naves, el ordenador genera gráficos y los hace aparecer en la pantalla. Observad ahora. La acción empeza­rá en un par de minutos.

Charlene y Wolfgang permanecieron tras él mientras Hans, indiferente, tecleó una corta secuencia de comandos. La pantalla permaneció silenciosa, mostrando Europa, Asia y África como un disco medio iluminado bajo una capa de nubes. Los segundos se alargaron hasta parecer una eter­nidad.

—¿Bien? —dijo Wolfgang por fin—. Aquí estamos. ¿Dónde está la acción?

Se inclinó hacia delante. Al hacerlo, la pantalla cambió. De repente, desde seis puntos diferentes del hemisferio, aparecieron una serie de chispas brillantes de luz roja. Primero fueron media docena, fáciles de distinguir. Pero a los pocos minutos el número se multiplicó, como luciérna­gas pululando sobre el globo que había debajo. Cada una empezó a ejecutar la lenta inclinación hacia el este que mostraba que se dirigían a la órbita. Pronto fueron demasia­do numerosas para que pudieran contarlas.

—¿Veis la de la izquierda? —dijo Hans—. Esa viene de Aussierport. La mayor parte de vuestros colegas estará a bordo: Judith, y De Vries, y Cannon. Estarán aquí dentro de hora y media.

—Santo Dios. —Charlene sacudió la cabeza, con el ceño fruncido—. No pueden ser naves. No hay tantas en todo el mundo.

Estaba demasiado absorta en la escena para captar la referencia familiar que Hans Gibbs había hecho sobre la directora del Instituto, pero Wolfgang dirigió a su primo una rápida mirada de comprensión.

—Charlene tiene razón —dijo Hans. Parecía satisfecho por su reacción—. Si sólo consideras las Lanzaderas y otras reutilizables, no hay tantas naves. Pero no disponíamos de tiem­po. Salter Wherry me dijo que trajera aquí arriba a todo el mundo, gente y suministros, y al infierno con el coste. Es el jefe, y era su dinero. Por el modo en que se han ido desarrollando las cosas, si hubiera esperado más tiempo, nunca habríamos podido traer lo que necesitamos. Lo que veis ahora es la mayor emigración de personas y equipo que veréis nunca. Conseguí permiso para que pudieran despegar todas las naves que encontré, en todas partes del mundo. Observad ahora, hay más.

Una segunda oleada había comenzado, esta vez mostrada con un fuerte color naranja. Al mismo tiempo, otros brillan­tes puntos rojos empezaron a asomarse desde el lado oscu­ro de la Tierra. Los lanzamientos hechos desde el hemisfe­rio invisible estaban apareciendo también.

Hans pulsó otra tecla y un puñado de puntos verdes apareció en la pantalla, esta vez en una órbita más alta.

—Esas son nuestras estaciones, todo el Imperio Wherry, excepto las arcologías, que están demasiado lejos para que las pueda mostrar la escala. Dentro de otra media hora veréis cómo la mayor parte de los lanzamientos empiezan a converger en las estaciones. En las próximas treinta y seis horas nos encontraremos con multitud de encuentros y atra­cadas.

—¿Pero cómo sabes dónde están las naves? —preguntó Charlene con los ojos completamente abiertos, hipnotizada por el remolino de chispas brillantes—. ¿Está todo calculado a partir de datos introducidos previamente?

—Mejor aún. —Hans señaló con el pulgar otra de las pantallas que tenía al lado—. Nuestros satélites de reconoci­miento registran constantemente todo lo que despega. Se­ñales térmicas infrarrojas para los despegues, apertura sinté­tica del radar después. El software convierte los datos de velocidad y distancia en posiciones, y los muestra en la pantalla. Wherry instaló los sistemas de observación y se­guimiento hace unos pocos años, cuando empezó a temer que algún loco en la Tierra intentara atacar una de estas Estaciones. Pero es ideal para usarlo de este modo.

Una tercera oleada comenzaba. Alrededor del ecuador, un nuevo lazo de brillantes reflejos azules se expandía sobre la superficie de la Tierra. El planeta estaba rodeado por una confusión multicolor de puntos de luz en forma de espiral.

—Por el amor de Dios. —Wolfgang olvidó cualquier pre­tensión de hacerse el tonto—. ¿Cuántas hay? He contado más de cuarenta, y ni siquiera he intentado sumar los lanza­mientos del hemisferio americano.

—Doscientas seis naves de todas las formas y tamaños—, y la mayoría de ellas no están diseñadas para el tipo de puertos que tenemos aquí. El número de lanzamientos aparece registrado aquí. —Hans señaló una parte del apara­to, pero tenía la atención fija en la pantalla.

—Va a ser una pesadilla —dijo alegremente—. Tenemos que ocuparnos de todas. La verdad es que ni siquiera vamos a intentar que todas lleguen aquí. Muchas se quedarán en una órbita baja y les enviaremos los remolcadores para que recojan a los pasajeros. No tuve tiempo para preocuparme por lanzamientos extra. Ya teníamos bastantes problemas para hacer que muchas de esas chatarras se pusieran en ór­bita.

Una cuarta oleada había empezado. Pero ahora era dema­siado difícil seguir la pantalla. Los puntos de luz conver­gían, y la limitada resolución del aparato hacía que muchas parecieran a punto de colisionar, a pesar de que miles de kilómetros las separaran en el espacio. Los dos hombres parecían hipnotizados mientras contemplaban el carrusel de naves en órbita. Charlene se acercó al mirador y contem­pló directamente la Tierra debajo. No se veía nada. Las naves eran demasiado pequeñas para que se notaran contra el gigantesco creciente del planeta. Sacudió la cabeza, y se volvió a mirar el contador de lanzamientos. La suma conti­nuaba a medida que se confirmaba la velocidad orbital de un nuevo grupo.

Hans se dio la vuelta y los tres permanecieron inmóviles, codo con codo. La sala permaneció totalmente silenciosa durante varios minutos, a excepción del suave bip de los contadores.

—Ya casi han partido todas —dijo por fin Charlene. Aún contemplaba el contador—. Doscientas tres. Cuatro. Cinco. Falta una. Ahí está. Doscientas seis. ¿Tenemos que aplaudir?

Sonrió a Wolfgang, quien le apretó la mano casi incons­cientemente. Entonces se dio la vuelta hacia el contador. Lo contempló durante un segundo. De repente, se sentía inse­gura de lo que estaba viendo.

—¡Eh! Hans, creí que habías dicho que eran un total de doscientas seis. El indicador señala doscientas catorce, y continúa.

—¿Qué? —Hans giró la cabeza para mirar, mientras el resto de su cuerpo lo hacía hacia el otro lado para compen­sar el movimiento en la baja gravedad—. No puede ser. Escogí todas las naves que podían volar. No hay manera...

Su voz se debilitó. En la pantalla había brotado una fuente de brillantes puntos de luz. Estaba centrada en una zona del sudeste asiático. Mientras miraban, uno de los altavoces de la consola crepitó y cobró vida.

—¡Hans! ¡Alerta roja! —la voz era ronca y débil, pero Wolfgang reconoció el tono de autoridad. Era Salter Wherry—. Conecta nuestros sistemas de defensa. Los moni­tores muestran un lanzamiento de misiles en el oeste de China. Aún no hay información sobre la trayectoria. Lo mismo podrían estar dirigidos hacia América, la Unión So­viética o hacia nosotros. Es demasiado pronto para decirlo. No he seguido mirando. Avisa a las otras estaciones. Estaré en el control central dentro de un minuto.

A pesar de su tono agónico, la voz había dado sus órde­nes con tanta rapidez que las palabras se atropellaron unas a otras. Hans Gibbs ni siquiera intentó replicar. Se puso de pie y se dirigió hacia otra de las consolas. Quitó un sello de plástico y pulsó el interruptor que había detrás antes de que Wolfgang o Charlene pudieran moverse.

—¿Qué es lo que pasa? —chilló Charlene.

—No lo sé —Hans parecía como si se estuviera ahogan­do—. Pero mira las pantallas... y el contador. Esos tienen que ser lanzamientos de misiles. No podemos permitirnos el lujo de esperar a ver hacia dónde se dirigen.

El indicador se había vuelto loco y los dígitos cambiaban demasiado rápidamente para que pudieran leerlos. La cuen­ta de lanzamientos había rebasado ya los cuatrocientos y aún continuaba. Salter Wherry entró tambaleándose en la sala de control.

Fue su llegada, en persona, lo que hizo que Charlene comprendiera la seriedad de la situación. Aquí estaba el hombre que apenas se veía con nadie, que colocaba su intimidad por encima del dinero, que odiaba exponerse a los extraños. Y aquí se encontraba, en la sala de control, ajeno a la presencia de Charlene y Wolfgang.

Le miró con curiosidad. ¿Era ésta la leyenda viviente, el arquitecto maestro del desarrollo del Sistema Solar? Sabía que era muy viejo. Pero parecía más que viejo. Su cara era blanca y macilenta, como una máscara mortuoria, y sus finas manos temblaban.

—Los locos —dijo suavemente. Su voz era un susurro entrecortado—, ¡Oh! ¡Los locos, los malditos, malditos, mal­ditos locos! Temía esto, pero nunca creí realmente que llegara a suceder mientras vivía. ¿Has levantado nuestras de­fensas?

—Están en posición —contestó Hans roncamente—. Estamos protegidos. ¿Pero qué hay de las naves que vienen de camino? Volarán en pedazos si tienen una trayectoria de encuentro con nosotros.

Charlene le miró atontada durante un segundo. Entonces comprendió.

—¿Las naves? Oh, Dios mío, todo el personal del Instituto viene de camino. No pueden usar sus misiles defensivos contra ellos... ¡no pueden hacerlo!

Wherry la miró, como si se diera cuenta de la presencia de extraños en la sala por primera vez.

—Las naves más rápidas no llegarán aquí hasta dentro de una hora —dijo.

Se hundió en una silla, respirando con dificultad. Tosió y se recostó. Su piel parecía blanca y seca, como un amasijo.

—Para entonces todo habrá acabado, de una manera o de otra. Los misiles de ataque tienen alta aceleración. Si están dirigidos a nosotros, estarán aquí dentro de veinte minutos. Si no, todo habrá terminado de todas formas. Hans, señala nuestra posición en la pantalla.

La posición de la Estación Salter apareció en la pantalla como un brillante circulo blanco. Hans la estudió unos instantes, con la cabeza inclinada hacia un lado.

—No creo que vengan hacia nosotros —dijo—. Se dirigen al este de la Unión Soviética y los Estados Unidos, por lo que parece. ¿Qué es lo que pasa?

Wherry permaneció sentado, con la cabeza gacha.

—Mira a ver qué puedes captar en las comunicaciones por radio. —Se aclaró la garganta; la respiración silbaba en su laringe—. Siempre nos ha preocupado que alguien inten­tara asestar un primer golpe para borrar el poder disuasor de los otros. Eso es lo que estamos viendo. Algún loco ha aprovechado la ventaja que le han dado nuestros lanza­mientos, así los otros tardarán en darse cuenta de que se está produciendo un ataque.

Hans había localizado una frecuencia de radio.

—Silencio en las radios de China. Mirad la pantalla. Esos tienen que ser los misiles de los Estados Unidos. El contra­ataque. Sabíamos que un primer golpe por sorpresa no fun­cionaría, y no ha funcionado.

Un denso amasijo de puntos de fuego barría el polo norte. Al mismo tiempo, un nuevo estallido se alzaba al este de Siberia. El contador de lanzamientos se había vuelto completamente loco y emitía una serie de agudos pitidos a medida que los lanzamientos individuales se hacían dema­siado frecuentes para ser marcados como bips separados. Más de dos mil lanzamientos de misiles habían sido regis­trados en menos de tres minutos.

—No podía funcionar y no funcionó —dijo suavemente Salter Wherry—. El primer golpe no sale bien nunca... casi siempre da opción al contraataque.

Inclinó la cabeza sobre el pecho. Por primera vez, Char­lene pensó que podría estar viendo algo más que la edad y la preocupación.

—¡Wolfgang! ¡Échame una mano!

Ella se acercó a Wherry y le tomó por la barbilla y le levantó la cabeza. Sus ojos estaban fijos y abiertos, como si una especie de película transparente los cubriera. Él alzó débilmente la mano derecha para agarrar la suya. Estaba helada. Tenía la otra mano crispada sobre el pecho.

—No podía funcionar. No podía —la voz era un susurro—, Es el fin, el fin del mundo, el fin de todo.

—Está sufriendo un ataque al corazón. —Charlene se in­clinó par levantarle, pero Wolfgang fue más rápido.

—Hans. Podrías hacer esto mejor que yo, pero quédate donde estás... tenemos que saber qué es lo que pasa. Llama al servicio médico y dile que pensamos que es un infarto. Pregúntales si debemos moverlo o si quieren tratarle aquí... y si lo quieren en el hospital, dime cómo llevarle allí.

Charlene le ayudó a levantar a Wherry del asiento. Lo hizo con toda la gentileza que pudo, mientras parte de su cerebro continuaba sorprendida y miraba a Wolfgang y a Hans. En los últimos minutos se había producido un cam­bio extraño y repentino en su relación. Hans era aún mayor, más experimentado. Pero a medida que los hechos empeza­ban a volverse más confusos y deprimentes, parecían enco­gerse, mientras que Wolfgang se volvía más fuerte y deter­minado. En este momento, no había duda sobre quién estaba al mando. Hans seguía las órdenes de Wolfgang sin ninguna duda. Estaba ante la consola, pegado al micro, y sus dedos volaban sobre las teclas.

—Deja a Wherry aquí —dijo tras unos segundos—. El Cen­tro Médico dice que Olivia Ferranti estará aquí en un mo­mento. Túmbalo y no le muevas, no intentes nada a menos que deje de respirar... van a traer un equipo reanimador.

—Bien. —Wolfgang hizo un gesto a Charlene, y entre los dos bajaron cuidadosamente al suelo a Salter Wherry, colo­cando la chaqueta de Wolfgang para que apoyara en ella la cabeza. Wherry se quedó tumbado un momento y luego intentó levantarse.

—No se mueva —dijo Charlene.

Él meneó un poco la cabeza.

—Las pantallas. —La voz de Wherry era un susurro—. Ten­go que ver las pantallas. Pregunta. Las ciudades.

Hans se había girado para verles. Asintió.

—Ya he pedido información sobre eso. Las ciudades im­portantes. ¿Qué más?

—¿Puedes contactar con la nave donde viaja el personal del Instituto? —preguntó Wolfgang—, Tenemos que hablar con JN. Están bastante lejos de la atmósfera, pero no sé si se les ve desde aquí.

—No importa. —Hans se volvió hacia la consola—. Pode­mos contactar a través de relés. Intentaré localizarles. Ten­dremos que usar otro canal. Haré que aparezca en la panta­lla que tenéis detrás.

Se puso a trabajar ante el tablero. Era el único que tenía algo que hacer que le ocupara por completo. Charlene y Wolfgang se quedaron a un lado, sintiéndose indefensos. Salter Wherry, después de su esfuerzo por levantar la cabe­za, yacía inmóvil. Parecía haber perdido toda la sangre, y tenía la cara lívida y las manos crispadas. Su respiración jadeante era el único sonido que rompía el urgente bip de los nuevos lanzamientos. Las chispas ya no se concentraban en una banda alrededor de la órbita de la Tierra. Ahora cubrían el globo como una red brillante, más densa en el hemisferio norte y en el polo.

Olivia Ferranti llegó cuando las imágenes del satélite de reconocimiento aparecían en la pantalla. La doctora miró sorprendida la explosión blanquiazul que había sido Mos­cú, y luego la ignoró y se arrodilló junto a su paciente. Su ayudante conectó rápidamente los electrodos de la unidad portátil al pecho desnudo de Salter Wherry, y cogió una sierra de aspecto ominoso y un escalpelo de un maletín es­terilizado.

—Ya están listas las transmisiones de la nave que querías —dijo Hans—. ¿Con quién quieres hablar?

—Con JN —contestó Wolfgang—. Charlene, será mejor que hables con ella. Dile que abandonen la trayectoria de en­cuentro hasta que nuestros misiles de defensa les sobrepa­sen. Estarán más seguros y...

Sus palabras se perdieron en un estallido de ruido proce­dente de las unidades de comunicación.

—Maldición. —Hans Gibbs redujo rápidamente el volu­men hasta un nivel tolerable—. Es lo que me temía. Algunas explosiones termonucleares están al borde de la atmósfera. Estamos recibiendo Efectos Pulsares Electromagnéticos, y eso borra las señales. Estamos a salvo, pues todo el sistema Wherry fue reforzado hace tiempo. No estoy tan seguro en lo que respecta a la nave. Voy a intentar un canal láser. Espero que estén reforzados contra los EPE y espero que estemos en línea en ese momento.

Las pantallas de reconocimiento contaban una historia escalofriante. Cada pocos segundos la imagen cambiaba para mostrar una nueva explosión. No había tiempo para identificar qué ciudad era antes de que se desvaneciera en el brillo de la fusión de hidrógeno. Sólo podían ver si era de día o de noche y así sabían a qué hemisferio llegaban los misiles. Era imposible estimar los danos o la pérdida de vidas antes de que una nueva escena llenara las pantallas. Salter Wherry tenía razón. La esperanza de un ataque pre­ventivo había sido vana.

Wolfgang y Charlene contemplaban juntos la mayor par­te de las pantallas. Aún enviaba señales desde una órbita geoestacionaria. Una vez más la pantalla chisporroteaba con las brillantes fluctuaciones de luz, pero esta vez no eran el resultado de la simulación del ordenador. Eran explosiones de cabezas nucleares múltiples de muchos megatones. Todo el hemisferio estaba sembrado de oscuros nubarro­nes, a medida que los edificios, los puentes, las carreteras, las casas, las plantas, los animales y los seres humanos eran volatilizados y llevados a la estratosfera.

—Hamburgo —susurró Wolfgang, casi para sí mismo—. Eso era Hamburgo. Mi hermana vivía allí. Con su marido y los niños.

Charlene no habló. Apretó su mano mucho más fuerte de lo que advertía. Las explosiones continuaron, llenando la pantalla de un silencio espectral que parecía casi peor que el ruido. ¿Deseaba que la pantalla mostrara imágenes de Norteamérica? ¿O prefería no saber qué había pasado allí? Con todos sus parientes en Chicago y Washington, parecía que no había esperanza para ninguno de ellos.

Se dio la vuelta. A Salter Wherry le habían colocado una mascarilla. Ferranti había abierto su camisa y le estaba haciendo algo en el pecho que Charlene prefirió no ver. El ayudante estaba preparando una camilla en la que transpor­tarle.

¿Muerto o vivo? Charlene se sorprendió al ver que Wherry estaba completamente consciente y que sus ojos pugnaban por seguir las pantallas. Había una intensidad en su expresión que podía deberse a los estimulantes cardía­cos, pero al menos aquella mirada terrible había desapare­cido.

Charlene siguió la mirada de Wherry y observó la panta­lla que había al fondo de la sala, donde aparecía una imagen difusa. Cuando se aclaró, comprendió que estaba viendo a Jan De Vries. Estaba sentado en la Lanzadera, con una pila de papeles en el regazo. Parecía muy mareado. Y estaba llorando.

—Doctor De Vries... Jan. —Charlene no sabía si podía verla u oírla, pero tenía que hablarle—. No intente acercarse. Tenemos conectado un sistema de misiles de defensa.

Él dio un respingo al oír su voz.

—¿Charlene? Puedo oírla, pero nuestro sistema de ima­gen no funciona. ¿Puede verme?

—Sí. —Nada más decirlo, Charlene lo lamentó. Jan De Vries estaba descompuesto, tenía toda la chaqueta mancha­da de vómito y sus ojos estaban rojos por el llanto. Para un hombre que siempre cuidaba su aspecto, su estado actual tenía que ser humillante—. Jan, ¿ha oído lo que he dicho? No deje que intenten acercarse.

—Lo sabemos. —De Vries se frotó los ojos—. Ese mensa­je fue lo primero que vino. Estaremos en órbita hasta que sepamos que acercarse a la Estación Salter no es peli­groso.

—Jan, ¿lo ha visto? Es terrible. El mundo está explotando.

—Lo sé. —De Vries hablaba claramente, casi de modo ausente. Charlene tuvo la impresión de que tenía la mente en otra parte.

—Tengo que hablar con algún médico de la Estación Salter —continuó diciendo él—. Tendría que haberlo hecho antes de despegar, pero había demasiado alboroto. ¿Puede encontrarme uno?

—Aquí mismo hay uno. Salter Wherry ha sufrido un ata que, y le está atendiendo.

—Bien, ¿quieres acercar al médico al comunicador? Es imperioso que hable con él sobre las instalaciones médicas de la Estación Salter. Necesitamos urgentemente ciertas drogas y equipo quirúrgico... —Jan De Vries se detuvo de repente, con aspecto perplejo, y sacudió la cabeza—. Lo siento, Charlene. La oí, pero tengo dificultades para concentrarme en más de una cosa a la vez. Dijo que Wherry había tenido un ataque. ¿Cuándo?

—Cuando empezó la guerra.

—¿Es grave?

—Eso creo. No lo sé. —Charlene no podía contestar a esa pregunta, no con Salter Wherry mirándola en silencio—. Doctora Ferranti, ¿puede hablar un momento con el doctor De Vries?

La otra mujer la miró fríamente.

—No. Tengo las manos más que ocupadas aquí. Pero hágame la pregunta y veré si puedo darle una respuesta rápida.

—Gracias —dijo De Vries humildemente—. Seré breve. Allá en la Tierra hay, o había, cuatro hospitales equipados para hacer una resección parietal completa, con desprendimien­to parcial y costura interna de la comisura anterior. Hace falta instrumental especial y un complicado uso de drogas antes y después de la operación. Me gustaría saber si una operación así podría ser llevada a cabo con las instalaciones médicas disponibles en el Centro Médico de la Estación Salter.

—¿De qué demonios está hablando? —susurró Hans a Wolfgang con un gruñido—. El mundo se está haciendo trizas y él está charlando de hospitales.

Wolfgang le hizo un gesto para que callara. Jan De Vries había dicho muchas veces que no tenía ninguna relación con el mundo, que era un huérfano sin ningún pariente con vida y ningún amigo íntimo. Su pena no podía deberse a la pérdida de los familiares o los seres queridos. Pero Wolf­gang pudo ver la expresión de su cara, y en ella había algo que hablaba más de tragedia personal que del Armagedón general. Una extraña sospecha se infiltró en su mente.

La doctora Ferranti finalmente giró la cabeza para mirar la imagen de De Vries.

—No tenemos ese tipo de equipo. Y después de eso... —hizo un gesto con la cabeza hacia la pantalla principal—, supongo que nunca lo tendremos.

La órbita de la Estación Salter había continuado hacia el oeste, hacia la cara iluminada de la Tierra. Ahora estaban directamente encima del Océano Atlántico. Las pequeñas úlceras oscuras sobre la cara del planeta se habían extendi­do y se habían fundido. La mayor parte de Europa estaba totalmente oscurecida por una columna de humo ilumina­da desde dentro por los estallidos y las tormentas de la superficie. La costa este de los Estados Unidos debería haber aparecido también a la vista, pero quedaba oculta por una continua masa rodante de polvo y nubes.

Y los misiles continuaban siendo lanzados en busca de sus blancos. A medida que los encontraban y desaparecían de las pantallas, nuevas manchas brillantes se alzaban como Aves Fénix del hervidero que habían sido los Estados Unidos de América y se dirigían hacia Asia. Las manos que los controlaban tal vez estaban muertas, pero sus instrucciones habían sido establecidas mucho tiempo antes en los ordenadores de control. Si no vivía nadie para detenerlo, la lluvia nuclear continuaría hasta que los arsenales quedaran vacíos.

—¿Pueden preparar unas instalaciones para la operación? —preguntó por fin De Vries. Incapaz de ver las pantallas, no se daba cuenta de que todos los que estaban en la sala de control estaban paralizados por la escena de una Tierra moribunda. Su pregunta era urgente, pero nadie la contestó. Desde el principio del día, todo el mundo de De Vries se había convertido en un sueño, como si todo hubiera sucedido, antes de terminar.

—¿Pueden prepararlas? —repitió.

Ferranti tiritó.

—Si quisiéramos podríamos construir un sistema tempo­ral para hacer el trabajo, pero nos llevaría al menos cinco años. Estaríamos improvisando todo el tiempo, reuniendo material para hacer equipos.

Volvió a mirar a Salter Wherry, y perdió interés en seguir hablando con De Vries. La respiración de Wherry era más espaciada, y temblaba. Parecía estar inconsciente.

—Vamos —le dijo a su ayudante—. No quería moverle, pero no tenemos otra alternativa. Tenemos que llevarle al centro médico. Inmediatamente, o le perderemos.

Con la ayuda de Wolfgang levantaron a Wherry y le colocaron sobre la camilla. Aún llevaba puesta la mascarilla. Abrió los ojos. Las pupilas estaban dilatadas, cargadas de un blanco amarillento. Los ojos estaban hundidos en las cuen­cas, ensombrecidos. Wolfgang miró en ellos y vio la muerte rondando.

Empezó a incorporarse, pero de alguna manera la frá­gil mano de Wherry encontró fuerzas para asirse a su manga.

—¿Es usted del Instituto? —las palabras eran débiles y confusas.

—Sí. —Fue una sorpresa descubrir que Wherry aún podía hablar.

—Venga conmigo.

La débil voz aún podía ordenar.

Wolfgang asintió y sintió dudas cuando Ferranti empe­zó a llevarse a Wherry. Charlene volvía a hablar con De Vries, preguntándole lo que él mismo había querido preguntarle.

—Jan —estaba diciendo—. Hemos intentado contactar con Niles. ¿Dónde está?

—Aquí. En esta nave. —De Vries se llevó las manos a los ojos—. Está inconsciente. No quise que viniera. Quería que esperara, que recuperara fuerzas, que la operaran y luego nos siguiera. Ella insistió en venir. Y tenía razón. Pero en la Tierra la podrían haber ayudado. Ahora...

Wolfgang trató de encontrar sentido a las palabras de De Vries. Pero la frágil mano le agarró otra vez por el brazo, y el hilo de voz le habló de nuevo.

—Venga. Ahora. Tenemos que hablar ahora.

Wolfgang dudó un instante. Luego, reticente, siguió a la camilla.

Salter Wherry giró la cabeza hacia él y su seca lengua se movió sobre sus pálidos labios.

—Quédese cerca.

—No hable —dijo Ferranti.

Wherry la ignoró.

—Tengo que darle un mensaje. Tengo que decirle a Niles lo que hay que hacer. ¿Me escucha?

—Le escucho —asintió Wolfgang—. Adelante, me asegura­ré de que reciba el mensaje.

—Dígale que sé que vio a través de la narcolepsia. Lo sabía... era demasiado simple para ella. Quiero que sepa la razón... la razón real... de por qué quería que estuviera aquí.

Hubo una larga pausa. Wherry cerró los ojos. Wolfgang pensó que se había desmayado, pero cuándo la voz del viejo volvió a sonar lo hizo aún más fuerte y coherente­mente.

—Tenía mis propias razones personales... y ella tenía las suyas propias para venir aquí. No sé cuáles eran; quiero que sepa las mías. Y quiero que las cumpla. Esperaba que no nos destruyéramos ahí abajo, pero tenía que prepararme , para lo peor. Justo a tiempo, ¿eh? —Hubo un gruñido sibi­lante que Wolfgang identificó como una risa—. La historia de mi vida. Justo a tiempo. Un día más y habría sido demasiado tarde.

Movió débilmente el brazo mientras Ferranti lo cogía para ponerle una inyección.

—Nada de sedantes. Me duele el pecho... pero puedo soportarlo. Usted, joven —los ojos se revolvieron hacia Wolfgang—. Acérquese. No puedo hablar mucho más. Tengo que contarle mi sueño para que se lo cuente a Niles y lo haga suyo.

Wolfgang se inclinó sobre el cuerpo postrado. Hubo una larga pausa.

—Génesis. ¿Recuerda el Génesis? —La voz de Wherry se desvanecía—. Hay que hacer lo que dice el Génesis. «Cre­ced y multiplicaos.» Creced y multiplicaos.

Wolfgang miró rápidamente a Ferranti.

—Está delirando.

—No deliro —hubo un débil retintín de irritación en la débil voz—. Escuche. Construí las arcologías para ir muy lejos... para fecundar el universo. Creced y multiplicaos. ¿Ve? Autosuficientes, que duraran mil años... diez mil. Pero no pude hacerlo. Somos demasiado débiles. Luchamos, cambiamos de mentalidad, cambiamos de sociedad, mata­mos a los líderes, derribamos los sistemas. Malditos locos. Nunca podrán durar mil años, ni siquiera cien.

Habían llegado al Centro Médico, y trasladaron a Wherry a una mesa preparada para hacer una operación de emer­gencia. Se le introdujo una aguja en el brazo izquierdo mientras una batería de luces brillantes les rodeaba.

Wherry dobló la cabeza con un último esfuerzo para mirar a Wolfgang.

—Dígaselo a Niles. Quiero que desarrolle la animación suspendida. Por eso necesito el Instituto en esta Estación. —Le habían quitado la máscara y en la cara torturada apare­ció el remedo de una sonrisa—. Una vez pensé que sería el primero. Vería las estrellas. Lástima que no sea así. Pe­ro dígaselo. Dígaselo. El frío sueño... el fin de todo... el sueño.

Ferranti se acercó a Wolfgang.

—Está bajo los efectos de la anestesia —dijo—. Queremos que salga de aquí. Vamos a operar ahora mismo.

—¿Podrá salvarle?

—No lo creo. Es el tercer ataque que sufre. —Se mordió el labio. Por primera vez, Wolfgang advirtió sus ojos grandes y luminosos y el triste rictus de su boca—. La última vez fue un remiendo, pero esperábamos que durara más. No tiene más de una probabilidad entre diez. Menos, si no empeza­mos inmediatamente.

Wolfgang asintió.

—Buena suerte.

Regresó a la sala de control. Hans estaba solo, contem­plando las pantallas. Parecía en trance, pero se levantó al oír la voz de Wolfgang.

—El sistema de defensa de misiles ha sido desconectado. Ahí abajo estaban demasiado ocupados consigo mismos para perder el tiempo con nosotros. Vuestras naves empeza­rán a atracar de un momento a otro.

—¿Cuál es la situación... —Wolfgang hizo un gesto con la cabeza hacia la pantalla principal, donde se veía la cara devastada de la Tierra.

—Horrible. No llega ninguna señal de radio o de televi­sión, o se pierden con la estática si lo están intentando. Hace unos pocos minutos hicimos una estimación de la energía liberada. Treinta mil megatones. —Hans suspiró—. Cuatro toneladas de TNT por cada habitante del planeta. Ahora es de noche en toda la Tierra. La luz del sol no puede penetrar las capas de nubes.

—¿Cuántas bajas?

—¿Dos mil millones, tres mil? —Hans sacudió la cabeza—. Aún no ha terminado. Los cambios climatológicos harán el resto.

—¿Todo el mundo? ¿Todos los habitantes de la Tierra?

Hans no contestó. Permaneció sentado ante la consola, encogido, mirando la pantalla. La cara del planeta entero era una llaga oscura. Unos segundos después, Wolfgang regresó a su recámara. Hans y los otros tenían razón. Las naves empezarían a atracar muy pronto, pero antes era necesario estar a solas con el dolor.

Charlene le esperaba en la habitación a oscuras. Él la abrazó. Durante varios minutos permanecieron sentados en silencio. Las cosas habían sucedido tan rápidamente en las últimas horas que no habían tenido tiempo de captar lo que pasaba, y sólo ahora comenzaban a comprender su horrible significado. Para Charlene, en particular, que llevaba me nos de veinticuatro horas fuera de la Tierra y del Instituto Neurológico, todo parecía irreal. Pronto el hechizo se rom­pería y regresaría al mundo familiar y cómodo de los expe­rimentos, los informes y las reuniones semanales del per­sonal.

Wolfgang se agitó en sus brazos. Alzó su cabeza y se apretó contra su mejilla.

—¿Qué es lo que pasa con JN? —dijo por fin—. No me gustó el aspecto de De Vries.

Charlene tiritó en la oscuridad.

—Malas noticias, Jan habló con ella esta mañana, cuando por fin le dieron los resultados de las pruebas de laborato­rio. Tiene un tumor cerebral maligno que se desarrolla rápidamente. Es aún peor de lo que creíamos.

—¿Inoperable?

—Ésta es la peor parte... es lo que Jan De Vries estaba preguntando. Hay un problema de operación y quimiotera­pia conjunta del que sobrevive uno de cada cinco casos. Pero sólo puede ejecutarse en un número muy escaso de centros y a cargo de un grupo reducido de personas. No hay forma de hacerlo en la Estación Salter. Ya oíste a Ferranti. Harían falta cinco años de desarrollo.

—¿Cuánto tiempo le queda a Judith?

—Dos o tres meses, no más. —Charlene había contenido sus sentimientos a lo largo del día, pero ahora estaba lloran­do en silencio—. Tal vez menos... la aceleración del despe­gue la dejó inconsciente, y eso es mala señal. Sólo estaban a tres g. Y todas las instalaciones que podrían haber hecho la operación, allá en la Tierra, han sido reducidas a cenizas. Wolfgang, está condenada. No podemos operarla aquí, y no puede volver allí.

Él guardó silencio un rato, meciendo a Charlene en sus brazos.

—Esta mañana parecía que estábamos en el principio de todo —dijo—. Han pasado doce horas y es el fin. Wherry lo dijo: es el fin de todo. No te lo había dicho, pero también se está muriendo. Estoy seguro. Me dio un mensaje para JN, para que desarrollara la hibernación en las arcologías. Le prometí que se lo transmitiría, y lo haré. Pero ahora no im­porta.

—Todos han desaparecido —dijo Charlene suavemente—. La Tierra, Judith Niles, Salter Wherry. ¿Qué queda?

Wolfgang se quedó callado largo rato. En la oscuridad, mientras sentía su cuerpo caliente contra ella, Charlene se preguntó si él la había oído. Los dos empezaban a adormi­larse, pues los nervios les habían despojado de toda ener­gía. Se sentía demasiado débil para moverse.

Por fin, Wolfgang gruñó y se desperezó.

—Quedamos nosotros —dijo—. Aún estamos aquí. Y los animales también. Alguien tiene que cuidarles. No pode­mos dejar que mueran de hambre.

Apoyó la cabeza contra su hombro.

—Quedémonos aquí y tratemos de dormir un poco. Lue­go podremos ir a alimentar al viejo Jinx. —Sus palabras se difuminaron en el sueño—. Algunas cosas tienen que conti­nuar; a pesar de que haya llegado el fin del mundo.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

11

 

 

 

 

Nadie habló durante casi cuatro horas. Cada una de las tres figuras vestidas de blanco estaba absorta en su trabajo particular, y las mascarillas imponían aislamiento y anoni­mato. El aire en la cámara era terriblemente frío. Los traba­jadores se frotaban las manos heladas, pero no quisieron usar guantes termales y arriesgarse así a perder destreza.

La mujer que había sobre la mesa permanecía incons­ciente. Su respiración era tan débil que era necesario con­firmar su condición estable a través del monitor. Había electrodos y sondas en su abdomen, cavidad torácica, nariz, ojos, columna vertebral y cráneo. Un grueso tubo había sido conectado a una arteria en la ingle, dispuesto para bombear sangre a través del aparato que había junto a la mesa.

Todo estaba preparado. Pero se produjo un momento de duda. Los tres comprobaron los signos vitales una vez más; luego, sin hablar, de mutuo acuerdo, salieron de la cámara y se quitaron las mascarillas. Durante unos segundos se miraron en silencio.

—¿Tenemos que seguir adelante? —dijo Charlene brusca­mente—. Con tanta inseguridad y tanto riesgo... No tenemos experiencia con los seres humanos. Ninguna. Y no estoy segura de qué cantidad de droga habría que ajustar para la distinta masa y química corporal...

—¿Qué acción sugieres, querida? —Jan De Vries había sido el que se había opuesto más vehemente a la idea cuando se propuso por primera vez, pero ahora parecía tranquilo y resignado—, ¿Volver su temperatura corporal a la normali­dad? ¿Intentar despertarla? Si eso es lo que sugieres, proponlo. Pero debes ser tú, no yo, la que se enfrente a ella y le explique por qué no accedimos a sus deseos explícitos.

—Pero ¿y si no funciona? —La voz de Charlene temblaba—. Mira nuestros archivos. Es tan peligroso... Jinx sólo lleva así tres semanas nada más.

—¿Y sostienes que la experiencia con el oso no es apli­cable?

—¿Quién sabe? Podría haber un centenar de diferencias significativas... Masa corporal, antígenos ya existentes, reac­ciones a las drogas. Y muchas cosas tan probables como éstas. Por lo que sabemos, funciona para Jinx gracias a alguna droga previa que hemos usado en nuestros experi­mentos. Recuerda que cuando hicimos lo mismo con Dolly, la matamos. Necesitamos intentar otras pruebas, otros ani­males... necesitamos más tiempo.

—Sabemos todo eso. —Wolfgang Gibbs no compartía la calma fatalista de De Vries ni la nerviosa vacilación de Charlene. Parecía tener un interés objetivo en el nuevo experimento—. Míralo de esta forma, Charlene. Si podemos colocar a JN en el Modo Dos en las próximas horas, pueden pasar dos cosas. Si se estabiliza y recupera la conciencia, muy bien. Intentaremos comunicar con ella y averiguar cómo se siente. Si la colocamos en Modo Dos y no es estable, podemos devolverla a la normalidad. Si tenemos éxito, tendremos la oportunidad de intentarlo otra vez. Si fallamos, morirá. Eso es lo que te preocupa. Pero si no intentamos estabilizarla en Modo Dos, ya está muerta de todas formas. Recuerda el diagnóstico. Morirá en menos de tres meses, y esto es algo que no podemos cambiar. Míralo de esta forma: si tú estuvieras sobre esa mesa, ¿qué querrías que hiciéramos?

Charlene se mordió el labio. Sintió la terrible tentación de no hacer nada, de dejar a JN con una temperatura corpo­ral cercana a la congelación mientras deliberaban. Pero la temperatura en el interior de la cámara seguía descendien­do. En el plazo máximo de media hora tendrían que de­volver a Judith Niles a la conciencia o intentar el Mo­do Dos.

—¿Qué es lo que dicen los últimos informes sobre Jinx? —preguntó bruscamente Charlene.

—Está bien.

—Vale. Entonces sigamos adelante. Esperar no servirá de nada.

Si los otros dos se sorprendieron por el repentino cam­bio de actitud, ninguno lo mencionó. Se ajustaron las mascarillas y volvieron al interior de la cámara. La temperatura había bajado otro grado. Los monitores registraban un pulso de cuatro latidos por minuto, y la sangre congelada era conducida lentamente a través de las venas contraídas.

La etapa final dio comienzo. Sería ejecutada bajo el con­trol del ordenador, con los humanos presentes solamente para provocar una anulación si las cosas salían mal. Jan De Vries inició la secuencia de control. Entonces se acercó a la figura inmóvil sobre la mesa y gentilmente colocó la palma de la mano sobre su fría frente.

—Buena suerte, Judith. Haremos todo lo que podamos. Y nos comunicaremos contigo, Dios lo quiera, cuando lle­gues.

Se quedó mirándole la cara largo rato. Las inyecciones de droga cuidadosamente medidas y las masivas transfusiones de sangre cambiada químicamente habían empezado ya. Los monitores mostraban ahora pautas extrañas, períodos constantes que se alternaban con bruscos cambios en el pulso, la conductividad de la piel, el equilibrio de iones y la actividad del sistema nervioso. Los osciloscopios mostra­ban cimas y valles impredecibles en los ritmos cerebrales, a medida que los ciclos de las ondas se alzaban, caían y se fundían.

Incluso ante los experimentados ojos de los observadores, todo lo que sucedía en los monitores parecía extraño y desconocido. Y, sin embargo, no hubo ninguna sorpresa. Como ella misma había solicitado, Judith Niles fue embar­cada en un extraño viaje. Exploraba una región donde la sangre estaba cerca de la congelación, donde las reacciones químicas del cuerpo tenían lugar a una fracción de sus ritmos normales, donde sólo unos pocos animales hiberna­dos y ningún ser humano se había aventurado y regresado con vida.

El corazón congelado se desaceleró aún más, y la sangre se arrastró perezosamente a través de frías arterias y venas. El cuerpo sobre la mesa tembló de repente, se retorció y, luego, volvió a quedarse quieto. Los monitores emitieron una señal de alerta.

Pero ya no había medio de volver atrás. La búsqueda había empezado. Durante las horas siguientes, Judith Niles protagonizaría una aventura desesperada. Tenía que encon­trar un nuevo modelo de estabilidad psicológica, más allá de donde ningún humano había estado jamás. Y su única guía era la senda incierta dejada por un oso kodiak.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Segunda parte

 

27698 D.C.

 

 

 

 

Toda tecnología suficientemente avanzada es indistin­guible de la magia.

 

 

Proverbio atribuido al filósofo y escritor, anterior al Vue­lo, Isaac (?) Clarke, 1984(?)-2100(?) (Calendario Antiguo); Biblioteca de Archivos Centrales, Pentecostés (memoria burbuja defectuosa; esta sección de los archivos es poco fiable).

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

12

 

PENTECOSTÉS

 

 

 

 

El último nadador salió tiritando del río subterráneo. Ahora, por fin, podrían reunirse los resultados finales. Peron Turco se acurrucó en la capa y miró a lo largo de la fila.

Allí estaban. Cuatro meses de selección preliminar les había dejado reducidos a sólo cuarenta de los muchos miles que se habían presentado a las pruebas. Y en los siguientes veinte minutos serían reducidos una vez más, ahora a veinticinco.

Todos estaban llenos de barro, calados hasta los huesos y con aspecto cansado. La prueba final había sido terrible y había forzado los cuerpos y las mentes al límite. Nadar cuatro millas bajo el agua, en total oscuridad, luchando contra corrientes heladas, a través de un laberinto de cuevas interconectadas había sido una prueba que requería fortale­za física. Pero la presión mental, sabiendo que el suminis­tro de oxígeno sólo duraría cinco horas, había sido mucho peor. La mayor parte de los contendientes estaban tumba­dos, calentándose al sol, dándose masajes en los músculos y sorbiendo bebidas azucaradas. Las puntuaciones aún tarda­rían un poco en aparecer, pero su atención no se centraba en la ruidosa multitud que les observaba, sino en la gran pantalla que formaba una de las paredes del coliseo.

Peron se cubrió los ojos para protegerse del brillo de Cassay y estudió largamente cada una de las caras de la fila. Ahora ya sabía dónde estaba la competición real, y él trataba de averiguar por sus expresiones cuáles eran sus probabili­dades. Lum estaba al fondo, sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Comía fruta y parecía sudado y aburrido. De alguna manera, el caliente verano de Pentecostés había dejado su piel intacta. Destacaba de los otros por su palidez invernal.

Diez días antes, Peron le había descartado, considerando a Lum blando y demasiado gordo, un joven fornido y gor­dinflón que había llegado a formar parte de los cien últimos contendientes por accidente. Ahora le conocía mejor. La gordura era puro músculo, y cuando era necesario Lum podía moverse con increíble gracia y rapidez; la cara gordezuela y los ojos porcinos escondían un cerebro de primera fila y una imaginación formidable. Peron había corregido tres veces sus estimaciones sobre él, y cada vez había ido adelante. Ahora estaba seguro de que Lum se encontraría entre los veinticinco finalistas.

Lo mismo que Elissa, la muchacha que estaba a la iz­quierda. Peron ya la consideraba una competidora formida­ble. Había salido diez minutos antes que él en la primera prueba, cuando hicieron el viaje nocturno a través de Villasylvia, el bosque más peligroso de la superficie de Pente­costés.

Peron se había mostrado muy confiado. Había crecido en un lugar similar. Era fuerte y ágil, y su sentido de la direc­ción era mejor que el de ninguna otra persona que conocie­ra. Dos horas después, cuando perdió de vista a Elissa, estaba convencido de que la muchacha de piel oscura se había perdido en las peligrosas profundidades de Villasylvia. Casi había sentido lástima por ella, porque antes de empezar le había sonreído y le había deseado suerte, pero necesitaba concentrar toda su atención en esquivar los dar­dos y las trampas que abundaban en la selva nocturna.

Había hecho un tiempo espléndido, pues había encon­trado un sendero seguro que le llevó a la base sin ningún contratiempo. Fue toda una sorpresa descubrir que ella estaba ya allí, descansada y alegre y canturreando mientras se preparaba el desayuno.

Elissa se giró para mirarle, mientras él aún la observaba en la fila. Ella le sonrió y él rápidamente apartó la mirada. Si Elissa no se clasificaba entre los ganadores, Peron lo consi­deraría también una mala noticia, porque estaba convenci­do de que la clasificación de ella estaría por encima de la de él.

Miró una vez más la pantalla. Los marcadores estaban mostrando los nombres de los participantes que quedaban. Peron los contó a medida que iban apareciendo. Sólo seten­ta y dos. Las últimas pruebas habían sido terriblemente difíciles, lo suficiente para eliminar por completo a la cuar­ta parte de los finalistas. Ya estarían de regreso a sus ciuda­des natales, demasiado decepcionados para esperar y des­cubrir quiénes eran los afortunados ganadores.

Peron frunció el ceño y volvió a mirar la fila de finalistas. ¿Dónde estaba Sy? ¿Habría fallado? No, allí estaba, a unos pocos metros de los otros. Como de costumbre, era fácil perderle de vista... se fundía inopinadamente en cualquier escena, por eso a Peron le había llevado un instante locali­zarle. No tendría que haber sido difícil de distinguir, por­que tenía el pelo negro, los ojos grises y brillantes y el brazo izquierdo ligeramente deformado. Pero, de alguna manera, era difícil verle. Podía hundirse en el fondo y quedarse observándolo todo en silencio con aquella expre­sión cínica y presumida que Peron encontraba tan irritan­te... ¿Quizá porque sospechaba que Sy era realmente supe­rior? Ciertamente, en todo lo que requiriera poderes mentales había sobrepasado sin esfuerzo a Peron (y a todos los demás, según la apreciación de Peron); y donde era necesaria agilidad o fortaleza física, Sy encontraba de algu­na manera un medio para compensar su brazo deforme. Era un misterio cómo lo hacía. Nunca ocupaba el primer lugar en la mayor parte de las pruebas físicas, pero teniendo en cuenta su defecto estaba en una posición mucho más alta de lo que podía suponerse.

Sy ignoraba la pantalla y concentraba su atención en sus compañeros participantes, evaluando claramente su estado. Peron sospechó de repente que Sy ya sabía que estaba en los veinticinco puestos superiores y estaba mirando más allá, haciendo planes para las pruebas que tendrían lugar fuera del planeta y que determinarían quiénes serían los diez ganadores definitivos.

Peron deseó poder sentir tanta confianza. Estaba seguro (¿no?) de que se encontraba entre los treinta mejores. Espe­raba estar entre los veinte, y en su imaginación se veía en el cuarto o quinto puesto. Pero con contendientes venidos de todo el planeta, y siendo la competición de tal calibre...

La multitud rugió. ¡Por fin! Las puntuaciones empezaron a aparecer. Las pantallas fueron conectadas lenta y dolorosamente. Los jueces se reunían en gran secreto, sabiendo que los resultados serían propagados instantáneamente por todo el planeta y que un error arruinaría su reputación; y los responsables individuales de las pantallas habían sido con­tagiados por la misma obsesión por el cuidado y la precisión. Todo era comprobado y revisado antes de que apare­ciera.

Peron había visto grabaciones de las Planetfiestas recien­tes una y otra vez, pero esta era diferente y más elaborada. Las pruebas se celebraban cada cuatro años. Normalmente, los premios eran altos cargos en el gobierno de Pentecos­tés, y tal vez la oportunidad de ver los Cincuenta Mundos. Pero los juegos que tenían lugar cada veinte años, como en este caso, tenían un nivel de importancia completamente distinto. Seguían ofreciendo los mismos grandes premios de siempre. Pero éstos no eran la recompensa auténtica. Se rumoreaba que también había un premio mayor: la oportu­nidad de ver a los Inmortales y trabajar con ellos.

¿Y qué significaba eso? ¿Quiénes eran los Inmortales? Nadie podía decirlo. Nadie, que Peron supiera, había visto nunca a uno. Eran las figuras misteriosas, los que vivían para siempre, los que regresaban cada generación para traer el conocimiento de las estrellas. Las estrellas que podían alcanzar en unos pocos días, según se creía... en conflicto con todo lo que los científicos de Pentecostés creían sobre las leyes del Universo.

Pero aún estaba reflexionando sobre esto cuando el rugi­do de la multitud, separada de los contendientes por una barricada y por guardias armados, le hizo recobrar la aten­ción. El primer ganador, en el puesto vigésimo quinto, acababa de ser anunciado. Era una muchacha, Rosanne. Peron la recordaba de la Larga Marcha por el Desierto de Talimantor, cuando los dos habían formado una alianza temporal para buscar agua subterránea. Era una muchacha alegre e incansable que acababa de rebasar la edad mínima permitida para participar, los dieciséis años, y que se apre­taba el pecho con la mano, pretendiendo tambalearse y desvanecerse de alivio porque acababa de clasificarse por los pelos.

Todos los demás contendientes miraron a la pantalla con una nueva intensidad. El método para anunciar a los vence­dores era una costumbre bien establecida, pero no había ni un solo participante que no deseara que se hiciera de forma diferente. Desde el punto de vista de la multitud, era muy agradable anunciar a los vencedores en orden ascendente, para que el nombre del vencedor definitivo se diera el último. Pero durante las competiciones, todos los participantes se formaban una idea aproximada de sus posibilida­des comparándose directamente con sus oponentes. Era fácil equivocarse por cinco puestos, pero eran poco probables los errores mayores. Pero, a medida que los nombres eran anunciados gradualmente y se adjudicaban la vigésimo cuarta, la vigésimo tercera y la vigésimo segunda posición, la mayor parte de los contendientes empezaron a sentir incertidumbre creciente, pánico o sumisión. ¿Era posible que se hubieran colocado tan alto? ¿O es que ya estaban eliminados, como parecía lo más probable?

Los anuncios continuaron lentamente. La vigésima posi­ción. La decimo-séptima. La decimocuarta.

Por fin se alcanzó el número diez: Wilmer. Un muchacho alto y delgado cuya cabeza estaba completamente despro­vista de pelo. O bien se afeitaba a diario o era prematura­mente calvo. Siempre tenía hambre y siempre estaba des­pierto. Los demás habían bromeado al respecto: Wilmer hacía trampa, rehusaba irse a dormir hasta que todos los demás lo hubieran hecho. Entonces dormía más rápido que los demás, lo que no era justo. Wilmer se lo tomaba bien. Podía permitírselo. Al necesitar menos horas de sueño que los demás, podía pasar más tiempo preparándose para la prueba siguiente.

Ahora estaba tumbado sobre las piedras, con los ojos cerrados. Siempre había dicho que cuando terminara esta etapa de las pruebas, dormiría diez días de un tirón.

La lista avanzó hasta la quinta posición. Era Sy. El joven moreno parecía tan impasible como siempre, sin ningún gesto visible de placer o alivio. Estaba de pie, con la cabeza ligeramente inclinada, sosteniendo su codo izquierdo con la mano derecha y sin mirar a nadie más.

Peron notó que su estómago se tensaba. Había sobrepa­sado la clasificación que había esperado ocupar y ahora estaba en una zona donde sólo cabían las esperanzas más desaforadas.

Número cuatro: Elissa. Ella dio un suspiro de alivio. Peron sabía que tendría que sentirse contento, pero ahora no tenía tiempo para eso. Se apretó las manos una contra otra para hacer que dejaran de temblar, y esperó. La pantalla estaba quieta, sin cambiar. El coliseo parecía lleno de un silencio terrible, aunque sabía que la multitud estaría vito­reando salvajemente.

Número tres. Las letras aparecieron lentamente P-e-r-o-n d-e T-u-r-c-a-n-t-a. Sintió que sus pulmones se relajaban con un suspiro largo y tortuoso. Había estado conteniendo in­conscientemente la respiración durante muchos segundos.

¡Lo había conseguido! Tercer lugar. ¡Tercer lugar! Nadie de su región se había colocado nunca tan alto en los cuatro­cientos años de los juegos de la Planetfiesta.

Peron oyó el resto de los resultados, pero apenas les prestó atención. Estaba abrumado por el placer y el alivio. Una parte de su mente se sorprendió cuando se anunció al segundo clasificado, Kallen, porque apenas reconoció el nombre. Se preguntó cómo podrían haber pasado por tantas pruebas difíciles sin que se hubieran hablado el uno al otro. Pero todo —la multitud, el coliseo, los otros partici­pantes—, parecían estar a kilómetros de distancia, como si fueran espejismos provocados por la brillante luz del sol.

El último nombre apareció y la multitud exhaló un últi­mo rugido. ¡Lum! ¡Lum de Minacta había quedado el prime­ro! Nadie le discutía su triunfo, pero sería una triste decep­ción para todos los padres que instaban a sus hijos e hijas a llevar buena vida para así poder ganar los Juegos. ¿Quién querría ser el ganador si eso significaba volverse tan gran­de, tan gordo y tan rudo como el ganador de este año?

Al final de la fila hubo un alboroto. Dos de las mucha­chas que estaban cerca de Lum le habían abrazado y luego habían intentado levantarlo en hombros para pasearlo triunfalmente frente a la multitud. Tras unos instantes, resultó obvio que era demasiado pesado. Lum se inclinó, cogió a una muchacha con cada brazo y las alzó y se colocó una en cada hombro mientras se dirigía a la barricada. Alzó las manos e hizo una rápida pirueta mientras la multitud se volvía loca de júbilo.

—¡Vamos, tristón! —Peron oyó la voz a su lado. Era Elissa, quien le agarró por el brazo—. Parece como si fueras a irte a dormir. Vamos a celebrarlo... ¡somos ganadores! Tenemos que actuar como tales.

Antes de que pudiera objetar nada, ella le empujó hacia los demás. La fiesta estaba comenzando. Ganadores y per­dedores, todos habían olvidado el cansancio. Ahora que la competición había terminado y se había decidido quiénes eran los mejores, la multitud les trataría a todos como ganadores. Cosa que eran. Habían sobrevivido a las pruebas más terribles que la Planetfiesta podía proporcionar. Y aho­ra lo celebrarían hasta que Cassay desapareciera del cielo y sólo quedara la débil luz roja de Cassby para indicarles el camino a sus dormitorios.

La Planetfiesta había acabado hasta dentro de otros cua­tro años. Pocos se paraban a pensar que el ganador definitivo aún no había sido seleccionado. Las últimas pruebas tenían lugar fuera del planeta, lejos de la publicidad, donde no se hacía ningún anuncio. Los participantes sabían la verdad: una fase aún más dura y desconocida les esperaba, donde el único premio sería el conocimiento de la victoria. Pero las recompensas monetarias, las celebraciones por todas las provincias, el aplauso público, y las generosas pensiones a las familias no se basaban en los resultados obtenidos fuera del planeta. Así que para la mayoría de los habitantes de Pentecostés —para casi todo el mundo excep­to para los propios finalistas— los juegos planetarios habían terminado.

Y el nombre de Lum, Lum de Minacta, brillaba por encima de todos los demás.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

13

 

 

 

 

—Estoy seguro que pensáis que habéis pasado por mu­chas dificultades. Bien, mi trabajo es deciros que los tiem­pos difíciles están sólo empezando. Aceptad lo que os dice Eliya Gilby. Aún no habéis visto nada. Comparados con las pruebas fuera del planeta, los jueguecitos de la Planetfiesta son asunto de chiquillos.

El que hablaba era un hombre delgado y de pelo gris que vestía el cuero negro y el bronce brillante de la Guar­dia del Sistema. Tenía una sonrisa sardónica en la ca­ra que igual podía interpretarse como piedad, presunción o dispepsia. Era incapaz de permanecer quieto mientras hablaba. Se movía delante del silencioso grupo y sus ma­nos ajustaban constantemente el cuello de su uniforme, se posaban en el cinturón o frotaba los ojos inyectados en sangre.

Los ganadores de la Planetfiesta que le escuchaban esta­ban en mucho mejor estado. Las ofertas de bebidas, drogas y estimulantes a cargo de los que habían estado celebrando con ellos habían sido numerosas, pero años de preparación para las pruebas les habían enseñado a autocontrolarse. Y un sueño tranquilo hasta casi el mediodía, sin tener que hacer planes para la próxima prueba, había sido un lujo y una buena manera de recuperarse. Se miraban mutuamente mientras el guardia continuaba hablando e intercambiaban discretas miradas. El capitán Gilby estaba en un esta­do lamentable. Por el aspecto que tenía, no había rehu­sado ninguna invitación para beber. No había duda de que tenía una resaca enorme tras la larga celebración de la noche.

El capitán movió la cabeza de un lado a otro, muy lentamente. Gruñó, suspiró y se aclaró la garganta.

—Maldita sea. Bien, aquí vamos. Es mi trabajo tratar de explicaros los Cincuenta Mundos. Pero os puedo decir de entrada que no hay manera de que sepáis cómo son hasta que los veáis con vuestros propios ojos. Aceptar mi palabra. He hecho ya seis viajes con seis grupos de ganado­res por el sistema Cass. Y todo el mundo me dice que mis imágenes son inútiles cuando ven cómo es de verdad. Y yo estoy de acuerdo. Pero mis jefes no me hacen caso, así que eso es lo que vais a obtener hoy. Imágenes. No os darán más que una idea aproximada, pero es todo lo que tenéis hasta la semana que viene.

Arrugó la nariz, se inclinó lentamente hacia delante y levantó con cuidado un maletín grande y plano.

—Vamos a echar una ojeada a unas cuantas imágenes de Barján, que está cerca de Cassay. Si queréis mi opinión, es un infierno. Supongo que es mucho pedir que alguno de vosotros sepa algo sobre él.

Wilmer miró a su alrededor y luego levantó una mano.

—Yo sí sé.

Gilby le miró.

—¿Sí? ¿Te importa decirme cómo, ya que ese tipo de conocimiento no es público en Pentecostés?

—Mi tío fue ganador de la Planetfiesta hace doce años. El año pasado le pregunté sobre las pruebas de fuera del pla­neta.

—¡Antes de empezar la primera ronda de la Planetfiesta! Eres un gallito engreído, ¿no? Bien, háblame de Barján.

—Dunas de arena, como muestra la imagen. Vida vegetal primitiva. Ningún animal, no mucha atmósfera. Y hace un calor del demonio excepto en los polos. Es como plomo derretido. —Wilmer dudó y luego añadió—: No es el lugar que yo eligiría para una prueba. Si tiene lugar allí, habrá que llevar trajes protectores todo el tiempo.

—No trates de influir sobre los otros —dijo suavemente Gilby. Mientras Wilmer hablaba, habían traído una bandeja con bebidas calientes y el capitán la miraba con deseo—. Pero el resto de lo que dices es bastante adecuado. Allí hace bastante calor para que os fría las pelotas en dos minutos si el traje protector falla. Si es que tenéis pelotas. Barján está sólo a ciento veinte millones de kilómetros de Cassay. Vamos a mirar otro mundo un poco más lejano. Este es Gimperstán. ¿Alguien sabe algo de él?

Gilby tenía en la mano dos fotos. Una mostraba una visión espacial de una bola marrón-verdosa; la otra, una jungla de vegetación increíblemente enrevesada. Wil­mer negó con la cabeza, y ninguno de los otros pareció dispuesto a hablar.

—Y probablemente tampoco querréis saberlo. Su nombre oficial es Gimperstán, pero se le llama Apestoso. Y se lo merece. Tiene atmósfera, y en principio es respirable. Lo he intentado. Dos inspiraciones te hacen salir corriendo y vomitar. Es algo que producen las plantas, y hace que todo el planeta huela como un auténtico estercolero. Inspirad profundamente y os dejará inconscientes.

Mostró las fotografías sin soltarlas y luego las volvió a meter en el maletín.

—Tenemos mucho terreno que cubrir, pero creo que es mejor dejarlo para luego. No me parece que podáis absor­ber tantos datos para empezar. Y, además, quiero una de esas bebidas o me caeré aquí mismo.

Se acercó a la bandeja y sonrió desagradablemente a su público.

—Me alegra de que seáis vosotros los que se presentan a la prueba y no yo. Tenemos unos cuantos monstruos en el Sistema Cass. Habéis visto los nombres oficiales de los planetas en la escuela, pero la gente que ha estado allí no los llama de esa forma. Sus apodos son mucho más apropia­dos. Están Manicomio y Bum-Bum, Imshi, Glug, Danza de Fuego y Mata de Pelo. Y cuando llegamos al Sistema Exte­rior es aún peor. Tenemos que echar un vistazo a Sefueotravez, Melaza y Silbido, y luego a Woposh, Pinto, Pecas, Camello, Cráter. No se les llama los Cincuenta Mundos en balde, y cada uno de ellos puede ser una trampa mortal. —Alzó uno de los envases, probó un sorbo y dirigió a su público otra mueca sádica—. No penséis que vuestras preo­cupaciones han terminado. Cuando estéis en medio de las pruebas fuera del planeta, desearéis haberos vuelto hoy a casa con los perdedores.

 

 

Toda la tarde había estado dedicada a reuniones a cargo de Gilby y los otros. Luego tuvieron lugar conferencias de prensa y reuniones con los VIPS de la zona de cada uno de los vencedores. No tuvieron tiempo libre, ni siquiera para comer, hasta muy tarde. Peron había encontrado un rincón tranquilo en una esquina del comedor y comía solo.

Pero se sintió más que halagado cuando Elissa se acercó con una bandeja y se sentó frente a él sin pedir permiso.

—A menos que te estés escondiendo por alguna buena razón, creo que me quedo aquí. Ya he hablado con Lum y con Kallen, y ahora quiero presentarte mis respetos.

—¿Te estás trabajando la lista completa de los ganadores y por orden?

Ella se echo a reír.

—Por supuesto. ¿No lo hace todo el mundo? No, sólo bromeaba. Me interesas, y por eso pensé que no estaría mal cenar juntos. A menos que te estés escondiendo realmente.

—No me oculto. Estoy meditando. Sólo estaba sentado aquí pensando lo brusco y exigente que ha sido hoy todo el mundo. Empezó esta mañana con el capitán Gilby y pensé que se debía a que tenía resaca. Pero se ha vuelto aún peor. Somos amables con todo el mundo y la gente que conoce­mos, extraños en su mayoría, nos tratan como si fuéramos basura.

—Naturalmente —dijo Elissa—. Es mejor que nos acostum­bremos. No tienen intención de hacernos daño, pero somos los ganadores de la Planetfiesta, nombres importantes, y eso nos convierte en grandes. Mucha gente tiene que recordar­se constantemente que no somos tan grandes, que somos igual que ellos. Y una forma de convencerse de eso es poniéndonos por los suelos.

—Estoy seguro de que tienes razón. —Peron miró a Elissa con respeto—. Pero no lo había visto de esa forma. Sabes, va a parecerte una estupidez, pero aún no puedo creer que consiguiera mejor puntuación que tú. Lo hiciste todo mejor que yo. Y creo que piensas mejor. Quiero decir que eres más perceptiva, más...

—Si vas a pedirme que salga contigo hay medios más directos —dijo Elissa. Se inclinó hacia delante y tocó el brazo de Peron—. Sólo tienes que decirlo. Eres el opuesto exacto de Sy. Él piensa que todo el mundo es una especie de mono entrenado. Pero tú siempre te subestimas. Eso es raro en un ganador de la Planetfiesta. La mayoría son como yo, impulsivos. Y en cuanto a Lum...

—Y en cuanto a Lum —repitió una voz a sus espaldas—. ¿Qué pasa conmigo? Espero que sea algo bueno.

Era Lum, y con él venía Kallen, el segundo ganador.

—Bien. Es conveniente que estéis los dos juntos —dijo. Se sentó en un extremo de la mesa, amenazando con derribar­la—. ¿Os encontráis de humor para tener otra reunión esta noche? A los organizadores de la Planetfiesta les gustaría reunirse con los cinco mejores.

—Lo primero es lo primero, Lum —dijo Elissa—. Peron, tienes que conocer al hombre misterioso. Éste es Mario Kallen.

—Hola. —Peron se incorporó para estrechar la mano del segundo ganador, y se encontró agarrando el aire. Kallen estaba ruborizado y miraba en otra dirección.

—Encantado de conocerte. —La voz era un susurro pro­fundo. Peron le miró de nuevo y advirtió por primera vez las líneas rojas de tejido cicatrizado en su nuez de Adán.

—Sentémonos —dijo Lum alegremente—. Aún nos queda una hora para la reunión, y quiero contaros lo que Kallen me ha estado diciendo sobre la Planetfiesta.

—¿No falta también Sy? —preguntó Elissa.

—Ya le he buscado. Me mandó al infierno, dijo que no quería participar en ninguna reunión de idiotas. —Lum echó hacia atrás el banco para que Kallen pudiera sentarse—. El viejo Sy es un caso interesante. No sé cómo pudo hacerlo tan bien con ese brazo lisiado, pero desde luego no consi­guió ningún punto extra de los jueces por su tacto y diplo­macia.

Elissa hizo un guiño a Peron. Ni Lum, decía su sonrisa. Se giró inocentemente hacia los otros dos.

—No he pensado en nada más que en la Planetfiesta durante dos años. Pero me gustaría oír algo nuevo.

—Lo oirás —dijo Lum sombríamente—. Adelante, Kallen.

Kallen permaneció sentado con las manos entrelazadas. Una vez más se había puesto rojo por el embarazo.

—Yo tampoco pensaba en otra cosa —dijo por fin con una voz gutural y ronca. Entonces dudó y miró indefenso de una persona a otra. Lo que había sido difícil de contar a una sola persona era imposible de contar a tres.

—¿Qué te parece si yo lo digo y tú me corriges si me equivoco? —intervino Lum rápidamente—. Así podré ver si lo he comprendido bien.

Kallen asintió, agradecido. Sonrió tímidamente a Elissa y luego miró en dirección a la esquina de la sala.

—Supongo que todos hicimos el mismo tipo de cosas cuando empezamos las pruebas —dijo Lum—. En cuanto supe que iba a participar, me puse a investigar todo lo posible sobre los juegos de la Planetfiesta: cuándo empeza­ron, cómo se organizan y demás. Había oído vagas leyendas sobre los Gosámeros, y los Inmortales, y los Pipistrellas, y Cielo Abajo, y los Objetos Kermel. Y el Espacio-L y el Espacio-N. Quise saber qué era todo aquello, o al menos reunir todos los rumores que pudiera.

Peron y Elissa asintieron. Ellos habían hecho exactamen­te lo mismo.

—Pero el caso de Kallen fue un poco diferente. Legalmente, era lo bastante mayor, lo justo, para los juegos previos. Nació en la fecha tope exacta; justo a medianoche. Y se presentó a todas las rondas preliminares entonces. Y destacó en todas.

Kallen se sonrojó aún más.

—Nunca he dicho eso —susurró.

—Lo sé. Pero es la verdad. El caso es que entonces sufrió el accidente. La rueda de un carro se partió cuando le pasaba por encima, y un pedazo de radio se le clavó en la garganta. Le costó las cuerdas vocales y le apartó del mundo durante casi un año. Y por supuesto acabó con todas sus esperanzas para los juegos. Eso pudo haber sido el final, pero Kallen nació en terreno fronterizo, entre dos zonas planetarias. Descubrió que su nacimiento había sido anota­do dos veces, en cada una de las dos zonas distintas. Según una de las zonas, era una hora más joven. Era aún lo suficientemente joven para intentarlo de nuevo en esta prueba. Así que lo solicitó otra vez, y aquí está.

«Pero antes de que las pruebas empezaran esta vez, sintió curiosidad por saber los resultados anteriores. Recor­daba a la gente que había competido y estaba muy seguro, por su propia experiencia, de quiénes serían los vencedo­res. Lo comprobó y vio que no se había equivocado. Entre los veinticinco mejores había siete que recordaba, tres de los cuales se colocaron entre los diez primeros en las pruebas fuera del planeta. Habían realizado las pruebas preliminares con Kallen y todos se habían hecho bastante buenos amigos.

Peron y Elissa estaban escuchando, pero empezaban a sentirse un poco sorprendidos. El relato de Kallen parecía no contener ninguna sorpresa.

Lum advirtió la mirada que intercambiaron.

—Esperad un poco antes de empezar a bostezar —dijo—. Dentro de un minuto encontraréis algo que os mantendrá despiertos. A mí me pasó.

«Kallen intentó contactar con ellos, pero ninguno había regresado a su región natal. Según sus familias, todos esta­ban trabajando para el gobierno y ocupaban puestos importantes, y todos enviaban a casa mensajes e imágenes. Kallen vio los vídeos y eran las mismas personas que recordaba. Y los mensajes respondían a las preguntas de sus familias, así que no podían ser vídeos antiguos almacenados y enviados más tarde. Pero ninguno de ellos había vuelto a casa en cuatro años. Se habían quedado fuera del planeta. Estaban ahí fuera, en algún lugar de los Cincuenta Mundos.

Kallen levantó la mano.

—No supongas eso —susurró—. Yo no lo hago.

—Cierto. Digamos que puede que estén en algún lugar del Sistema Cass. O incluso más lejos. De todas formas, aquello despertó la curiosidad de Kallen. Comprobó la Planetfiesta anterior a la suya. Con más de mil millones de habitantes en Pentecostés, las probabilidades de que co­nozcas a un finalista son muy pequeñas. Pero ya sabéis lo que se dice. Sólo estamos a tres personas de distancia de cualquier otra. Siempre se conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a la persona a la que quieres localizar. Kallen empezó a buscar. Es persistente, descubrí eso por las bravas en la Séptima Prueba, cuando los dos nos perdi­mos juntos en el Laberinto. Y por fin encontró a uno que había sido descalificado en las pruebas preliminares de la Fiesta anterior, pero que era amigo de un ganador. Y aquel ganador nunca había vuelto a casa después de las pruebas fuera del planeta.

Lum hizo una pausa y miró a Peron, que asentía vigorosa­mente.

—No pareces muy sorprendido. ¿Quiere eso decir que ya sabías todo esto?

—No. Pero tengo una experiencia similar. Intenté buscar a una antigua ganadora de mi región, y no conseguí nada. Se suponía que estaba fuera del planeta, ilocalizable, pero que estaría encantada de contestar preguntas hechas por escrito. Lo hizo, y me envió un vídeo. Kallen, ¿estás sugi­riendo que ninguno de los ganadores fuera del planeta vuelve a Pentecostés? Eso no parece tener mucho sentido. ¿Por qué querrían quedarse?

Kallen se encogió de hombros.

—No hay ninguna razón que podamos imaginar —dijo Lum—. Dejad que os cuente el resto. Cuando Kallen realizó las pruebas preliminares para la Planetfiesta anterior, había un participante llamado Sorrel. Nunca acababa el primero en ninguna prueba, pero siempre conseguía pasar a la siguiente ronda. Era fácil de tratar, y popular, y parecía llevarse bien con los guardias, pero nunca obtuvo ninguna publicidad de los medios de comunicación del gobierno. Otras tres cosas: parecía no necesitar dormir mucho; pare­cía tener información que los otros no conocían... porque un primo suyo había sido finalista en una Fiesta previa. Y era completamente calvo. ¿Os recuerda a alguien que co­nozcamos?

—Wilmer —dijeron Peron y Elissa al unísono.

—Pero no puede ser —continuó Elissa—. No podría com­petir dos veces. No se le permitiría, a menos que fuera un caso raro como Kallen... Oh, no me mires así, sabes lo que quiero decir, tendría que haber nacido en el momento exacto y en el lugar donde se encuentran dos zonas.

—No compitió... dos veces —dijo Kallen suavemente.

—Sorrel y Wilmer no se parecen —añadió Lum—. Kallen está absolutamente seguro de que son personas distintas. Wilmer no ha competido dos veces.

—¿Ni tampoco una? —dijo Peron, pensativo—. Después de la Prueba Polar, regresamos juntos. Y no pude sacarle una palabra sobre cómo había conseguido cruzar el glaciar y las hendeduras. Sólo me sonrió. Recuerdo que entonces pen­sé que parecía tan impasible y descansado que era difícil creer que acababa de pasar catorce horas en una situación límite.

—Estoy de acuerdo —dijo Lum—. Después de oír a Kallen, pensé lo mismo. Wilmer no es un contendiente real. Es un infiltrado. No creo que haya tomado parte en ninguna de las pruebas. Nadie le ha visto durante ellas, sólo antes y des­pués. La pregunta es por qué poner a un observador exte­rior entre los contendientes. Y completamente calvo, lo que le hace fácil de recordar.

—Mi padre me lo dijo antes de que me presentara —dijo Peron—. En la Planetfiesta hay más de lo que el gobierno quiere decir. Odia al gobierno de Pentecostés, y no quería que participara en las pruebas. Dice que hemos vivido los últimos cuatrocientos cincuenta años en un punto muerto, sin ningún progreso real, desde que empezó la Planetfiesta. Pero no le hice mucho caso. Se dedica a actividades políti­cas clandestinas, y desde los diez años vivo temiendo que llegue el día en que vengan a arrestarle. Ahora parece que todos estáis de acuerdo con él. En la Fiesta hay cosas que desconocemos.

—Pero eso no responde a la pregunta de Lum —dijo Elissa. Estaba siguiendo el rastro de las gotas de agua que había sobre la mesa, y de vez en cuando sus ojos realizaban una rápida inspección de la sala para ver si alguien les estaba observando.

—Aún no —accedió Peron—. Pero concédeme un minuto y déjame que te lo cuente tal como lo vería mi padre. Prime­ro, Wilmer. Supongamos que es un infiltrado del gobierno. Entonces nos está observando por una razón concreta. Mi padre diría que su presencia no tiene sentido si no tiene efecto en los resultados de las pruebas de la Planetfiesta. Así que eso sugiere que los resultados están siendo altera­dos... para que gane la gente adecuada. Pero no lo creo. Hay demasiadas personas relacionadas juzgando y evaluando. Así que tiene que ser un poco más sutil. Alguien quiere saber cómo se comportarán los vencedores cuando se en­cuentren con ciertos hechos. Y eso concuerda con la otra observación de Kallen: a los ganadores de la Planetfiesta les ocurre algo que no conocemos aún. Tal vez no le suceda a todos pero al menos sí a algunos.

Los otros tres guardaron silencio largo rato. Miraban a Peron, expectantes. Finalmente él advirtió que estaban sólo esperando. Permaneció callado hasta que Lum miró el reloj.

—Otros cinco minutos y tendremos que irnos. —Su voz era respetuosa—. Vamos, Maestro, sigue contándonos el res­to. Estoy seguro de que tienes razón hasta ahora. Estoy empezando a sentirme cada vez menos orgulloso de esa posición número uno.

Peron miró intensamente a los otros tres. Elissa miraba pensativa la superficie de la mesa. Kallen y Lum estaban visiblemente excitados.

—Primero —dijo Peron—, si sabemos que hay un infiltrado del gobierno en el grupo, podría haber otros. Así que no digamos nada a nadie, a menos que estemos absolutamente seguros de que es otro contendiente. Eso incluye a gente que conocemos de antes, o gente con la que hemos trabaja­do en las pruebas y que no pueden ser competidores falsos. ¿Qué hay de Sy?

Kallen sacudió la cabeza.

—Es un competidor genuino —susurró—. Y sorprendente. He estado con él durante alguna de las pruebas. Es mucho más inteligente y rico en recursos que ninguno de nosotros, pero por ese brazo lisiado que tiene ve el mundo a través de un espejo distorsionado. Deberíamos decírselo, aunque eso confirmará sus peores recelos sobre la gente.

Kallen nunca había hablado tanto ante el grupo. El mis­mo pareció darse cuenta y sonrió a Elissa, cohibido.

—De acuerdo, Sy es uno de nosotros —dijo Lum—. ¿Qué más, Peron?

Era desconcertante ser tratado como una autoridad. Peron se mordió una uña y pensó.

—No tenemos que hacer nada, —dijo por fin—. Excepto mantener los ojos abiertos y la boca cerrada. Es obvio, por lo que Kallen ha dicho, que tarde o temprano conoceremos el misterio de las pruebas extraplanetarias. Deben de habérselo dicho a los primeros ganadores. Así que también nos lo dirán a nosotros, y así descubriremos qué les sucede a los ganadores después de que las pruebas extraplanetarias hayan terminado. No hay ninguna indicación de que vaya a pasarnos nada malo... sólo que está sucediendo algo que el gobierno no quiere que conozca el público. Tiendo a estar de acuerdo con mi padre en el sentido de que, en sí mismo, es algo malo. Pero hasta que sepamos lo que es, no pode­mos estar en desacuerdo. Así que es sencillo: de momento intentaremos definir en cuántos del grupo podemos con­fiar. Y de ahora en adelante nos cuestionaremos todo lo que nos digan.

—¿Crees que deberíamos discutirlo con los otros? —Lum se incorporó—. Yo prefiero no decir nada.

—Necesitamos todos los ojos y oídos que podamos en­contrar —dijo Peron—. Tendremos cuidado.

Se dirigieron juntos hacia la salida, sin hablar hasta que salieron del comedor y se dirigieron a los centros de comu­nicación de la Planetfiesta.

Lum y Kallen caminaban delante, dejando a Peron y Elissa paseando codo con codo a través del gélido aire de otoño. Pequeña Luna ya había salido y, cerca del horizonte, el fuego rojo de Cassby producía sombras largas y ocres mientras se ponía.

Elissa se detuvo y miró el cielo. Estaba claro, y las estrellas aparecían lentamente a través de la oscuridad.

—Estaremos ahí arriba dentro de unos cuantos días —dijo Peron. La cogió por el brazo—. Veremos los Cincuenta Mun­dos y tal vez incluso veamos la Nave. He soñado con eso desde que tenía cuatro años.

—Lo sé. Yo también. Mi tía no cree que exista una Nave. Dice que siempre hemos estado aquí, en Pentecostés.

—¿Qué le dijiste?

—Nada. Para alguien con ese punto de vista, la lógica es irrelevante... creerá lo que quiera, a pesar de la evidencia. Su religión dice que Dios nos colocó aquí, en Pentecostés, y para ella eso es el final de la discusión.

—¿Y tú? —Peron era consciente de que ella estaba muy cerca—. ¿Qué piensas?

—Sabes lo que pienso. Estoy marcada por una mente lógica y mucha curiosidad. Por eso quiero echar un vistazo. En cuanto estemos ahí arriba, fuera del planeta, el cielo cambiará por completo. —Suspiró—, Cuando era pequeña y soñaba con salir del planeta, me parecía que sería igual que ir al cielo. Pensaba que todo sería diferente. Nada de con­troles, ni de oficiales de seguridad, ni guardias; todo claro y simple. Ahora va a ser otra competición terrible.

Peron asintió.

—Por eso no dejan que los contendientes tengan más de veinte años. Para hacerlo bien en la Planetfiesta, es necesa­rio no cuestionarse mucho lo que se hace. Las pruebas necesitan una mente sin pulir.

—Cosa que no volveremos a tener. Hemos salido del cascarón y ya no hay manera de regresar. Esperemos que existan compensaciones. —Ella le cogió la mano y deslizó suavemente las yemas de sus dedos sobre la palma—. Va­mos, terminemos con esa reunión. Luego podrás sacarme a dar ese paseo... el que estabas a punto de pedirme que diéramos cuando llegó Lum.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

14

 

 

 

 

Durante la mayor parte del trayecto de ascensión, el capitán Gilby les había arengado incesantemente. Había señalado las características de la nave, abundando en deta­lles sobre las cosas que podrían salir mal durante la fase de ascenso; les había dicho, una y otra vez, que la enfermedad de la baja gravedad era psicológica, hasta el punto de que cada vez que tenían que hacerlo vomitaban en privado; y les había pedido a cada uno de los veinticinco que señalaran su propia región de Pentecostés a medida que la órbita les situaba sobre él, arrugando la nariz desdeñosamente ante cada uno de sus fallos. Reconocer una tierra familiar desde el espacio resultó ser mucho más difícil de lo que habían supuesto. Capas de nubes, neblina, y la diferencia de án­gulo cambiaban todos los elementos habituales de identifi­cación.

Pero, finalmente, cuando su aparato estaba a nueve mil kilómetros de Pentecostés y se aproximaba a La Nave, Gilby guardó silencio. Éste era uno de los casos en los que había aprendido a dejar que el suceso abrumara por sí solo a los participantes, sin su ayuda.

El aparato que les había transportado desde la superficie de Pentecostés era mayor de lo que ninguno de ellos había esperado. Una nave capaz de alojar a treinta personas no parecía particularmente grande, incluso sabiendo en princi­pio cuánta capacidad hacia falta para el combustible. La realidad les había dejado sin habla. Saldrían al espacio en la punta de un obelisco gigantesco, que destacaba, con sus veinte pisos de altura por encima de la lisa llanura del Desierto de Talimantor.

Ahora estaban contemplando otro cambio de escala. La Nave había aparecido en las pantallas como un puntito de luz, muy lejos de ellos. A medida que se iban acercando lentamente y sus rasgos se volvían visibles, pudieron ver las dimensiones, aunque no comprenderlas. Estaban contem­plando un ovoide irregular, una bola pulida cubierta de granulosidades, pelo y rayas, como una fruta medio podri­da. Al aproximarse más, localizaron más detalles. Cada uno de los pequeños pezones en la parte inferior era un atraca­dero, capaz de recibir una nave del tamaño de la suya; las finas protuberancias como cabellos que había en uno de los lados eran torres de aterrizaje; los arañazos regulares esta­ban compuestos por multitud de finos puntos, cada uno de ellos una puerta de entrada al casco.

Todas las conversaciones cesaron, pues todos compren­dían la importancia del momento. Miraban la Nave, la es­tructura mística, casi mítica, que había transportado a sus antepasados a través del vacío desde la Tierra, un lugar que se encontraba tan lejos en el tiempo y el espacio que estaba más allá de toda imaginación.

—Echad un buen vistazo —dijo Gilby por fin. Seguía siendo su maestro pero su voz tenía un tono diferente—. Ése fue el único hogar de vuestros antepasados durante quince mil años... el triple de lo que hemos vivido en Pentecostés. La Nave viajó de sistema en sistema, sin encontrar ningún sitio que pudiera servir de nuevo hogar. Visitó cuarenta y nueve soles y un centenar de planetas, y en todas partes encontró mundos muertos, congelados, o desiertos abrasa­dores. Cass fue el quincuagésimo sistema, y encontraron Pentecostés. Era adecuado para albergar vida humana. El paraíso, ¿no? ¿Sabéis lo que pasó entonces?

Todos permanecieron en silencio, abrumados por la pre­sencia abrumadora de la Nave, que llenaba la pantalla situa­da delante de ellos.

—Discutieron —dijo Gilby. Dejó de juguetear con su ga­lón para ajustarse el cinto—. Discutieron en la Nave sobre si deberían abandonarla y aterrizar en Pentecostés. La Nave era su hogar, y la mitad de la gente no quería abandonarla. Pasaron doscientos años antes de que se hiciera la última transferencia y la Nave quedara desierta. El acto final fue colocarla en una órbita superior, donde podría girar alrede­dor de Pentecostés para siempre.

Se habían aproximado a un par de kilómetros y daban lentas vueltas en espiral, alrededor del brillante casco. La superficie tenía un acabado mate, difuso, la evidencia de iones que soportaban el impacto de meteoros y el polvo in­terestelar.

—¿Hay alguna oportunidad de que podamos subir a bor­do? —preguntó Wilmer. Tenía la nariz apretada contra el visor transparente, como un niño pequeño.

Gilby sonrió.

—Es un templo. No se permiten visitantes. Los viajeros originales dejaron la Nave en una situación tal que podría ser abierta y utilizada de nuevo. De momento no nos preo­cupa. La Nave se reabrirá y se volverá a poner a punto sólo si se usan armas nucleares en Pentecostés.

Señaló el ventanal.

—Mirad ahora y fijadla en vuestra memoria. No volveréis a verla.

Mientras hablaba, sintieron que la aceleración constante les hundía en los asientos. La Nave quedó atrás, encogién­dose rápidamente de tamaño. Se dirigían más lejos, al con­glomerado de planetas que giraban alrededor y más allá de Cassay y que componían los Cincuenta Mundos.

 

 

Visto a través de los mejores telescopios de la Tierra, el sistema de Eta Cassiopea no era más que dos puntos geme­los de luz. Aparecía como un sistema binario rojo y dorado, una deslumbrante joya topacio y granate a menos de veinte años-luz del Sol. Los observadores de la Tierra no pudieron conseguir ningún detalle estructural de los elementos este­lares. Pero para los múltiples sensores de Eleanora, que se dirigía, en una trayectoria retardada, hacia el componente más brillante de Casiopea-A, éste se mostró como un siste­ma de increíble complejidad.

Casiopea-A es una estrella amarilla, del tipo estelar GO V, un poco más brillante y algo mayor que el Sol. Su compañera es una enana roja, más ligera y con una cuarta parte de su luminosidad.

Densa, rojiza y pobre en metales, Casiopea-B mantiene las distancias con su brillante compañera. Nunca se aproxi­ma a más de diez mil millones de kilómetros. Visto desde los planetas cercanos a Cass-A, su débil resplandor parece demasiado débil para tener ninguna influencia. Pero el campo gravitatorio es una fuerza de largo alcance, Los efectos gravitatorios de Cass-B tienen profunda influencia en todo el sistema. La familia planetaria que ha evolucionado alrededor de Eta Cassiopea es un zoo completo con una sorprendente variedad de especímenes.

Más de cincuenta mundos giran alrededor del par de estrellas. Sus órbitas son un compendio de inclinaciones y excentricidades. Los planetas que están a unos cientos de millones de kilómetros de Cass-A exhiben órbitas regulares y ciclos estables, con períodos orbitales bien definidos y órbitas casi circulares. Pero los otros mundos no muestran tal uniformidad. Algunos siguen trayectorias en las que tanto Cass-A como Cass-B actúan como foco, y sus años pueden durar muchos siglos terrestres. Otros, atrapados en resonancias con ambas estrellas, dibujan complicadas cur­vas a través del espacio, sin seguir nunca la misma pauta. A veces viajan en solitario aislamiento, a miles de millones de kilómetros de cada estrella; a veces se acercan a la superfi­cie abrasada de Cass-A.

Los viajeros a bordo de Eleanora habían llegado a la conclusión de que un encuentro con un planeta mayor era también la causa de la complejidad del sistema. Millones de años antes, un gigante gaseoso se había acercado demasia­do. Había cruzado junto a la fotosfera de Cass-A. Primero se evaporan los gases volátiles; luego, fuerzas irresistibles cau­saron la ruptura del núcleo. Los restos de la desintegración fueron lanzados en todas direcciones para convertirse en parte integrante de los Cincuenta Mundos.

Al principio, a los visitantes que se acercaban al sistema les pareció que las salvajes variaciones de los mundos exte­riores lo dominaban todo. El complejo binario de Cassio­pea era un candidato poco probable para la atención huma­na. La vida no tiene oportunidad de desarrollarse allí donde las órbitas son tan variadas. Los cambios son demasiado extremos. Las temperaturas funden los metales y luego solidifican el hidrógeno. Si llega a establecerse, la vida persiste y puede adaptarse a muchos extremos. Pero hay una fragilidad en la creación original que requiere un largo periodo de variaciones estrechamente controladas.

Eleanora envió las sondas automáticas, pero sólo porque ése había sido el procedimiento seguido a lo largo de muchos siglos. Los primeros informes confirmaron la im­presión de que los mundos eran áridos y marchitos, hostiles y faltos de vida. Cuando la sonda de Pentecostés envió sus informes, éstos parecieron demasiado buenos para ser cier­tos. Tenía una órbita planetaria estable, casi circular, a ciento noventa millones de kilómetros de Cass-A. Pentecostés era análogo a la Tierra, con vegetación propia y vida animal, temperaturas aceptables, una inclinación axial de dieciocho grados, días de veintidós horas, atmósfera respirable, océanos en un cuarenta por ciento de su extensión, una masa sólo un diez por ciento inferior a la de la Tierra y un período orbital sólo un cuatro por ciento mayor que el del año terrestre.

Resultaba difícil creer que Pentecostés pudiera existir entre las sorprendentes variaciones que componían los Cin­cuenta Mundos. Pero las sondas nunca mentían. Por fin, después de eones de viaje entre las estrellas e intermina­bles decepciones, la humanidad había encontrado un nue­vo hogar.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

15

 

 

 

 

Los Cincuenta Mundos eran muy variados. Peron lo sa­bía. Los había de todo tipo de tamaños, formas, órbitas y ambientes. No había dos que parecieran remotamente simi­lares, ni siquiera los gemelos del planeta doble de Dobelle. Y la mayor parte de ellos no encajaban con la idea que alguien pudiera tener sobre un lugar adecuado para vivir, y aún menos para ser escenario de otra prueba.

Y en cuanto a Remolino...

Peron se estaba acercando a él. Tenía que aterrizar allí. De entre todos ellos, pensó sombríamente, éste tiene que ser el más extraño y desconcertante.

En los dos últimos meses, los ganadores de la Planetfiesta habían orbitado más de una docena de mundos. Los planetas habían oscilado desde lo deprimente a lo inenarra­ble. Barján era un horno humeante cuya superficie perma­necía siempre invisible tras una pantalla de partículas arras­tradas por el viento y con una atmósfera ligera y venenosa. Gilby les había advertido que Barján sería un lugar terrible para realizar una prueba (¡pero había dicho lo mismo sobre la mayoría de ellos!). El polvo y la arena conseguían colarse por todas partes... incluyendo los controles de una nave. Había bastantes probabilidades de que un aterrizaje en Barján fuera fatal.

Gimperstán no era mejor. Los contendientes habían vota­do no mirarlo siquiera, después de que uno de los miem­bros de la tripulación les hubiera traído una botella con una muestra de savia de las jugosas enredaderas de Apestoso. La botella había permanecido abierta menos de dos minutos. Un día después, el aire de toda la nave aún olía, como si varios cadáveres estuvieran pudriéndose. Los purificadores de aire no conseguían eliminarlo.

Desde la distancia, Glug había parecido bastante hermo­so. Los telescopios y escáners de la nave mostraban un mundo verde y fértil cubierto por nubes en un noventa por ciento. Habían hecho un aterrizaje y habían pasado un par de horas chapoteando y hundiéndose en la viscosa superfi­cie. Una constante lluvia gris caía interminablemente del cielo ceniciento, y la vegetación saturada se inclinaba lasti­mosamente hasta tocar el suelo pegajoso. En cuanto se colocaba una bota en el suelo, el planeta parecía resistirse a soltarla. Se agarraba a ella con fuerza. Caminar era una penosa sucesión de pasos y succiones y había que sacar el pie pulgada a pulgada hasta que se liberaba con un gorgo­teo desagradable. Como había dicho Wilmer, una vez que uno sacaba la bota del suelo, no quería volver a ponerla allí... a menos que su otra bota estuviera aún más hundida en el suelo.

Glug era repugnante, pero Peron pensaba que estaría en la lista definitiva. Sy, incluso, lo había votado como primera alternativa. Tal vez sus complejos sistemas de pensamiento habían descubierto algo sobre Glug que pudiera utilizar para su ventaja. Lum lo había señalado hacía ya tiempo a Peron y Kallen: Sy no necesitaba ventaja sobre los otros para ganar; todo lo que necesitaba era una situación que termi­nara con el handicap de su brazo lisiado. Con ello, les barrería a todos.

Algunos de los otros contendientes también habían vota­do provisionalmente a favor de Glug, pues antes de ir allí ya habían visitado otros de los lugares alternativos:

Bum-Bum: con constante actividad volcánica y terremo­tos, un nivel de sonido ambiental ensordecedor, aire sulfu­roso y maloliente, y terreno traicionero, donde frágiles conglomerados de lava solidificada se alzaban sobre escoria derretida.

Danza de Fuego: Con sólo vida animal microscópica. Constantemente, una sexta parte de la vegetación que cu­bría el mundo era una masa ardiente y achicharrada. El resto estaba seca y dispuesta para arder con el más mínimo relámpago; lenguas de fuego bailaban y se abrían paso a lo largo de la superficie, cambiando repentinamente de direc­ción y moviéndose a mayor velocidad que un ser humano corriendo.

Mata de Pelo: Todo ser viviente, planta o animal que vivía en la superficie o en los mares salados servía como soporte para una sola especie de hongo. La adaptación evolutiva parecía completa, así que los hongos no eran dañinos, pero sus filamentos blancos y finos como cabellos se esparcían sobre cada centímetro de piel, y todas las orejas y orificios nasales de los animales tenían su propia cosecha de hojas largas y delicadas; las expectativas habían sido demasiado duras para los participantes, aun a pesar de que Gilby les había asegurado que el hongo podía ser eliminado por completo después de abandonar el planeta. Mata de Pelo no había recibido ningún voto.

Sefueotravez: Parecía tolerable. Pero sobre aquel mundo mandaba la geometría más simple. Su órbita era salvajemen­te excéntrica y lo llevaba a miles de millones de kilómetros de Cassay y Cassby. No habría regreso al Sistema Interior hasta tres mil años después.

Y luego estaba Remolino. Peron miró a través de la escafandra de su casco. Al cabo de tres horas se lanzaría allí... sin nave. Más tarde (si todo salía de acuerdo con el plan), se marcharía de la misma forma. Mientras tanto, no había nada que hacer hasta que llegara el momento del impacto. Peron —no por primera vez— se preguntó por su velocidad. La había comprobado diez veces, pero si se despistaba unos pocos metros por segundo...

Decidió centrar la atención en sus primeros viajes y se esforzó por sacar a Remolino de sus pensamientos durante las siguientes tres horas.

Había muchas otras cosas en las que pensar. Durante las dos primeras semanas de viaje, después de salir de Pente­costés, la intimidad había sido imposible para todos ellos. La lanzadera era impresionantemente grande, pero con el cargamento y treinta personas apiñadas en un espacio dise­ñado para tres personas, los contendientes habían tenido que estar pegados hombro con hombro. No tuvieron una habitación hasta que se trasladaron a la gran nave del ínter Sistema, tras una corta visita a Pequeña Luna. Y por fin Peron pudo comparar notas con los otros.

A través de una cuidadosa serie de comparaciones que les había ocupado varios días, Lum y Kallen habían exami­nado a todos los ganadores. Wilmer era el único infiltrado. También habían confirmado la primera impresión de Peron: nadie había estado con Wilmer en ninguna de las pruebas, y después de cada una había aparecido sorpren­dentemente descansado. ¿Pero cuál era la razón de su presencia entre ellos? Nadie tenía la menor idea. Y para añadir más detalles al misterio, Wilmer había estado realmente con ellos en todas las actividades desde que salieron de Pentecostés... lo que a veces había sido peligroso, así como desagradable.

Peron y Elissa habían captado tanto la inocente petición de Wilmer para que les permitieran visitar la Nave como la consiguiente respuesta de Gilby. Alguien quería que supie­ran que la Nave era zona prohibida. Pero, una vez más, ¿qué significaba aquello? ¿Qué relación tenía con el hecho de que algunos de los anteriores ganadores de la Planetfiesta no hubieran regresado a Pentecostés?

Peron había hecho estas preguntas a Sy, cuando estuvie­ron solos unos minutos en la nave ínter Sistema. Sy se había quedado inmóvil, con los ojos entornados.

—No sé por qué la Nave es zona prohibida —dijo por fin—. Pero estoy de acuerdo contigo en que Gilby fue impulsado a explicárnoslo. Déjame que te cuente un misterio más grande. Después de las pruebas extraplanetarias, se supone que aparecerán los Inmortales. Nos dicen que vendrán de las estrellas, después de un viaje que tardará sólo unos pocos días. ¿Lo crees?

—No lo sé. —La pregunta de Sy era también una de las preocupaciones de Peron—. Si es posible viajar más rápido que la luz, nuestras teorías sobre la naturaleza del universo tienen que estar equivocadas.

—Eso es posible —dijo lentamente Sy, con un tono de voz que decía claramente lo contrario—. ¿Pero no ves el proble­ma? Si los Inmortales pueden sobrepasar la velocidad de la luz, deben de haber ido más allá de nuestras teorías. Y si son tan amigos nuestros, ¿por qué nos mantienen al margen de eso?

Peron había sacudido la cabeza. Todo lo relacionado con los Inmortales seguía siendo un misterio.

—Personalmente creo que nada puede sobrepasar la velo­cidad de la luz —dijo Sy por fin—. Desconfío de cualquiera, gobierno o Inmortal, hombre o mujer, humano o alieníge­na, que intente decirme lo contrario sin darme una eviden­cia convincente.

Y se había marchado tranquilamente, dejando a Peron más aturdido que nunca. A menudo hablar con Sy le provo­caba ese sentimiento de desazón. Lum lo había explicado a su modo: Sy era mucho más listo que los demás. Y Elissa le había dado su propia evaluación: Sy no era más listo, no lo era si eso significaba más memoria o velocidad de pensa­miento; pero podía de alguna manera ver los problemas desde un ángulo distinto al de todos los demás, casi como si estuvieran colocados en un punto diferente en el espa­cio. Su perspectiva era diferente, y por eso sus respuestas eran siempre sorprendentes.

Y, si no fuera tan extraño, había añadido ella como quien no quiere la cosa, sería realmente atractivo. Aquello, natu­ralmente, había irritado mucho a Peron.

Sus pensamientos se centraron en Elissa y en su última noche en Pentecostés. Mientras Lum y Kallen habían estado trabajando a conciencia para investigar a los contendientes, Peron había sido sometido a un agradable pero intenso examen. Elissa y él habían encontrado un lugar tranquilo en los jardines de la Planetfiesta. Se tumbaron sobre el suave suelo y contemplaron las estrellas, y Elissa le hizo un millar de preguntas. ¿Tenía hermanos? ¿Cómo era su fami­lia? ¿Eran ricos? (Peron se había echado a reír ante la idea de que su padre fuera rico.) ¿Cuáles eran sus aficiones? ¿Sus comidas favoritas? ¿Tenía algún animal en casa? ¿Había estado alguna vez en un barco surcando los mares de Pente­costés? ¿Cuál era la fecha de su nacimiento? ¿Tienes novia allá en Turcanta?

No, había contestado Peron rápidamente. Pero entonces apareció su conciencia y le dijo a Elissa la verdad. Sabrían y él habían estado muy unidos dos años, hasta que tuvo que dedicar todo su tiempo a prepararse para las pruebas. En­tonces ella había conocido a otro.

Elissa no se molestó en ocultar su satisfacción. Agarró a Peron sin decir una palabra y le hizo el amor.

—Te comenté que era muy lanzada —dijo—. Y estabas actuando como si nunca fueras a proponérmelo. Vamos... ¿o no me deseas? He querido hacerlo desde que te conocí en la prueba del bosque, allá en Villasylvia.

Hicieron cosas que Peron jamás había imaginado... y solía pensar que Sabrina y él lo habían probado todo. Hacer el amor con Elissa añadía una dimensión completamente nueva. Habían permanecido juntos toda la noche, mientras los fuegos artificiales de la celebración de la Planetfiesta estallaban y hacían cabriolas sobre ellos. Y por la mañana parecían infinitamente cercanos, como dos personas que han sido amantes durante muchos meses.

Pero eso, pensó Peron con tristeza, el comentario de Elissa sobre Sy resultó mucho más desagradable. Si pensaba que Sy era atractivo (¿o había dicho muy atractivo?), ¿signi­ficaba eso que pensaba que Sy era más interesante que él? Recordaba la última noche en Pentecostés como algo fabu­loso, pero tal vez ella no sentía lo mismo. Excepto que desde entonces todo sugería que ella sí se sentía igual, ,;y por qué iba a mentirle?

El traje de Peron emitió un leve sonido, apañándole de su sueño. Se irritó con sus propios pensamientos. No lo negaba, se sentía celoso. Era exactamente el tipo de locura romántica que despreciaba, el tipo de cosa por la que solía pinchar a Miria, su hermana menor.

Se concentró en su tarea. No había tiempo para soñar ahora. Aquí estaba Remolino para enseñarle una lección sobre cómo pensar bien. Estaba a un par de kilómetros de la superficie, viajando casi en paralelo, pero demasiado rápido para que se sintiera cómodo.

 

 

Visto a través de un telescopio, Remolino no era un objeto interesante. Era una bola lisa y plateada de unos dos mil kilómetros de diámetro, ligeramente rugosa en el ecua­dor. Su gran densidad le daba una gravedad superficial en los polos de un quinto de g, un poco más que la Luna de la Tierra. Una persona con un traje espacial, cayendo libre­mente contra su superficie, la golpearía a una velocidad de dos kilómetros por segundo... lo bastante rápido para que después resultara difícil reconocer como humano lo que había dentro del traje.

Pero eso era cierto para una caída en cualquier planeta del sistema, y la gente no intentaba aterrizar sobre objetos de tamaño planetario sin nave. La composición de Remoli­no no tenía ningún interés particular. El planeta había sido ignorado durante mucho tiempo, hasta que finalmente al­gún astrónomo se tomó el trabajo de examinar su promedio de rotación.

El interés creció rápidamente. Remolino era excepcio­nal. Lo que lo convertía en único había sucedido reciente­mente, según se mide el tiempo geológico. Unos cien mil años antes, un encuentro planetario cercano había transferído al cuerpo un momento angular altamente anómalo. Desde entonces, Remolino se quedó girando locamente sobre su eje, completando una rotación completa en sólo setenta y tres minutos. A esa velocidad, la aceleración centrípeta en el ecuador igualaba a la fuerza gravitacional. Una nave que volara en una trayectoria que rozara la superficie de Remoli­no, moviéndose a 1.400 metros por segundo en el momento de su aproximación, podría aterrizar suavemente en el pla­netoide sin registrar ningún impacto; y un humano con un traje especial, ayudándose solamente de los propulsores del traje, podía hacer lo mismo.

Pero una cosa era la teoría y otra la práctica, pensó Peron. Una cosa era sentarse y discutir el problema en la nave ínter Sistema con los otros participantes y otra muy distinta co­rrer hacia Remolino en una trayectoria tangencial.

Habían echado a suertes quién sería el primer conten­diente en bajar. Peron había «ganado», según dijo Gilby con una sonrisa sádica. Los otros, en parejas, tendrían una tarea mucho más fácil tras las acciones que Peron llevaría a cabo, unos pocos minutos después, si llegaba de una pieza.

Se preguntó qué harían los otros si no aterrizaba sano y salvo. ¿Nombrarían a alguien para que lo intentara? ¿O abandonarían la idea y se trasladarían a otro planeta? En teoría, los participantes tenían una sola oportunidad en las pruebas (Kallen era una rara excepción). Pero la muerte era una constante en todos los juegos de la Planetfiesta. Las muertes de los participantes no eran mencionadas nunca por el gobierno, y nunca se les concedía ni una palabra de publicidad en los noticiarios controlados; pero cuantos se presentaban a las pruebas sabían la verdad. No todos vol­vían a casa como ganadores, ni siquiera como perdedores. Algunos contendientes habían perdido la vida en el calor abrasador del Desierto de Talimantor, o en una trampa en los bosques de Villasylvia, o en una fosa congelada en las nieves eternas de las Montañas de Capandor, o tras una lenta asfixia en las cavernas subterráneas del Río Charant... el miedo secreto de Peron.

Tiritó y miró hacia delante. Aquellos peligros habían quedado atrás, pero la muerte no se había quedado en Pentecostés. Estaría dispuesta a visitar a Peron en Remolino. El equipo que Peron llevaba consigo le había parecido pequeño cuando salió de la nave, pero ahora, cuatrocientos kilos de cables, resortes y clavijas, le parecían una montaña que le seguía como una cola de medio kilómetro. Si no lo controlaba, le envolvería al aterrizar.

La superficie parecía tan cercana que sintió que podía alargar la mano y tocarla. Hizo unos pequeños ajustes con los propulsores del traje. Su velocidad era la justa para iniciar una órbita estable sobre Remolinos, nivel de superfi­cie. Hizo girar el traje para aterrizar con los pies y tocó la superficie con la suavidad con que se da un beso.

Había aterrizado sin problemas, pero de inmediato apa­reció uno. Se dio cuenta de que entraba en el centro de una cegadora nube de polvo, guijarros y fragmentos de roca. La gravedad efectiva aquí, en el ecuador de Remolino, era casi cero, y la lluvia de arena y roca no tenía prisa en asentarse o dispersarse. Trabajando simplemente al tacto, Peron cogió una de las dos clavijas que llevaba y la colocó verticalmente sobre la superficie y arrastró la carga. Las manos le tembla­ban. Tenía que ser rápido. Sólo le quedaban treinta segun­dos para asegurar una posición firme. Luego tendría que estar listo para el equipo.

La carga explosiva del extremo de la clavija estalló, intro­duciendo profundamente la aguda punta en la superficie del planeta. Peron la sacudió, confirmando que estaba ase­gurada, y luego colocó la segunda clavija. Anudó dos presi­llas de su traje alrededor de las clavijas y miró hacia los fardos móviles del equipo.

Parecía imposible. El equipo estaba aún a doscientos metros de distancia. Toda la operación de aterrizaje —minu­tos, según su reloj mental— tenía que haberse hecho en solo unos pocos segundos. Tuvo tiempo de examinar el fardo de equipo y decidir dónde asegurarlo.

El equipo se aproximó hasta él, flotando hacia la superfi­cie. La velocidad había sido exacta. Le llevó menos de cinco minutos de trabajo colocar otro juego de clavijas en una curva parabólica a lo largo de la superficie y emplazar cables catapultadores en torno. La telaraña final de cables y resortes parecía frágil, pero aguantaría y sujetaría todo cuan­to llegara con menos de trescientos metros por segundo de velocidad relativa.

Peron examinó por última vez su trabajo y luego activó el comunicador del traje.

—Todo listo. —Esperaba que su voz sonara tan indiferente como le hubiera gustado—. Venid cuando queráis. La cata­pulta está en posición.

Inspiró profundamente. La mitad estaba hecha. Cuando hubieran explorado la superficie en grupo, usarían la cata­pulta para lanzar a todos los demás, y Peron estaría otra vez solo en Remolino. Entonces (con los dedos cruzados) ten­dría que despegar hasta llegar a la seguridad de la nave.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

16

 

 

 

 

Peron no podía recordar el momento exacto en que supo que iba a morir en Remolino. El conocimiento había creci­do exponencialmente, quizá durante un minuto, mientras su mente examinó rápidamente todas las vías de escape posible y las rechazó todas. Una fría certeza había reemplazado finalmente a la esperanza.

El aterrizaje había sido casi perfecto, y los otros seis participantes asignados para visitar Remolino surcaron el espacio para aterrizar suavemente en la telaraña. Wilmer, que había pareja con Kallen, había sido la excepción. Había llegado barrenando demasiado rápido y demasiado alto, y sólo gracias a que Kallen dio un brusco tirón del cable pudo bajar lo suficiente para conectar con los cables.

A Wilmer pareció no afectarle lo cerca que había estado del fracaso.

—Supongo que tenías razón, Kallen —dijo alegremen­te cuando estuvo abajo, sano y salvo—. Es extraño. Me ha­bría apostado el cuello a que yo tenía la velocidad adecuada y tú no.

—Menos mal que no fuiste el primero en llegar —dijo severamente Rosanne; había visto lo cerca que había estado Kallen de perder también su asidero—. Si Peron hubiera hecho eso se habría visto en problemas. ¿Y qué es eso que traes ahí dentro? Probablemente es su masa lo que no tuviste en cuenta en tus cálculos.

Wilmer alzó una maleta verde.

—¿Aquí? Comida. No sabía cuánto tiempo Íbamos a estar aquí. No tengo ganas de morirme de hambre, aunque a vosotros no os importe hacerlo. Y si hubiera sido el primero, Rosanne, con mi trayectoria habría sido también el primero en salir. A esa velocidad y altura no habría llegado a alcanzar Remolino. Hay una moraleja en todo esto: mejor venir demasiado alto y rápido que lento y bajo.

Había empezado a saltar de un pie a otro, probando su equilibrio. La gravedad efectiva en el ecuador de Remolino no era exactamente cero, pero era tan débil que resultaba relativamente fácil dar un salto hacia arriba de cientos de metros. Todos lo habían intentado y habían perdido el interés por hacerlo. Se tardaban minutos en caer de nuevo a la superficie, flotando como una pluma, y con una expe­riencia era suficiente.

Pronto partieron del ecuador de Remolino, viajando en grupos y dirigiéndose a la reconfortante gravedad de las regiones polares. Solo Sy quedó atrás, haciendo sus propios experimentos, solitarios y sorprendentes, sobre el movi­miento en aquel áspero terreno.

El avance fue más lento de lo que habían esperado. Podían volar sin mucho esfuerzo sobre la superficie, usan­do las pequeñas unidades propulsoras. Pero la rápida rota­ción de Remolino hacía que hubiera que tener en cuenta las fuerzas de Coriolis, y por eso había que ajustar constan­temente la línea del vuelo. Los ordenadores de los trajes rehusaban aceptar y seguir un simple reconocimiento hacia el norte, y era fácil desviarse veinte o treinta grados del rumbo. Después de un par de horas de camino, Sy les dio alcance y les pasó rápidamente. Había descubierto un truco propio para estimar y compensar los efectos de Coriolis.

A medida que volaban hacia el norte, el aspecto de la tierra que tenían debajo cambiaba gradualmente. El ecua­dor estaba compuesto por grandes rocas amontonadas en arcos, espirales y muros que desafiaban la gravedad. Unos pocos kilómetros hacia el polo, el terreno empezaba a suavizarse y se convertía en una planicie de piedras aplasta­das. No era un paisaje agradable, y la temperatura podía congelar el mercurio. Pero, comparado con algunos de los otros mundos, Remolino parecía un lugar donde pasar las vacaciones.

Los trajes tenían sistemas de reciclado y amplios suminis­tros de comida. Los contendientes estuvieron de acuerdo en continuar directamente hasta el polo y descansar allí unas cuantas horas antes de regresar al ecuador y marchar­se. Según Gilby, en el polo encontrarían un domo de investigación, donde podrían dormir cómodamente y quitarse los trajes durante unas cuantas horas. Todas las exploracio­nes científicas sobre Remolino habían sido completadas hacía muchos años, pero las instalaciones del domo aún deberían estar en perfecto funcionamiento.

Elissa y Peron habían decidido viajar juntos, utilizando la radio para sus conversaciones privadas. Los ordenadores de los trajes registrarían los mensajes que llegaran y les inte­rrumpirían si había alguno urgente. Elissa parloteaba llena de animación y alegría.

—Tengo montones de cosas que decirte. Ayer no tuve oportunidad de hablar contigo, porque estabas demasiado ocupado preparándote para el aterrizaje. Pero he pasado mucho tiempo haciéndome amiga de uno de los miembros de la tripulación: Tolider, el del pelo corto y poco sentido del humor.

—Ya me di cuenta —dijo Peron secamente—. Te vi acari­ciándole y fingiendo que también te gustaba. Es repugnan­te. ¿Para qué querrá la gente un gusano gordo y peludo como mascota?

Elissa se echó a reír.

—Si te dijera para qué, tu alma inocente se escandalizaría. Pero Tolider lo quiere solamente para que le haga compa­ñía, y le cuida bien. Quien me quiere a mí, quiere a mi tardón, parece pensar. En cuanto pensó que yo también era una amante de los tardones, estuvo dispuesto a desnudar su alma. ¿Te vas a pasar ahora las próximas horas sintiéndote celoso o quieres saber lo que dijo?

—¡Oh!, de acuerdo. —La curiosidad de Peron era demasía do grande para mantener un tono indiferente, y sabía por propia experiencia lo buena que era Elissa sonsacando información a cualquiera—, ¿Qué te dijo?

—Después de sentirse cómodo conmigo hablamos sobre los Inmortales. Dice que no son un bulo o algo inventado por el gobierno. Y que no son hi humanos ni alienígenas. Dice que son máquinas.

—¿Cómo lo sabe?

—Los ha visto. Lleva más de veinte años trabajando en el espacio, y recuerda la última vez que vinieron los Inmorta­les. También dijo algo más en cuanto le hice soltar la lengua (cierra el pico, Peron), algo que el gobierno no quiere que sepa ninguno de los habitantes de Pentecostés. Me lo dijo porque quería advertirme, porque siente pena por mí. Dice que algunos de los ganadores de la Planetfiesta que salen del planeta son sacrificados a los Inmortales.

Ellos... eso quiere decir nosotros, se convertirán también en máquinas.

—¡Tonterías!

—Estoy de acuerdo, eso es lo que parece. Pero dio un montón de buenas razones. Se habla de los Inmortales, pero jamás se describe ninguno. No hay ninguna historia que diga que son como nosotros, o que sean grandes o pequeños o que tengan el pelo verde o seis brazos. Y dime: ¿qué le pasa a los ganadores de la Planetfiesta cuando salen del planeta?

—Sabes que no puedo responder a eso. Pero hemos visto vídeos sobre ellos después de que ganaran los juegos. ¿Cómo podría ser así si se hubieran convertido en máqui­nas?

—Yo sólo digo lo que dice Tolider... y se supone que es lo que se rumorea por toda la división espacial. Es como una antigua leyenda, que se remonta en el tiempo hasta el primer contacto con los Inmortales. Sabemos que los regis­tros grabados de la Nave fueron destruidos, pero no hay ninguna duda de que salió del Sistema Solar hace más de veinte mil años y viajó por el espacio hasta que encontró Pentecostés hace cinco mil.

—Nadie discutiría eso, a excepción de tu tía, la que piensa que hemos estado siempre en Pentecostés. Nos lo enseñan en la escuela.

—Pero los viejos archivos dicen que todo lo que había en la Tierra quedó destruido y que todo el mundo murió en las Grandes Guerras. Supongamos que eso no es cierto... que es verdad en parte, pero exagerado. Supongamos, como dice Tolider, que quedaron los suficientes supervivientes de las bombas y el Largo Invierno para volver a empezar de nuevo. No lo harían desde cero, como nosotros en Pentecostes. Podrían haberse recuperado rápidamente. A noso­tros nos llevó menos de cinco mil años multiplicarnos hasta llegar a ser más de mil millones. En la Tierra podrían haber tardado quince mil años en desarrollar su tecnología, más allá de lo que podamos imaginar, mientras nosotros aún deambulábamos en la Nave buscando un hogar. Ellos po­drían tener máquinas cientos de generaciones por delante de nuestros mejores ordenadores. Tal vez incluso hayan alcanzado el punto en que la línea divisoria entre lo orgáni­co y lo inorgánico se pierde. Sabemos con seguridad que tendrían mejores ordenadores... ¿Te has dado cuenta de que son los Inmortales, no Pentecostés, quienes controlan el viaje espacial a través del Sistema Cass, porque su sistema de seguimiento computerizado es infinitamente mejor que el nuestro? Sy me lo dijo, y Gilby se lo dijo a él. De todas formas, esto es lo que cree Tolider: los Inmortales son ordenadores inteligentes, tal vez con componentes biológi­cos, enviados desde la Tierra. Ahí lo tienes. Tú eres el listo... encuentra un agujero en esa lógica.

Continuaron volando en silencio mientras Peron refle­xionaba.

—No necesito encontrar ningún fallo lógico —dijo por fin—. La historia de Tolider no falla en el terreno lógico, falla en el del sentido común. La gente hace las cosas por alguna razón. Si la Tierra se hubiera recuperado y hubiera regresado al espacio, podrían haber enviado naves a buscar­nos, a localizarnos a nosotros y a las otras naves que parece que salieron al mismo tiempo. Supongamos que eso es cierto, y supongamos que tarde o temprano nos encuentran. Entonces nos habrían dicho que nos habían descubierto. ¿Por qué no iban a querer decírnoslo? Tolider no hace más que repetir viejas historias. No tiene nada de malo, pero no esperes que las leyendas tengan sentido. Déjame hacerte una pregunta que no se basa en los mitos para su respuesta. Se supone que los Inmortales nos ofrecen información científica y nos dan un nuevo surtido de ideas cada veinte años, junto con unos cuantos materiales raros que se dan poco en el Sistema Cass. ¿Cierto?

—Creo que así es. Tolider dice que ha estado relacionado con la transferencia de materiales. También dice que el gobierno de Pentecostés está obsesionado por controlar y mantener el sistema establecido, y que usan la nueva tecno­logía para mantenerse en el poder. Por eso hemos tenido un único régimen estable desde que contactamos con los Inmortales, y ésa es la razón por la que prefiere estar en el espacio, donde hay más libertad.

—Deberías conocer a mi padre... Lleva años diciendo que el gobierno está dirigido por un puñado de tiranos represo­res. ¿Pero no ves el problema? Los Inmortales nos dan cosas, y es una transferencia de una sola parte. Nadie, ni siquiera una máquina, mantendría un comercio unilateral durante cuatrocientos cincuenta años. Si todo lo que quisie­ran hacer fuera darnos información, podrían hacerlo usando señales de radio. Pero la verdad es que vienen aquí. Así que ésta es mi pregunta: ¿qué obtienen los Inmortales de sus visitas a Pentecostés?

—A algunos de nosotros, si quieres creer a Tolider. A ti y a mí, y eso es lo que el gobierno da a cambio de nueva in­formación.

—Eso tiene aún menos sentido si queremos creer a Toli­der. Los ganadores somos un grupo con talento, pero no tan especiales. Si la Tierra ha sido repoblada hasta el punto de poder volver a explorar las estrellas, tendrían a miles como nosotros.

—Tolider me dijo que nosotros somos un grupo especial. Se rumorea que ésta es la primera vez, en muchos juegos, que los cinco mejores puestos de la Planetfiesta son «crea-problemas»... No pudo definirme el término.

—Creo que yo puedo. No aceptaremos respuestas sin investigar nosotros antes. Ésa es la razón por la que me siento tan cómodo con el resto de vosotros.

—De acuerdo. Así que déjame señalar otra cosa. Tal vez puedas decirme lo que significa. Los grupos contendientes preparados para visitar Glug, Manicomio, Cráter, Camelloy todos los otros planetas han estado compuestos por una mezcla aleatoria de los veinticinco ganadores. Pero mira quiénes estamos aquí en Remolino: Sy, Kallen, Lum, tú y yo... los cinco primeros puestos, todos los «creaproblemas», más Rosanne y Wilmer. Creo que a Rosanne también se la puede clasificar como difícil de controlar. Se te pondrían los pelos de punta si te dijera alguna de las cosas que ha hecho. Y todos tenemos dudas sobre Wilmer. Hemos sido escogidos especialmente para este viaje, y me preocupa lo que pueda pasar aquí.

Peron se acercó hasta poder ver su cara. Advirtió que estaba preocupada de verdad, no sólo bromeando. Extendió una mano enguantada para coger la suya.

—Tranquila, Elissa. Eres tan mala como Tolider haciendo suposiciones. No nos traerían hasta Remolino sólo para deshacerse de nosotros. Si éramos tan molestos, nos podían haber quitado de en medio en Pentecostés, y nadie habría sospechado nada. —Se echó a reír—. No te preocupes. Ahora que hemos aterrizado, estamos bastante seguros en Remolino.

Habían hecho un buen progreso. El polo norte estaría pronto a la vista. Y en menos de una hora Peron comprabaría lo equivocado de sus palabras.

 

 

El domo era un hemisferio de polímero duro y flexible de unos veinte metros. Estaba localizado exactamente sobre el eje de rotación del planeta. Ese eje estaba muy inclinado hacia el plano orbital de Remolino, y por eso en esa época del año el dorado sol de Cassay era invisible, pues flotaba sobre el otro polo. Sólo Cassby, su débil compañero, ilumi­naba tenuemente el paisaje, proporcionando la luz adecua­da, pero poco calor. No había cuerpos volátiles libres en Remolino, pero la temperatura de la superficie en el invierno polar sería más que suficiente para licuar el metano.

Peron y Elissa habían estado muy ocupados con su charla para hacer la mejor marca, y por eso llegaron los últimos. Los otros ya habían aterrizado y estaban apiñados alrededor del domo. Sy, Lum y Rosanne inspeccionaban la compuerta de entrada, sin tocarla. Kallen y Wilmer se encontraban al otro lado del domo, mirando algo que había en la pared.

Elissa se acercó para ver qué estaba haciendo Sy.

—¿Problemas?

Lum se dio la vuelta y asintió.

—Me preguntaba cuándo llegaríais vosotros dos. Proble­mas. Tal vez, después de todo, no vamos a pasar la noche fuera de los trajes.

Sy aún estaba observando la puerta. Parecía casi compla­cido de encontrarse con un nuevo desafío.

—Mira, así es como se supone que tiene que funcionar. Hay una compuerta con una puerta interior y otra exterior. La exterior, ésta de aquí, tiene un dispositivo de seguridad para que no se abra si hay presión en la compuerta. Primero hay que hacer un vacío casi absoluto, y eso se puede hacer desde fuera. Aquí está el control. Cuando llegamos, había atmósfera en la compuerta, así que naturalmente no podía abrirse. La sacamos, las bombas de extracción funcionan perfectamente, pero sigue sin abrirse.

—¿Un fallo en el motor? —preguntó Peron.

—Podría ser. El siguiente paso es intentar abrirla a mano. Pero queremos estar seguros de que sabemos lo que hace­mos. Al otro lado del domo hay un gran parche de sellado negro. Parece que fue provocado por el impacto de un meteoro, y el sistema auto-reparador se ha encargado de él. Pero, hasta que entremos, no sabemos qué puede haber ocurrido en el interior, ni cuánto daño puede haber sufrido el sistema mecánico. Tal vez el meteoro golpeó también la compuerta. Tendremos que entrar y averiguarlo.

Peron dio un paso adelante para mirar la puerta, que parecía intacta.

—¿Estás seguro de que no hay presión en la recámara?

—Positivo. El contador funciona. Indicó que había pre­sión cuando llegamos, y después de bombearla marcó cero.

—Así que tiene que ser bastante seguro abrirla a mano —añadió Lum—. Estábamos preparándonos para hacerlo cuando habéis llegado. Vamos, otro par de manos nos servi­rán de ayuda.

La puerta exterior gimió a medida que Sy, Lum y Peron la empujaron. Finalmente quedó lo suficientemente abierta para admitir el paso a una persona.

—Ahora es mi turno —dijo Rosanne—. Mi ayuda no vale mucho en lo que respecta a empujar y tirar, pero soy lo bastante delgada para poder deslizarme por ahí y ver lo que pasa. Hacedme sitio.

Se acercó a la puerta, se puso de lado y comenzó a meterse lentamente por la abertura.

Peron se colocó tras ella. Escuchó el grito de advertencia de Sy al mismo tiempo que el pensamiento acudía a su mente. ¡Idiotas! Si sabemos que la puerta exterior no fun­ciona correctamente, ¿por qué asumir que los controles de la interior están en mejor estado?

Se inclinó hacia delante, cogió a Rosanne por la cintura y con un movimiento tiró de ella hacia atrás, apartándola de la puerta exterior. Oyó por la radio un jadeo de sorpresa a medida que Rosanne surcaba la superficie marrón y plata. Entonces, antes de poder seguirla, una gran fuerza se apo­deró de él y le arrojó sobre las rocas.

A pesar de que se revolvió y se golpeó contra su propio traje, sus pensamientos continuaron claros. El sello de la puerta interior tenía que estar ya roto, a punto de caer y colgando de un hilo. Mientras hubiera la misma presión en la compuerta y en el domo, no había problema. Pero en cuanto succionaron la presión de la compuerta, la puerta interior recibió toneladas de aire y presión. Si fallaba, todos los gases del domo serían liberados en una gigantesca explosión a lo largo del cerrojo. Y todo el que estuviera en medio...

Peron giraba disparado de una formación rocosa a la otra. Sintió tres colisiones separadas y aplastantes, una en el pecho, otra en la cabeza y la tercera en la cadera. Entonces, de repente, terminó. Estaba tirado boca arriba, contemplan­do la órbita roja de Cassby y sorprendido al notar que estaba aún vivo.

Los otros corrieron a ayudarle a ponerse en pie. Se sor­prendió al ver que estaba a casi cincuenta metros del domo. Rosanne se había puesto en pie y hacia señas para demos­trar que estaba a salvo.

—Yo también estoy bien —dijo Peron.

Los otros guardaron un largo y extraño silencio. Peron advirtió por fin un escalofrío débil y horrible en el lado izquierdo de su abdomen. Miró hacia abajo. Su traje, en esa zona, estaba terriblemente rasgado desde el pecho a los muslos, y en su abdomen era blanco en vez del normal tono gris metálico.

—El suministro de aire funciona, pero ha perdido dos tanques. —La voz de Lum sonaba extrañamente distorsiona­da a sus espaldas. La radio del traje había recibido un golpe, pero aún funcionaba después de un intervalo.

—No hay problema, puede compartir el nuestro.

—Los controles del motor parecen estar bien.

—Los contenedores de comida han desaparecido.

—Podemos cubrirlos.

—Oh, oh. El sistema termal está averiado. Y la mayor parte del aislamiento del traje está roto a partir del torso.

—Ése es un problema grave.

La distorsión de la radio era tal que Peron tuvo dificultad para identificar a los que hablaban. La desconectó. Mientras ellos inspeccionaban el estado de su equipo, su propia mente se adelantó.

Tenía que evaluar las diferentes opciones.

¡Piensa!

Catorce horas de regreso al ecuador... digamos unas diez a la máxima velocidad. Unos pocos minutos en la catapulta de lanzamiento, luego otras seis o siete horas para encon­trarse con la nave. No había esperanza. Incluso estando completamente aislado, con aquellas temperaturas el traje sólo le protegería durante tres o cuatro horas. Habría muer­to de hipotermia mucho antes de llegar al ecuador.

¿Cambiarse de traje? No había ninguno más. Llevaban partes de repuesto para algunos componentes pequeños, pero no para el traje completo.

¡Piensa! ¿Envolverse en algo que le mantuviera caliente durante mucho tiempo? Perfecto... ¿pero qué? No había nada.

¿Meterse en el domo, reemplazar el aire perdido de los tanques y elevar la temperatura? Tal vez. Podrían introducir el aire en menos de una hora. Pero no podrían generar calor tan rápidamente. Podría respirar, pero moriría conge­lado.

¿Enviar una señal de emergencia para que una nave pequeña aterrizara en el polo de Remolino». Probablemente era lo mejor... pero la esperanza seguía siendo muy pobre. Tres o cuatro horas para prepararse y luego otras tres antes de que llegara. Para entonces, Peron sería un cadáver he­lado.

¿Otras ideas? No podía encontrar ninguna. Su mente siguió corriendo y escribió su propio epitafio: Peron de Turcanta, de veinte años, que sobrevivió a las dunas del Desierto de Talimantor, a los bosques nocturnos de Villasylvia, al Laberinto de Hendrack, a las cavernas subacuáti­cas de Charant, a los glaciares de Capandor, a las profundi­dades abisales de la Sima de Lackro... que había vivido para congelarse en Remolino. Su nombre se añadiría a la lista de aquellos otros nombres que el gobierno nunca menciona­ba, los desgraciados que morían en las pruebas extraplanetarias de los juegos de la Planetfiesta.

Peron volvió a conectar la radio de su traje.

—Entonces todos estamos de acuerdo —decía una voz clara—. ¿A ninguno se le ocurre nada válido?

La distorsión de la radio dañaba y cambiaba el tono de voz. Peron salió de sus sombríos pensamientos y descubrió, para su sorpresa, que el que hablaba era Wilmer.

—Eso parece. —Aquél era, obviamente, Lum—. Llamamos a la nave y posiblemente tendrán algo preparado en cuanto puedan, pero tardará probablemente ocho horas. Sy ha hecho una estimación aproximada de la pérdida de calor, y calcula que tenemos un par de horas para hacer algo... tres como máximo.

—¡Maldición!

Exactamente lo mismo que pienso yo, se dijo tranquila­mente Peron. ¡Maldición! ¿Pero qué es lo que pasa con Wilmer? Después de haber sido considerado un participan­te falso y misterioso, se convierte de repente en la figura dominante del grupo. Los otros se dirigen a él dejándole que les controle.

Pero comprendió que era un simple shock lo que les había desbordado a todos; pero de alguna manera Wilmer y él, que estaba condenado a morir, eran capaces de dis­tanciarse de la emoción. Vio la cara horrorizada de Elissa a través de la escafandra y le dirigió una sonrisa de ánimo. Kallen tenía lágrimas en los ojos e incluso Sy había perdido aquella remota mirada de tranquila confianza.

—¿Ninguna idea más? —continuó Wilmer—. Bien. De­jadme a solas con Peron. Quiero que introduzcáis atmós­fera en el domo en cuanto sea posible. No os preocupéis por la temperatura. Sé que será baja y podremos apañarnos con eso.

Abrió el maletín verde con el equipo que había traído consigo y examinó las ampollas, jeringas y herramientas electrónicas que aparecían dispuestas ordenadamente en su interior. Después de echarle una mirada de asombro, Sy se encaminó hacia el domo, pero los otros se quedaron inmó­viles hasta que Lum intervino:

—¡Vamos a hacerlo! —rugió, y mientras se marchaba, se giró hacia Wilmer, con las manos crispadas dentro de los guantes del traje—. No es momento para hablar, pero será mejor que sepas lo que estás haciendo. De lo contrario, yo mismo te despellejaré vivo cuando volvamos a la nave.

Wilmer no se molestó en contestarle. Tras la escafandra, su cara mostraba su intensa concentración.

—Conecta el circuito privado. Tenemos que hablar unos minutos —le dijo a Peron, y esperó hasta que la frecuencia personal del traje fue confirmada—. De acuerdo. ¿Cómo evalúas tus probabilidades de sobrevivir?

—Como cero.

—Bien. Empezaremos sin ninguna falsa esperanza. ¿Estás dispuesto a correr el riesgo?

Peron sintió ganas de reír.

—¿Te refieres a que corra un riesgo que me de menos posibilidades de sobrevivir que las que tengo ahora?

—Buena respuesta. Sé exactamente lo que voy a intentar hacer, pero nunca lo he intentado bajo circunstancias, ni remotamente, parecidas a ésta. Tengo las drogas necesarias, y el ambiente en el domo no será demasiado distinto de las condiciones de laboratorio. ¿De acuerdo?

—No tengo ni la más remota idea de qué demonios estás hablando.

—Y yo no tengo tiempo para explicaciones. No importa. Primero voy a ponerte una inyección. Tendré que hacerlo a través del traje, pero creo que la aguja podrá traspasarlo, y el autoreparador se encargará del pinchazo. Después, te meteremos en el domo. Creo que el sello del hombro es el mejor.

Antes de que Peron tuviera tiempo de objetar nada, Wilmer se le había colocado al lado y sintió el agudo aguijón de una aguja en el músculo trapecio izquierdo.

—Ahora tenemos menos de un minuto antes de que empieces a sentirte atontado. —Wilmer había arrojado la hipodérmica y estaba sacando otra—. Escucha atentamente. Quiero que desconectes todos los cierres del traje para que podamos sacarte sin problemas cuando estés inconsciente. No hables. Sigue intentando respirar todo lo lentamente que puedas. Cuando pienses que va a vencerte, no intentes resistirte. Déjalo que ocurra. ¿De acuerdo?

El área helada en el centro de su estómago se extendía rápidamente subiendo hasta su torso. Al mismo tiempo, tuvo la sensación de que el horizonte de Remolino se estaba retirando, alejándose más y más. Asintió a Wilmer y manipuló los controles que transferían todos los cierres del traje al acceso externo. Su respiración le parecía rápi­da y entrecortada, y se esforzó por inspirar lenta y firme­mente.

—Buen chico. Lamento no tener tiempo para explicacio­nes, pero nunca había oído que esta situación se hubiera producido antes. Acabarán conmigo cuando descubran qué es lo que intento hacer, pero tienes suerte. Una vez tuve problemas en Remolino, hace más de trescientos años. Y recuerdo cómo me sentía. —Wilmer le dio un apretón de manos—. Buena suerte, Peron. Si te despiertas, estarás en el Espacio-L.

En el espacio-L. «Si sobrevivo, —pensó Peron—, habrá un misterio resuelto.» Devolvió el apretón a Wilmer.

—Me hará falta ayuda —dijo Wilmer. Había vuelto a co­nectar el circuito abierto—. Tenemos que sacar a Peron de ese traje en cuanto la presión nos lo permita. Y estará inconsciente. Elissa, ¿quieres organizado de la manera más rápida posible?

Peron sintió el deseo irracional de reír. Wilmer, dijo una voz en su interior, mi extraño y calvo amigo, cómo has cambiado. Allá en Pentecostés eras un viejo gusano tardón y ahora te has transformado en una mariposa de alas doradas. ¿O será en una planta, una forma exótica que sólo flo­rece fuera del planeta? De repente, esa cuestión fue muy importante, pero sabía que no podría conseguir una res­puesta.

Había perdido el control. Sabía que estaban a punto de entrar en el domo, pero no pudo ver la puerta. Ni las estrellas, ni el suelo. La escena que se desarrollaba ante él empezaba a apagarse poco a poco. Era como un puzzle gigantesco donde todas las piezas eran negras. Sólo podía ver a Wilmer que aún le sostenía la mano.

«Así que esto es lo que se siente al morir. La verdad es que no está mal. Nada mal.»

La última pieza del puzzle fue colocada en su sitio. Wilmer desapareció y el mundo entero se volvió negro.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

17

 

 

 

 

Despertar fue una agonía.

Comenzó sólo como un murmullo de voces que habla­ban un lenguaje familiar pero con un tono y una entonación tan agudos que apenas eran comprensibles. Era como la voz de una máquina. Se esforzó por entenderlas.

—...poco más de asfanol... unos cuantos minutos más... hasta que sepamos qué hacer con los poros (¿los otros?)... los latidos del corazón cortantes (¿constantes?)...

Luego una afirmación más clara con una voz baja, furiosa y petulante.

—Maldita molestia. No podemos hacer nada hasta que tengamos un estamento policial. ¿Por qué ese loco tuvo que hacer lo que hizo? Nos llevará un mes...

Estaba respirando. El aire caliente entró en sus pulmo­nes cauterizando los delicados alveolos con cada inspira­ción. Lo sintió arder a través de la barrera de la sangre, y luego embriagadores ríos de oxígeno surcaron las arterias y los capilares hasta el último rincón de su cuerpo. Sintió una agonía al reanudarse la circulación, acompañada de espasmos musculares que no podía controlar.

Peron movió la lengua, y cuando ésta tocó sus dientes le pareció seca e hinchada, demasiado grande para su boca. Pero cuando la pasó por los labios notó una sensación lustrosa, una textura de glicerina y un sabor que se infiltró en su boca. Gruñó de disgusto, pero ningún sonido surgió de su garganta.

—Está despierto —dijo otra voz—. Prepárate. Peron Turca: ¿puede abrir los ojos?

Peron intentó hacerlo. Parecía como si tuviera las pestañas pegadas, pero con algo de esfuerzo consiguió liberar­las. Entreabrió los ojos y encontró que estaba mirando un techo gris pálido que se curvaba para encontrarse con unas paredes del mismo color. En algún lugar a su derecha había un sonido constante de contracción y pulsación.

Giró la cabeza. Los músculos de su cuello crujieron, se resistieron pero obedecieron su orden mental. Estaba ten­dido junto a una gran masa de equipo médico, monitores, bombas, V/Is y unidades telemétricas. Numerosos tubos y cables corrían por su brazo desnudo. Otros se extendían hasta su nariz y bajaban por su cuerpo. Estaba desnudo.

Alzó la cabeza. Sintió que había algo sutilmente distinto al hacer el movimiento, pero no parecía que fuera un problema interno. Más bien era como si las leyes de la mecánica hubieran cambiado, y que aunque no estaba cla­ramente en caída libre, tampoco se movía bajo ninguna forma normal de gravedad.

Y también pasaba algo raro con sus ojos. Muy raro. Podía ver, pero todo era difuso e indiferenciado, con los contor­nos pobremente definidos y con todos los colores converti­dos en sombras pastel.

Peron giró la cabeza hacia la izquierda. Junto a la mesa en la que se encontraba había una mujer de mediana edad que le miraba con el ceño fruncido, en obvia desaproba­ción. Su cara tenía una piel suave, casi de bebé, y llevaba una capucha azul firmemente sujeta a su cabeza.

—De acuerdo —dijo. No parecía estar hablándole a Peron—. El control motor parece correcto. Orden: Tres centí­metros cúbicos de historex en el muslo.

Era la voz que había oído en primer lugar, y una vez más sonó ronca y extrañamente mecánica. No vio ni oyó nada, pero después de unos segundos sintió un pinchazo en el muslo. Entonces el dolor que notaba en todos los músculos empezó a menguar. La mujer miró su expresión y asintió.

—Excelente. Orden: Comprobad los monitores, y si son satisfactorios, retirad las sondas. Con cuidado.

Peron miró las sondas que se introducían en su cuerpo y se aseguró de que no apartaba los ojos de ellas. Una vez más ni vio ni sintió nada, pero después de un instante las sondas desaparecieron, y también el tubo que había en su nariz. Emitió un suspiro largo y temblequeante. El fuego en sus pulmones continuaba aún.

La mujer parecía todavía molesta.

—Se siente extraño e incómodo. Lo sé. El espacio-L tiene al principio ese efecto en todo el mundo. No dura mucho. Agradezca que está vivo cuando debería estar muerto.

¡Vivo! Vivo. Peron recordó de repente los últimos minu­tos en Remolino. Se estaba muriendo allí, resignado a lo inevitable, seguro de su final. ¡Y aquí estaba! ¡Vivo! Todo el dolor desapareció en un momento, anulado por la certeza de la vida. Quiso hablar, emitir un gran grito de alegría ante el simple hecho de que existía, pero una vez más no consi­guió hacer surgir las palabras.

—No lo intente —dijo la mujer—. Todavía no. Tendrá que aprender a hablar, y eso lleva un rato. Y no se frote los ojos; funcionan normalmente, pero las cosas parecen diferentes aquí. Hay cosas que hacer antes de que esté preparado para hablar. Ese loco de Wilmer nos ha creado un buen proble­ma, pero supongo que no podemos hacer otra cosa. No podemos matarle ahora. Orden: Dadle algo de beber. El agua servirá, pero comprobad los balances de iones y el azúcar de la sangre, y haced las adiciones necesarias si le hace falta algo.

La mujer le tendió la mano, y de repente en ella apareció un recipiente con un líquido de color amarillo pajizo.

—Quiero que intente cogerlo. ¿Puede hacerlo? Luego bébaselo todo y trate de hablar conmigo.

Peron alzó el brazo y una vez más sintió que las leyes de la física habían cambiado. Tuvo que controlar deliberada­mente su mano para que se moviera en la dirección que quería. Tomó con cuidado el recipiente, se lo llevó a los labios y bebió. Fue como un bálsamo que suavizó su gar­ganta y le hizo ver por primera vez lo desesperadamente sediento que estaba. Lo bebió todo.

—Bien. Orden: Retiradlo.

El recipiente desapareció. La mujer parecía un poco menos irritada.

—¿Puede hablar? Intente decir alguna palabra.

Peron tragó saliva, dio una orden a sus cuerdas vocales y fue recompensado con un gruñido y una tos seca. Lo inten­tó de nuevo.

—Ssséé... S-ssí —su voz le sonaba extraña.

—Excelente. Dele tiempo. Y escúcheme. Tiene que saber unas cuantas cosas, y no ganamos nada con esperar. ¿Sabe quiénes son los Inmortales?

—Vissi-vizzit-n Pen-ctés. No ssé si hum-nos o no. Beben... viven eeter-namente.

—Ojalá fuera verdad. —La mujer le dirigió una sonrisa amarga—. Soy una Inmortal. Y ahora también lo es usted. Pero no vivimos eternamente. Viviremos unos mil setecien­tos años según nuestras mejores estimaciones... si es que no nos matan antes. Eso es algo que tiene que aprender. Se le puede matar con tanta facilidad como antes. Vivir en el espacio-L no le protegerá. ¿Comprende?

—Commm-prendo. —Peron sentía como si le hubieran estirado la piel de la cara y por eso no podía mostrar la emoción que sentía. Si era un Inmortal, ¿qué les había ocurrido a los otros? ¿Sobreviviría a Elissa mil seiscientos años? Ninguna buena noticia podía hacer que aceptara aquel pensamiento. Alzó la cabeza, una vez más, aquella extraña sensación, y miró directamente a la mujer—. ¿Qué s-cedió a lostros en Rem-linó?

—No estoy en posición de decírselo. Lo que sí le digo es que lo que Wilmer hizo por usted ha creado más problemas de los que pensaba. Antes de que se nos permita decirle más, tenemos que conseguir la aprobación del Mando del Sector, y eso significa que tenemos por delante un largo viaje. Ya llevamos casi cinco horas de viaje, y nos faltan unos dos días para llegar. Hasta entonces, tendrá que ser paciente. Mi paciente, en realidad. —Le dirigió su primera sonrisa real—. Puede empezar descansando un poco. En unos minutos sentirá la reacción del historex y le voy a dar otro sedante. Orden: Cinco centímetros cúbicos de asfanol.

Siguió sin apreciar nada visible, pero otra vez notó dolor en el muslo. Peron no estaba dispuesto a irse a dormir... había cien preguntas por contestar, y no estaba seguro de por dónde empezar.

—¿Vamos a regresar a la Nave?

La mujer pareció primero molesta, luego divertida.

—No. No puedo decirle mucho, pero sí eso. Vamos a hacer un viaje más largo. El Mando del Sector está fuera del sistema Cass... casi a un año-luz de distancia de Cassay y Pentecostés.

—Y estaremos allí en dos días. ¡Así que efectivamente viajan más rápido que la luz!

Ahora ella parecía muy incómoda.

—No puedo decirle nada. Soy un médico, no un... maldi­to administrador. —En su tono había irritación hacia algo o hacia alguien, y Peron archivó el dato para futuras referen­cias—. Pero no viajamos más rápido que la luz. En el espacio-L, la luz viaja casi dos mil años-luz de distancia normal en uno de nuestros años. Viajamos sólo a una fracción de la velocidad de la luz.

Peron quedó abrumado por el pensamiento. ¿Podía estar diciéndole la verdad? Si así era, el Sol y la Tierra estaban sólo a un par de meses de distancia. Y si ya llevaban cinco horas de viaje, debían haberse adentrado ya profundamente en el espacio interestelar. Empezó a sentirse cansado pero, de repente, tuvo el terrible deseo de volver a ver a Cassay. ¿Cómo sería el panorama a esta tremenda velocidad?

—¿Qué le pasa? —preguntó la mujer. Viendo su expresión.

—¿Podemos mirar... las estrellas?

Ella sacudió la cabeza.

—A veces yo misma tengo ese deseo. Cuando se despier­te, eche un vistazo a la habitación contigua. Hay un venta­nal. Descubrirá que las cosas son bastante diferentes en el espacio-L. Pero ahora tengo que irme. Mi nombre, por cierto, es Ferranti. Doctora Olivia Ferranti. Nos veremos regularmente hasta que estemos seguros de que su condi­ción vuelve a ser estable. Volveré mañana. Sea paciente. Orden: Llevadme a mi apartamento.

—Pero...

Peron no se molestó en terminar la frase. La mujer se había desvanecido instantáneamente. Treinta segundos después, las drogas se apoderaron de él y se quedó dormido.

 

 

La habitación en la que había recuperado el conocimien­to por primera vez carecía de ropas, comida y bebida. Había un terminal cerca de la mesa, que claramente debía de comunicar con otras partes de la nave, pero cuando desper­tó de nuevo, Peron resistió su primer deseo de llamar y pedir algo de comer. Se sentía hambriento y extrañamente desorientado todavía, pero había otras prioridades que atender antes.

Todos los monitores que había junto a la mesa funciona­ban aún, pero ahora recibían datos telemétricos cuya fuente eran los pequeños sensores que tenía colocados en el cuer­po. Indudablemente aquellas señales pasaban a otro orde­nador central, pero posiblemente aquél respondía sólo a las emergencias. Peron sintió que debería tener al menos unos pocos minutos antes de que sus acciones fueran controla­das de nuevo. Se bajó de la mesa, recuperó el equilibrio y se dirigió a una de las dos puertas de la habitación.

La puerta conducía a un pasillo sin ventanas. Elección equivocada. Volvió sobre sus pasos y descubrió que la otra puerta conducía a una habitación más grande con una gran portilla transparente en un extremo. Peron se acercó y se asomó a ella.

Ciertamente había esperado algo distinto del paisaje nor­mal del sistema Cass; tal vez las constelaciones familiares sutilmente variadas. Pero lo que estaba contemplando era completamente inexplicable.

Más allá de la portilla el cielo estaba cubierto por un débil brillo blanquecino. No parecía tener ninguna orienta­ción, y en todas partes tenía el mismo brillo uniforme. No había estrellas, ni nebulosas, ni nubes de polvo estelar, ni galaxias. El Universo entero había desaparecido, perdido en un resplandor difuso.

Peron notó que la cabeza le daba vueltas. Estaba en el espacio-L, y éste era tan diferente de todo lo que había imaginado que no tenía ni idea de qué hacer a continua­ción. Si estuviera prisionero (así era como empezaba a percibir su situación a bordo de la nave), y se hallara en un entorno ordinario tal vez podría intentar algo. ¿Pero qué podía hacer aquí? No había nada en la ciencia de Pentecos­tés que indicara siquiera la posibilidad de eso. Sy, con muchos más conocimientos científicos que Peron, se habría reído de la idea.

Peron se sintió molesto por un momento. Si Sy estuviera aquí y viera hasta dónde habían llegado sus teorías...

El resto de la habitación carecía de muebles o de fuentes de información útiles. Había un juego de pequeñas puertas o paneles en la base de la pared, cada uno de sólo unos centímetros de altura, pero no pudo abrirlos. Se dio la vuelta para regresar al pasillo y recordó que tenía hambre y sed. Recordó la habilidad de la doctora Ferranti para conju­rar cualquier cosa de la nada. (También tendría que pedirle a Sy que tratara de explicar eso.) ¿Podría funcionar también con él? No perdía nada con intentarlo.

—Orden. —Aunque estaba solo, se sintió ridículo. Lo que estaba intentando era imposible. Pero había funcionado antes. Estaba seguro—. Orden: Traedme una bebida.

Esperó, sintiéndose como un idiota. Para confirmar su impresión, no sucedió absolutamente nada. Lo intentó una vez más.

—Orden: Traedme algo de comer.

Nada. ¿Cómo podía haber funcionado? Tenía que haber estado sufriendo una alucinación para creer que Ferranti tenía poderes mágicos para que los objetos —ella incluida— aparecieran y desaparecieran al instante.

Peron acababa de llegar a esa conclusión cuando todo lo que le rodeaba cambió en un parpadeo. Durante un segun­do se sintió completamente desorientado. Ya no estaba a la entrada del corredor, sino en una habitación con paredes amarillo pálido decorada con murales elaborados y pinturas de aficionados. Llevaba puestos los mismos zapatos que había usado antes de marchar a Remolino. Se encontraba sentado en una dura silla, con las manos firmemente apoya­das en sus brazos. Ante él había una larga mesa de metal plateado y en su superficie había una única carpeta naranja y una pluma.

Y tras la mesa, mirando con expresión ligeramente abu­rrida y definitivamente desdeñosa, había un hombre calvo y enjuto. Peron sintió instantáneamente aversión hacia él.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

18

 

 

 

 

—Soy el capitán Rinker, al mando de esta nave —dijo el hombre—. La doctora Ferranti me ha dicho que se encuentra usted enteramente adaptado al espacio-L. ¿Es así?

—No lo sé. No siento dolor, pero desde luego no me siento normal.

—Eso se le pasará. ¿Algo más?

—Alguien parece querer que me muera de hambre.

—Es culpa suya. Cuando se despertó, podía haber pedido comida. En cambio, decidió husmear. —Rinker hizo un gesto a una pantalla de la pared que mostraba la habitación en la que Peron había recuperado el conocimiento—. Le estábamos observando. No le sentaría mal que le dejáramos sin comer una temporada. Pero tiene usted suerte. Las reglas no nos lo permiten. Orden: Traed comida y bebida apropiadas para el despertar.

Una bandeja apareció instantáneamente sobre las rodi­llas de Peron. El recipiente claro contenía el mismo líquido que había bebido antes, pero la comida de los platos le era desconocida. Había empanadas marrones con una textura granular, melaza rojo-anaranjada y lonchas blancas de sua­ve consistencia cremosa. Rinker hizo un gesto hacia la co­mida.

—Adelante. Puede comer mientras hablamos.

Peron miró alrededor. No había nadie más en la habita­ción, y no había señal de que la puerta se hubiera abierto ni cerrado.

—¿Cómo pueden hacer eso?

—No puedo decírselo. Se le dará esa información en el Mando... si se le da. —Rinker señaló la pantalla—. Sus esfuerzos para usar el sistema fueron advertidos. Para evitar que pierda el tiempo en lo sucesivo, le advierto que cual­quier otro esfuerzo de su parte en ese sentido será igual­mente infructuoso. Déjeme también señalarle que no tengo ninguna obligación oficial de hablar con usted, o relacio­narme con usted en ningún modo excepto para trasladarle sano y salvo al Mando. Pero quiero que sepa cuántos pro­blemas han causado usted y ese loco de Wilmer.

Peron no pudo resistirse a probar la comida que tenia delante. Su cuerpo insistía en que había pasado semanas sin recibir alimento. Comió ansiosamente. Las empanadas te­nían un parecido aceptable con el pan, y aunque la materia blanca no se parecía en nada al queso que Peron había esperado, no estaba mal. Miró al capitán Rinker, tragó la comida y habló.

—No puedo hablar por Wilmer, pero no ha sido cul­pa mía si he causado algún problema. Sin su ayuda, po­dría haber muerto en Remolino. No sé por qué me echa la culpa.

Rinker hizo un gesto de impaciencia con la mano.

—Se le clasificó como creaproblemas antes de salir del planeta, igual que sus compañeros de Remolino. Se les asignó a todos a la nave Eleanora para recibir allí adoctrina­miento especial y estar apartados de los otros participantes. En cuanto a Wilmer, se supone que estaba allí como obser­vador, no como participante. He advertido varias veces del peligro de usar reclutas locales como observadores. Tienen demasiadas ataduras a su planeta y a su gente. Pero no me hicieron caso.

—¿Wilmer es un Inmortal?

Rinker se reclinó en su asiento y frunció el ceño.

—¡Ese estúpido término! —Su voz se elevó—. Nunca lo uso. Wilmer fue reclutado para nuestro grupo, sí. Y compar­te nuestro espacio de vida prolongada. Pero nunca ha deja­do el sistema Cass, y desde luego no sabe nada de nuestra misión principal. Ahora yo debo sufrir las consecuencias de su acción. Durante trescientos sesenta años suyos, he visita­do Pentecostés y el sistema Cass. Éste es mi decimonoveno viaje. Y nunca ha salido mal nada. Tengo un historial per­fecto. Se espera que triunfe, y eso es lo que me exijo a mí mismo. Pero gracias a lo que Wilmer hizo en Remolino, todo se ha perdido. Esta visita se ha convertido en un desastre. Los materiales que debería traer del grupo de la Eleanora se han quedado atrás; la selección y adoctrinamiento de reclutas ha sido pospuesta; y llevo conmigo seis pasajeros adicionales al Mando, todos los cuales están clasi­ficados como problemas potenciales. ¿Piensa que debo con­siderarme feliz?

A medida que saciaba su hambre y su sed, Peron sintió curiosidad por lo que le rodeaba. El sentimiento iba parejo con una inquietud creciente. No había hecho nada para justificar la ira de Rinker. ¿Qué esperaba aquel loco que hiciera? ¿Pedir que le llevaran de vuelta a Remolino para que muriera?

Levantó la bandeja y la colocó sobre la mesa que tenía delante.

—No digo que tenga que estar feliz. Pero no debe echar­me la culpa por lo que ha sucedido. ¿Por qué no me dice qué es lo que está pasando aquí?

—¿Para que así pueda causar más problemas?

—No voy a causar problemas. Pero, naturalmente, tengo muchas preguntas. Sólo le pido que me deje acceder al terminal y los bancos de datos. No quiero robarle su tiem­po. También ha dicho usted que algunos de los otros con­tendientes están a bordo de esta nave. Me gustaría verles.

Rinker miró furioso la bandeja y dirigió a Peron una sonrisa desagradable.

—No puedo permitirle que acceda a los bancos de datos. Como le he dicho, esta situación no tiene precedentes. Nadie se ha unido antes a nuestro grupo sin recibir adoctri­namiento previo. Lo que vaya a sucederle es algo que sólo puede ser decidido en nuestro Mando, y hasta que lleguemos allí debe hacer exactamente lo que se le diga. ¿Quiere ver a sus compañeros? Muy bien. Orden: Retirad esta ban­deja.

La bandeja desapareció instantáneamente.

—Orden: Llevadnos a la sala de suspensión.

Esta vez Peron pudo ver una imagen deslumbrante de un largo corredor de paredes grises. Duró una milésima de segundo. Luego el mundo se detuvo, y él y Rinker aparecie­ron sentados ante un conjunto de puertas metálicas que les llegaban a la cintura. Cada una constituía la entrada a un contenedor largo y profundo del tamaño de un ataúd. Había monitores sobre la tapa transparente de cada una de las cajas, y todos los datos eran recogidos en un grueso cable óptico que corría hasta un terminal de ordenador. La habita­ción estaba terriblemente fría.

—Tal vez esto le dé una idea de lo grave que considero esta situación. —Rinker se adelantó hasta una de las cajas—. Sus compañeros están aquí.

—¿Qué les han hecho? —Peron se horrorizó. ¿Le estaba diciendo Rinker que Elissa y los otros estaban prisioneros dentro de aquellos cofres helados?

—Están en estado de hibernación, y así permanecerán. —La voz de Rinker era tan fría como la habitación en la que se encontraban. No ofrecía ninguna posibilidad de discu­sión—. Por supuesto, no corren ningún peligro. Dirijo una nave bien regulada, y todo el equipo se comprueba cons­tantemente. Despertarán cuando lleguemos al Mando. En­tonces este enojoso asunto quedará en otras manos. Me alegraré cuando acabe.

Peron dio un paso para mirar a través de la tapa del cofre más cercano. En su interior yacía Kallen, envuelto hasta el cuello por un suave material blanco. Parecía muerto. Tenía los ojos hundidos en las cuencas, y la cara gris y mustia. Peron se dirigió al otro contenedor. Allí estaba Elissa. Tem­bló al ver en lo que se había convertido. Sin su animación habitual, su cara era como un modelo de cera.

—¿Está seguro de que se encuentran bien? Parecen...

—No puedo perder el tiempo repitiéndome. Están bien. Ya le he dicho y mostrado más de lo que pretendía. Comerá con el resto de nosotros y le veré entonces. Si necesita comida antes, use el terminal. Orden: Llevadle a su recá­mara.

No había posibilidad de protestar. Rinker y la habitación con Elissa y los demás desaparecieron de repente. Peron se encontró solo con su preocupación, frustrado y perplejo, en una habitación en la que sólo había una cama, una mesa y un terminal.

 

 

Durante los juegos de la Planetfiesta había vivido mo­mentos de terror, cansancio, suspense y desesperación. Pero no había sentido nada semejante a la frustración de las doce horas que siguieron. Cuando acabaron, Peron había tomado una decisión: si le habían clasificado como creaproblemas, se iba a ganar el título.

Sólo había querido conocer más sobre la nave y su entor­no, lo que había resultado mucho más difícil de lo que esperaba. La habitación a la que había sido asignado daba a un estrecho corredor que pronto se bifurcaba hacia otras habitaciones más grandes y otros pasillos. Los había recorrido por turnos, anotando mentalmente los cambios de direc­ción.

Pronto descubrió la pauta. Si continuaba por el corredor de la izquierda, era libre de vagabundear como quisiera. Había encontrado un comedor y una biblioteca cuyos termi­nales ignoraban sus peticiones de información, pero ser­vían comida o bebida que aparecía instantáneamente y misteriosamente delante de él en el momento en que se introducía la orden en el terminal y desaparecía con la misma rapidez en cuanto lo pedía. Conoció también a los otros miembros de la nave, todos mucho más amistosos que el capitán Rinker. Sólo eran tres. A Peron le pareció que aquel número era demasiado reducido para controlar una estructura tan grande. Pero como le había señalado Olivia Ferranti cuando llegó a su recámara en uno de sus paseos, eran más de lo que necesitaban. Todo se hacía de modo automático. El capitán Rinker solo podía encargarse de todo. En realidad, los demás estaban haciendo su primer viaje y habían venido al sistema Cass desde el Mando por sus propios motivos (que ella rehusó discutir). La doctora incluso había ofrecido una especie de disculpa por la con­ducta de Rinker.

—Es demasiado valioso. No hay muchas personas a las que les guste hacer estos viajes tan largos, a menudo sin compañía. Hace falta un temperamento especial. Al capitán Rinker le gusta que todo esté en orden. No puede soportar la idea de que haya perturbado usted su modo de vida.

—Pero fue Wilmer quien lo ha hecho, no yo.

—Tal vez. Pero Wilmer no está aquí, y usted sí. Así que es usted quien recibe el trato.

—¿Y se le permite mantener inconscientes a mis compa­ñeros?

—Él es el capitán. Está al mando hasta que lleguemos a nuestro destino. Entonces tendrá que explicar sus acciones, pero no tendrá problemas, está siguiendo las reglas. Y, honestamente, no está causando ningún daño a sus compa­ñeros. Ahora tengo que irme. Podemos seguir hablando si quiere en la próxima comida. Orden: Llevadme a las insta­laciones deportivas.

Y desapareció.

Peron descubrió que podía llegar hasta la puerta de la sala de suspensión, pero ésta rehusaba abrirse. Podía formu­lar cuantas órdenes quisiera, en cualquier tono de voz, pidiendo todo lo que se le antojara, y todas eran ignoradas.

Cuando salía de su habitación y recorría el pasillo de la derecha las cosas eran aún menos satisfactorias. El corredor izquierdo le llevaba a la parte superior de la nave, en términos de gravedad efectiva. El corredor derecho, enton­ces, tendría que haberle llevado a la parte inferior, y cierta­mente empezaba de esa forma. Pero no importaba qué camino tomara, cuando había progresado un poco, se pro­ducía un parpadeo deslumbrador y aparecía de vuelta en su habitación, sentado ante la mesa. Toda una sección de la nave, de tamaño indeterminado, le era inaccesible.

Después de una docena de intentos fallidos, Peron se tumbó en la cama y se dedicó a pensar. Habían pasado doce horas desde su encuentro con Rinker, pero no se sentía cansado. Olivia Ferranti le había dicho que tendría poca necesidad de dormir.

—Una ventaja del espacio-L —le había dicho—. Descubrirá que duerme tal vez una hora de cada veinte.

Seguía sintiéndose de un modo peculiar, pero ella había tenido razón también en eso. Después de un cierto tiempo, se acostumbró. Aún tenía la impresión de que movía su cuerpo en un mundo donde las leyes de la mecánica ha­bían sido modificadas ligeramente, pero la sensación desa­parecía.

—¿Quiere cenar con nosotros? —La voz apareció de repen­te en el terminal que tenía junto a la cama. Era Garao, uno de los miembros de la tripulación que había conocido en uno de sus paseos.

—No lo creo. —Entonces se sentó rápidamente—. No, espere un minuto. Si quiero. Voy para allá.

No sentía hambre, excepto de más información. Y la única manera de conseguirla parecía ser a través de los demás. La exploración directa de la nave había sido total­mente infructuosa.

—No es necesario —dijo Garao—. Agárrese fuerte.

Notó la sensación ya familiar de desorientación y descu­brió que estaba sentado en el comedor con los otros tres. El capitán Rinker no estaba presente. Como le había dicho Ferranti, el capitán prefería su propia compañía y cenaba solo.

Todos parecían aceptar de antemano que Peron no co­mería ni bebería lo mismo que ellos. Había cinco o seis platos diferentes sobre la mesa... todos desconocidos. En­contró algo que parecía un filete de pescado, pero clara­mente no lo era. Y había también varios productos parecidos a la carne con una guarnición de alguna especie de verdura. Nada sabía a lo que esperaba... y toda la comida estaba fría.

Los otros parecieron sorprenderse cuando lo mencionó. Ferranti miró a Garao y al lingüista, Atiyah, y luego se encogió de hombros.

—Tendría que habérselo mencionado antes. No se come caliente en el espacio-L. Mejor que se acostumbre.

—¿Pero por qué?

—Espere hasta que lleguemos al Mando y pregunte allí. —Ferranti se hallaba claramente cohibida por su respuesta. Estaba sentada junto a Peron, así que sólo la veía de per­fil, pero su voz mostraba su incomodidad—. Por mí se lo diría, pero va en contra de las órdenes del capitán. Si le gusta la comida caliente, puede hacer que lo que estamos comiendo sea más aceptable. Es bastante fácil ordenar es­pecias. Orden: Traed más platos para Peron Turca, pero con especias picantes.

Hubo un retraso de unos quince segundos, y entonces los nuevos platos aparecieron ante Peron. Estaba a punto de servirse cuando advirtió la expresión de Garao y Atiyah.

—¿Qué pasa? ¿No está bien que me coma esto?

—Ése no es el problema. —Garao alzó un plato vacío—, Orden: Retirad esto.

Una vez más hubo un retraso de segundos, y luego el plato desapareció de repente.

—¿Veis? —Garao parecía extrañado—. Es el mismo proble­ma que tuvimos en el viaje de ida. Parece haber empeorado.

—Cierto —dijo Ferranti—. Ahora tarda el doble.

—¿Qué es lo que tarda el doble? —Peron sintió como si hubieran estado jugando a las adivinanzas sólo para confun­dirle.

—El servicio —contestó Atiyah. Era hombre de pocas pala­bras—. Debería ser instantáneo. Vamos a medir el retraso. Orden: Traedme un vaso de agua.

Permanecieron sentados en silencio hasta que diez segundos después un vaso lleno de líquido apareció ante Atiyah.

Garao asintió.

—Será mejor que lo notifiquemos inmediatamente a Rin­ker. Tendrá que salir del espacio-L para corregirlo. Ahí tenéis a ese bastardo envarado y a su nave «perfectamente dirigida».

—Y vaya si se sentirá complacido —dijo Ferranti—. Ya se está quejando del desastre que ha sido este viaje...

—¿Salir del espacio-L? ¿Pero adonde irá?

Los otros le miraron un instante.

—Lo siento —dijo Carao—. Pero nuevamente son órdenes del capitán. No podemos incluirle en la conversación. Or­den: Llevad a Peron de vuelta a su habitación.

—¡Esperen un minuto! —Peron estaba frenético—. Miren, al diablo con las órdenes del capitán. Si algo va mal, tengo derecho a saberlo también. Estoy en la nave, igual que ustedes. Quiero quedarme aquí y averiguar qué es lo que está pasando.

Pero la última frase fue una pérdida de tiempo. Peron añadió una andanada de maldiciones. El retraso en el servi­cio podía preocupar a los otros, pero aún era demasiado breve. Estaba de regreso en su habitación, hablando a las paredes desnudas.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

19

 

 

 

 

Peron sólo se permitió maldecir unos pocos segundos. Entonces se quitó los zapatos y corrió a toda velocidad por el corredor que conducía a la parte superior de la nave. Los monitores mostrarían aún sus movimientos, eso parecía seguro. Pero ahora que había una emergencia a bordo, ¿quién estaría vigilando? No habría otra oportunidad mejor para explorar las áreas que le estaban prohibidas normalmente.

Su primer estudio del esquema interno de la nave no había sido infructuoso. Corrió rápidamente y en silencio hacia el camarote de Rinker, seguro de cada corredor. En la intersección ante la puerta de Rinker se detuvo y miró desde la esquina. ¿Había llegado a tiempo? Si Rinker ya se había marchado, no habría manera de saber adonde ha­bía ido.

Oyó la puerta abrirse y cerrarse y se retiró al siguiente recodo del corredor. No oyó pasos. Rinker debía estar enca­minándose en la otra dirección.

Salió corriendo de nuevo y echó otra ojeada al corredor, justo a tiempo para ver a Rinker de espaldas. Se dirigía a la izquierda, lejos del comedor.

Peron intentó visualizar la distribución. ¿Qué había en aquella dirección? Todo lo que podía recordar eran dos grandes cámaras de almacenamiento, cada una llena de materiales de alguna clase, y más camarotes. La sala de suspensión estaba al fondo de ese mismo corredor.

Rinker continuaba caminando, sin volver la vista atrás. Pasó las zonas de almacenaje, los camarotes... ¿Qué podría querer en la sala de suspensión?

¿No habría olvidado Peron alguna ramificación en el corredor? Sabía que no podía ignorar la posibilidad. Se arriesgó y acortó la distancia que les separaba. Estaba tan cerca que podía oír la pesada respiración de Rinker y oler el desagradable talco que usaba como ambientador corporal.

Peron arrugó la nariz. ¡No le extrañaba que aquel tipo viajara solo!

Dudó ante la puerta de la cámara de suspensión. Rinker había entrado, pero no había forma de seguirle sin que advirtiera su presencia.

En el interior sonó un chasquido. Peron se asomó a la puerta. Rinker había abierto uno de los grandes sarcófagos brillantes y estaba cerrando la puerta después de meterse dentro.

Peron entró en la sala en cuanto el panel delantero quedó completamente cerrado. Pero en vez de dirigirse al sarcófago de Rinker continuó hasta el fondo y miró a través de la tapa transparente. Lum estaba allí dentro, blanco como un cadáver. Peron trató de ignorar la figura enorme y quieta y miró en cambio las paredes del contenedor.

Era extraño. Aunque no lo había advertido en su primera visita, con el capitán Rinker, la caja parecía tener un servi­cio completo de controles tanto dentro, como fuera... como si aquellas figuras prisioneras y congeladas pudieran des­pertarse y desearan controlar el aparato desde dentro. Y había algo más, igualmente extraño. En el otro extremo del contenedor había otra puerta del mismo tamaño que daba solamente a la pared lisa.

Habían pasado un par de minutos desde que Rinker entrara y cerrara la puerta. Con mucho cuidado, Peron anduvo hasta colocarse ante la caja. Pegó la oreja y oyó un siseo de gases y el golpeteo de una bomba. Peron se arries­gó a mirar, Rinker yacía con los ojos cerrados. Parecía bastante relajado y normal, pero una cadena de filamentos plateados había aparecido de las paredes del contenedor y se había adherido a varias partes de su cuerpo. Un fino fluido blanco empapaba su piel. Peron tocó la superficie del contenedor, esperando el frío helado que había sentido ante el sarcófago de Lum. Dio un brinco y retiró la mano bruscamente. La superficie estaba caliente y producía un hormigueo, como si le estuviera enviando una corriente eléctrica.

La situación no cambió durante un par de minutos. En­tonces el atomizador dejó de funcionar y los nódulos volvieron a su lugar en el lado del contenedor y los filamentos plateados se aflojaron y retiraron. Peron continuó contem­plándolo. Diez segundos después el cuerpo de Rinker pare­ció temblar un instante. Y entonces el contenedor quedó vacío. En una fracción de segundo, antes de que Peron pudiera parpadear, Rinker se había esfumado por completo.

Peron estuvo tentado de abrir la puerta del contenedor. En cambio, se acercó al otro sarcófago vacío que había al lado y lo abrió. Los controles internos parecían bastante simples. Había un dial de tres direcciones, un contador con las unidades en días, horas y centésimas de hora, y un mando manual donde aparecían solamente las letras N, L y H. La posición H estaba en rojo, y debajo había una nota: PRECAUCIÓN: NO USAR EL MÓDULO PARA HIBERNA­CIÓN (H) SIN AJUSTAR EL CONTADOR TEMPORAL O SIN AYUDA DE UN OPERADOR EXTERIOR.

Peron estaba pensando en entrar para echar un vistazo más de cerca cuando oyó un chasquido de advertencia procedente del otro contenedor. La puerta volvía a abrirse. Se obligó a moverse con cuidado y en silencio mientras cerraba su cofre. Era demasiado tarde para salir de la habita­ción: la puerta estaba abierta. Afortunadamente, lo hacía en su dirección, por lo que quedó temporalmente oculto tras ella. Se movió en silencio hacia la siguiente caja y se acurrucó tras ella.

Rinker había regresado. Se dirigía lentamente hacia la salida de la habitación, sin mirar a derecha ni izquierda. Peron le vio de refilón y se dio cuenta de que tenía los ojos hundidos e inyectados en sangre y el rostro pálido. Le siguió a una distancia prudencial. El otro hombre caminaba como borracho y parecía totalmente exhausto y derrotado por la fatiga. En vez de continuar hacia su camarote, entró en el comedor. Garao, Ferranti y Atiyah estaban aún char­lando allí dentro.

Y aún comían. A Peron le pareció extraño, hasta que advirtió que sólo habían pasado unos pocos minutos desde que la orden verbal de Garao le había devuelto a su habita­ción.

—Todo arreglado —dijo rudamente el capitán Rinker—. Hay un componente defectuoso en el sistema de transla­ción de órdenes. No tenemos repuestos a bordo, así que lo he reparado como he podido.

—¿Durará o volverá a estropearse? —Era la voz de Olivia Ferranti.

—Volverá a fallar tarde o temprano. Pero espero que tarde una temporada. —Rinker bostezó—. Eso ha sido demasiado para mí. Estuve allí casi cinco minutos, sin descanso. Ahora debo irme a dormir.

Hubo un murmullo de voces de conmiseración.

—Esperemos que no vuelva a hacerlo durante el viaje —dijo Garao, aunque su tono no apoyaba sus palabras.

—No lo hará —contestó Rinker—. No espero que haya más problemas en este viaje.

Peron pensó en estas palabras mientras recorría el pasillo de puntillas. Las acciones y comentarios de Rinker eran reveladoras, y Peron ahora tenía un leve indicio de lo que sucedía.

Si tenía razón, a Rinker le esperaban más problemas de los que imaginaba.

 

 

En cuanto se alejó lo suficiente del comedor, Peron empezó a correr a toda velocidad. La emergencia había terminado. Y eso significaba que volverían a observar sus movimientos. ¿Habría monitores incluso en el interior de los sarcófagos?

Llegó a la sala de suspensión y se dirigió de inmediato hacia el mismo cofre que había ocupado Rinker. La puerta se abrió con el mismo chasquido, entró en el sarcófago y se tumbó. Todos los controles estaban fácilmente al alcance. Podía alargar la mano y conectarlos con sólo pulsar un botón. La elección ya estaba hecha. No quería la L, puesto que ya estaba en el espacio-L; y tampoco quería la H, ya que eso era la hibernación de Elissa y los otros. Tenía que ser la N... ¿Pero qué era lo que significaba aquello?

Peron se había movido a toda velocidad, pero ahora dudó. ¿Y si el procedimiento que sacaba a Rinker del espacio-L requería otros conocimientos que él ignoraba? Estaba claro que los otros tenían poderes extraordinarios, ya que las órdenes que Peron daba eran ignoradas. ¿Y si el uso de este aparato requería los mismos poderes?

El tiempo pasaba. En cualquier momento podría volver a repetirse el aturdimiento familiar y se encontraría de nuevo en su habitación. Aún tenía el dedo sobre el botón. Cuan­do en Remolino había estado seguro de que le esperaba una muerte inevitable, lo había encarado firmemente, en completa calma. Esto era diferente. Fuera lo que fuera lo que Rinker y los otros podían hacerle, no creía que fueran a matarle. Pero ahora podía morir por su propia mano. Su siguiente acción podría ser su suicidio.

Peron miró por última vez las paredes del sarcófago. ¡Ahora o nunca!

Inspiró profundamente, cerró los ojos y presionó el bo­tón marcado con la N.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

20

 

 

 

 

No hubo ningún momento molesto de cambio. Peron había esperado un estallido de náusea, o tal vez algún dolor transitorio insoportable. En cambio, sintió el frío contacto de los electrodos en sus sienes y el atomizado de fluido sobre su piel. Se relajó y se dejó llevar en una tranquila meditación. Continuó largo rato, y terminó sólo cuando fue consciente de los latidos de su propio corazón que resonaban en sus oídos.

Un sentimiento de bienestar le inundaba, como si se despertara del mejor sueño de su vida. Sintió la tentación de quedarse tumbado y saborear la sensación. Pero enton­ces sintió miedo de haberse quedado simplemente dormi­do, de que nada más hubiera sucedido. Abrió los ojos, preocupado, y miró alrededor.

El interior del sarcófago no había cambiado de forma, pero sí de color. Ahora era naranja pálido, y antes había sido amarillo. Incluso sus ropas eran diferentes, negras en vez de marrones.

Se sentó y entonces tuvo que agarrarse a una de las paredes. Se había quedado dormido en un campo gravitatorio de un g y ahora estaba en caída libre.

La puerta de la habitación no podría cerrarse desde dentro. ¿Y si le seguían? Consciente de que aún era proba­ble que le siguieran y le descubrieran, Peron se dirigió hacia la otra puerta. ¡Menos mal que había aprendido a desenvolverse en caída libre después de salir de Pentecos­tés! Se sentía un poco extraño, pero no notaba vértigo ni náuseas.

La puerta se abrió sin problemas. La atravesó y la cerró.

Había un cerrojo exterior y lo echó para que no pudieran abrir la puerta desde dentro de la caja. A continuación se dirigió a las puertas y las cerró de la misma manera. Sólo entonces se sintió momentáneamente a salvo.

Miró alrededor. Estaba flotando en un largo pasillo dé­bilmente iluminado por tubos amarillos que corrían parale­los a las paredes y muy lejos pudo oír un ronroneo grave y sibilante. Se encaminó hacia allá.

Al doblar el recodo del pasillo, llegó a una cámara cua­drada con una pared externa completamente transparente. Permaneció ante ella largo rato, abrumado por la visión del universo que se abría a sus ojos. La neblina débil y lumino­sa del espacio-L había desaparecido. Estaba contemplando un resplandeciente mar de estrellas. Las viejas constelacio­nes familiares estaban allí, igual que lo habían estado des­de la órbita alrededor de Pentecostés. Se sintió aliviado. Estaba aún vivo, y había vuelto a un universo que tal vez comprendía.

Mientras aún estaba contemplándolo, en el corredor hubo un rumor más fuerte. Una máquina se aproximaba, deslizándose por la pared sobre una vía magnética invisi­ble. Su cuerpo principal era pequeño, del tamaño de su cabeza, pero tenía largos brazos articulados a los lados. Peron observó la máquina con cautela.

Se movía muy lentamente y se introdujo en una puertecita que había en la pared del corredor. Peron reconoció el tipo de apertura: había cientos de ellas por toda la nave, en todas partes, desde los camarotes al comedor o la bibliote­ca, y él había sido incapaz de abrir ninguna. La máquina no tenía el mismo problema. La atravesó suavemente y desapa­reció.

Peron continuó su viaje. Estaba en una parte de la nave que nunca había visto antes. El pasillo finalmente le condu­jo a una gran cámara donde había cientos de máquinas. La mayoría permanecían inmóviles, pero de cuando en cuando una o más empezaban a moverse y se deslizaban siguien­do un curso misterioso. Siguió a un par de ellas hasta que atravesaron una de las puertecitas que había en cada corredor.

Peron decidió que tenía que encontrar un lugar tranqui­lo para pensar. Se encaminó por el pasillo y por fin descu­brió que estaba en una cámara diferente. Ésta era una cocina automática, similar a la que había servido a los ganadores de la Planetfiesta en sus viajes a través del sistema Cass. Peron encontró un surtidor de agua y bebió copio­samente. Paladeó el líquido puro. Fueran cuales fueran las otras virtudes del espacio-L, hacía que la comida y la bebida fueran menos interesantes. Estudió unos instantes la dispo­sición y advirtió que el equipo de procesado era diferente de todo lo que había visto en el otro lugar. Por su aspecto, podía producir un menú u otro con ingredientes añadidos y desconocidos.

Mientras estaba observando, cuatro robots entraron en la cocina. Le ignoraron. Llevaban platos en los cuales aún quedaba comida. Peron advirtió que uno de ellos contenía los restos de la misma comida servida con especias que le habían ofrecido en el espacio-L. La superficie de los robots brillaba de humedad. Peron se acercó a uno y lo tocó. El metal estaba helado. Se llevó el dedo a la boca y probó el líquido. Las gotas eran simplemente agua condensada del aire que le rodeaba.

Se sentó en el suelo, se colocó la cabeza entre las manos y se puso a meditar. Todo tenía sentido si podía obligar a su mente a que aceptara una posibilidad increíble. Y era una posibilidad que por fin podía comprobar por sí mismo.

Peron se incorporó. Cogió la bandeja de metal más pesa­da que pudo encontrar en la cocina y golpeó con todas sus fuerzas la pared de metal. No se dobló. Regresó a la cámara donde estaban los pacientes robots y esperó hasta que uno de ellos se puso en movimiento. Le siguió de cerca por los numerosos pasillos que se desplegaban de la abertura central.

Cuando la máquina se dispuso a atravesar una de las puertecitas. Peron estaba ya preparado. La puerta se abrió y el robot se deslizó en su interior. Mientras aún permanecía abierta, Peron introdujo la fuerte bandeja de metal en la abertura. El mecanismo metálico de la puerta emitió un chasquido, pero no consiguió cerrarse.

Peron se agachó y miró en su interior.

Del otro lado salía una corriente de aire helado. La temperatura debía de estar cercana a la de congelación. El robot había continuado su camino hacia una zona ilumina­da simplemente por débiles destellos de luz roja.

Peron calculó la anchura de la puerta y vio que había espacio suficiente para que pudiera deslizarse, siempre y cuando quisiera arriesgarse a despellejarse los hombros. Se quitó la chaqueta, la colocó delante de él y se escurrió en el interior.

Estaba aún más frío y más oscuro de lo que había supues­to. Tiritó y se acurrucó contra la chaqueta. No podría que­darse allí mucho tiempo a menos que tuviera más ropa.

Peron reconoció la habitación: era la que estaba junto al camarote de Rinker. Había estado allí antes, durante sus exploraciones originales de la nave. Pero había una gran diferencia. En vez de un campo gravitatorio de un g, sentía que estaba en caída libre.

Vio el robot en el pasillo. Llevaba una botella vacía de la bebida fermentada que Rinker solía tomar durante sus solitarias comidas. El robot se le acercó y otra vez le ignoró. Dudó ante la puerta que mantenía abierta la bandeja y luego se dirigió a otra puerta y la atravesó tranquilamente. Al hacerlo, otro par de robots de servicio aparecieron al otro lado y se pusieron a trabajar para liberar el obstáculo y reparar la puerta.

Peron no se quedó a observar. Se introdujo rápidamente en el apartamento de Rinker. Este se encontraba sentado en una silla, completamente inmóvil, con la mano levantada y la boca abierta. Peron se quedó estudiándole durante varios minutos. Por fin, el capitán consiguió que la mano se mo­viera una pulgada hacia la boca abierta. Peron le tocó —las mejillas. Eran como mármol helado. Pasó la mano por de­lante de los ojos de Rinker, pero no hubo ningún parpadeo reflejo.

Aquello era prueba suficiente. Peron salió rápidamente y se dirigió a la sala de suspensión. Atravesó el comedor, donde las figuras inmóviles de Garao, Ferranti y Atiyah continuaban sentadas ante la mesa, convertidas en tres per­fectas esculturas de carne congelada.

La sala de suspensión estaba desierta. Peron se detuvo un momento delante de los sarcófagos. Una vez más examinó sus motivos. Arriesgar su propia vida era una cosa; poner en peligro la vida de sus amigos era otra. ¿No sería mejor esperar hasta que la nave llegara al misterioso Mando de los Inmortales y ver cómo trataban allí al grupo?

Intentó imaginar las respuestas que le darían los otros. Parte de su mente podía crear una conversación simulada con Lum, Kallen, Sy, Elissa y Rossane.

—No corréis peligro en los tanques, y no estoy seguro de cómo funciona el proceso para haceros volver a vivir. Pare­ce simple, ¿pero y si hubiera algún problema oculto? ¿No sería mejor que esperara hasta ver qué pasa cuando llegue­mos al Mando?

Imaginó que podía oír su respuesta:

—Diablos, no. Si hay algo que ninguno de nosotros pue­da soportar es que alguien dirija nuestras vidas. Lo sabes. ¿Por qué crees que nos consideran creaproblemas? Vamos. Creaproblemas. ¡Sácanos de aquí!

Examinó cada tanque por turno. Los controles eran todos idénticos. Podía cambiar el dial a L o a N, y había una tabla para indicar el procedimiento correcto para cada uno. El regreso de la hibernación al estado-N era un proceso largo. Duraría doce horas. Pero Peron no necesitaba montar guar­dia todo ese tiempo. Buscaría ropas de abrigo para cada uno: Elissa y los otros estaban desnudos a excepción de la película blanca que los cubría. Podría volver a forzar otra puerta y regresar a la zona más cálida donde estaban las cocinas en las que vivían los robots.

Pensó en bloquear la puerta de la sala de suspensión, pero decidió que no sería necesario. Si las cosas salían de acuerdo con el plan, su trabajo estaría terminado antes de que Rinker y los otros pudieran interferir.

Primero Elissa. No podía esperar para verla y charlar de nuevo con ella. Sólo tardó unos instantes en preparar y accionar el mando. Peron miró ansiosamente a través de la tapa transparente del tanque. En el interior sonó un ronro­neo de motores y después de unos segundos un vapor amarillo empezó a inundarlo. Entonces Elissa y todo lo demás quedaron completamente invisibles. Peron continuó de un tanque a otro, ajustando las condiciones que rescata­rían a sus amigos de la hibernación y les devolverían a la conciencia.

 

 

Para Elissa, el horror había comenzado cuando vio el estado en que se encontraba el traje de Peron: había queda­do roto y rasgado por el impacto contra la dura superficie de Remolino y posiblemente había quedado inutilizado para protegerle. Las temperaturas del exterior garantizaban que no podía sobrevivir.

Antes de que pudieran sentir plenamente la pena, Wilmer se hizo cargo de todo. Incluso la indiferente autoconfianza de Lum y el remoto aire de superioridad de Sy habían sido barridos por la sombría determinación del otro. Ha­bían hecho lo que había dicho Wilmer, y sin preguntas.

Primero había que crear una atmósfera respirable en el interior del domo. Entonces Elissa y Kallen habían despojado cuidadosamente a Peron de su traje y sus ropas. Su piel se había oscurecido y las venas sobresalían en la superficie amoratada. Elissa se inclinó sobre él. No podía ver ningún signo de respiración. Le buscó el pulsó, pero no pudo encontrarlo. Peron tenía la muñeca y la garganta heladas al contacto.

—Ayúdame a darle la vuelta —dijo Wilmer—, Tenemos que ponerle boca abajo. Bien. Ahora ve a ayudar a Lum con los controles de la temperatura. Tienen que ser precisos... y no querrás ver esto.

Incapaz de apartarse, Elissa miró de todas formas. Wil­mer se quitó los guantes del traje y se calzó otros de material fino y cristalino que se moldeó fijamente a su piel. Entonces flexionó los dedos un par de veces y sacó un escalpelo de su maleta verde. Hizo cuidadosas incisiones en la base del cuello de Peron y en la base de su espina dorsal, donde insertó finas sondas brillantes, que se intro­dujeron en el cuerpo de Peron, sin que tuviera que hacer ningún esfuerzo. Wilmer le colocó una mascarilla facial sobre la nariz y la boca y la conectó a un cilindro azulgris. Conectó una válvula y Elissa oyó el siseo del gas.

La temperatura en el interior del domo había subido un poco. Wilmer abrió su escafandra y olfateó el aire.

—Ya hay suficiente calor —dijo—. Sugiero que nos quite­mos los cascos y conservemos el aire en los trajes, puede que lo necesitemos.

Sacó otro cilindro de la maleta y se lo tendió a Elissa.

—Esto mejorará la atmósfera. Conéctalo al circulador central del domo y entonces podremos quitarle la máscara a Peron.

—¿Está vivo?

—De momento sí... Pero aún corre peligro.

Elissa llevó el cilindro a la unidad de circulación de aire, lo colocó en su posición y lo conectó. Al principio pareció que no sucedía nada. Luego el aire helado del domo se volvió denso y perfumado, como si le estuvieran quitando el oxígeno. Elissa se volvió hacia Wilmer con el ceño fruncido. Advirtió que el hombre había cerrado la escafandra de su traje. Quiso preguntarle qué estaba haciendo, pero no pudo hacerlo. El instante se alargó. Wilmer estaba inmóvil, observando y esperando. Elissa sintió un extraño momento de despegue, como si se estuviera alzando hasta el techo del domo y dejara atrás su cuerpo.

Y ahora... despertaba para ver que Peron estaba de pie, ansioso, ante ella.  Parpadeó hasta conseguir aclarar la imagen.

—¿Elissa? ¿Estás bien?

Él la rodeó con los brazos y la ayudó a sentarse. Ella tiritaba, de frío y de emoción. Se miró. En el domo había llevado ropas térmicas, pero ahora estaba desnuda, con excepción de una membrana transparente de tela fina.

¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado a este lugar? Hizo un esfuerzo para pensar con claridad. En el momento de despertarse, era difícil ser lógico. ¿Y qué importaba la lógi­ca? Peron estaba aquí, vivo. Ella se sentía de un modo extraño, helada pero despejada y alegre. Las explicaciones podrían esperar un poco más. Abrazó fuertemente a Peron.

—Aquí estoy —dijo. Todo era agradable y muy divertido—. Pero tengo frío, Peron.

—Bien, estás despertando. —Él señaló un montón de ro­pas que había al lado—. Ponte lo que te venga bien. Tengo que ver cómo les va a los otros.

—¡Peron! —Ella tiritó y le dio a Peron un abrazo tan fuerte que hizo que sus costillas crujieran—. Explícate. ¿Qué me ha pasado?

—Te lo diré más tarde. —Le devolvió el abrazo con más fuerza aún—. Vamos. Tal vez te necesite para sacar a Lum. Deberían haberle llamado «Leño».

Elissa rebuscó en la pila y encontró ropas adecuadas mientras Peron abría la puerta del siguiente tanque y trataba de sacar a su ocupante. Lum gruñía y juraba. Estaba seminconsciente, y se resistía en medio de su confusión.

—Espera. Déjame ayudarte. —Elissa se dirigió al otro lado y se asomó. Cogió a Lum por los pelos y le dio un tirón. El hombre se enderezó rápidamente, con los ojos desorbita­dos, y gimió en signo de protesta.

—No hacía falta hacer eso. Estoy despierto. —Cerró los ojos de nuevo y empezó a recostarse otra vez—. Está bien. Estoy despierto. Me levantaré dentro de un minuto.

—Tírale otra vez del pelo y luego ayúdale con la ropa —dijo Peron—. Mira a ver si encuentras algo que sea lo bastante grande. Kallen es el próximo, pero apuesto a que será más fácil. Rosanne me dijo que Lum duerme como un tronco, incluso en condiciones normales.

Unos pocos minutos después Rosanne y Kallen estaban despiertos, pero aturdidos. Peron les dejó suspirando y tiritando y buscando ropas de abrigo. Sy fue el último de todos. Recobró instantáneamente la conciencia. Ya al abrir los ojos se revolvía hacia los lados como un gato, adoptando una postura defensiva.

—Relájate —dijo Peron—. Estás entre amigos.

Sy le dirigió una mirada incrédula y echó un vistazo alrededor.

—¿Dónde estoy? Lo último que recuerdo es que nos encontrábamos en el domo de Remolino. ¿Qué sucedió?

—Es una larga historia. Ponte algo de ropa y sígueme. Os lo explicaré sobre la marcha.

Peron les condujo al comedor, donde Ferranti y los otros por fin habían mostrado signos de movimiento. Garao esta­ba a medio camino de la puerta, con un pie levantado del suelo.

—Quería que vierais esto para evitar discusiones —dijo Peron—, o que pensarais que había estado masticando dilason. Hace catorce horas yo estaba en ese estado. Eso es el espacio-L. ¿Recordáis lo mucho que nos preocupaba la idea de que los Inmortales pudieran viajar a las estrellas en solo días?

—Aún no lo creo —dijo Sy—. No se puede sobrepasar la velocidad de la luz.

—Tienes razón... pero también estás equivocado. Tengo una pregunta para todos vosotros. ¿Cuánto recorre la luz en un segundo, o en un año?

Hubo un breve silencio.

—Todos sabemos la respuesta —contesto Rosanne—. Así que supongo que es una pregunta de pega.

—En cierto sentido... La respuesta depende de tu defini­ción de lo que es un segundo o un año. Nos hemos equivo­cado en nuestras apreciaciones del espacio-L. No es ningún universo paralelo, ni el hiperespacio. Es el mismo espacio en que vivimos... pero con un estado de percepción cam­biada. Si queréis pruebas, mirad a esa gente.

Kallen había estado observando de cerca a Olivia Ferranti.

—Parece inconsciente —dijo suavemente—, Y tiene la piel fría. Pero sus ojos están abiertos. Están vivos, eso está claro. ¿Están hibernando?

—No. Todos están completamente conscientes. En ese estado se siente uno normal, excepto por unas cuantas diferencias sutiles. Pero sus metabolismos han sido ralentizados drásticamente. Son dos mil veces más lentos de lo normal. Eso es el espacio-L, y cambia tu percepción de todo. La luz viaja a trescientos mil kilómetros en uno de nuestros segundos. En uno de los suyos, lo hace a seiscientos millones. Para nosotros, el Sol está a dieciocho años luz. Para ellos, a poco más de tres días luz. Por eso hemos oído que los Inmortales pueden viajar entre las estrellas en sólo unos días. Sus días. Su tiempo transcurre tan lentamente que lo que a nosotros nos parece un día, para ellos es menos de un segundo.

Peron se acercó a Garao y le pasó la mano lentamente por delante de la cara.

—¿Veis? Ni siquiera saben que estamos aquí. Se dirigió a la figura inmóvil de Atiyah, le quitó el cinturón y lo colocó alrededor del cuello de Olivia Ferranti. —Dentro de unos veinte minutos se dará cuenta de que ha perdido el cinturón. Dentro de otra hora nuestra, empe­zará a preguntarse dónde habrá ido a parar. Pasará otra hora antes de que pueda hacer algo para recuperarlo.

Los otros hicieron su propia inspección, tocándole la piel y revolviéndole el pelo.

—¿Cómo lo consiguen? —preguntó Lum. —Igual que yo, cuando Wilmer me trató allá en Remoli­no. Sé que no es una gran respuesta, pero es la mejor que puedo darte. Tiene que haber un tratamiento complicado, pero debe estar bien sistematizado... y es completamente reversible. He estado en las dos zonas, como el capitán Rinker. Tuvo que volver al estado de vida normal para arreglar un problema técnico con la nave. Vamos a explorar­la. Necesitaremos esa información más tarde.

Peron les guió de regreso a la sala de suspensión y mientras lo hacía respondía a su torrente de preguntas. La nave en la que viajaban estaba en el espacio interestelar, dirigiéndose al Mando de los Inmortales, que se encontraba lejos de cualquier sol o planeta, a un año luz del sistema Cass.

Se movían sólo a una fracción de la velocidad de la luz... probablemente a un décimo. En Pentecostés pasarían casi diez años durante su viaje.

Los otros ganadores de la Planetfiesta no estaban a bor­do. Sólo podían hacer conjeturas sobre su destino, pero Peron pensaba que aún estarían en el sistema Cass, vivien­do probablemente en la Nave. Los otros contendientes posi­blemente se convertirían en Inmortales después de algún tipo de adoctrinamiento. Preferirían vivir en el espacio-L por la larga vida subjetiva que ofrecía y volverían a la vida normal, como había hecho Wilmer, sólo para misiones es­peciales.

—¿Cuánto vive un Inmortal? —preguntó Sy—, Es obvio que nadie puede ser completamente inmortal.

—Mil setecientos años.

Hubo otro largo silencio.

—¿Quieres decir mil setecientos años subjetivos —dijo Elissa por fin—. Eso son dos mil veces mil setecientos años ordinarios en Pentecostés... tres millones cuatrocientos mil. ¡Viven tres millones cuatrocientos mil años!

—Exacto —dijo Peron. No le había sido fácil ajustarse a aquella idea, y le alegraba ver que los otros tenían la misma reacción—. Naturalmente, eso es sólo una conjetura. Como dijo la doctora Ferranti, sólo pueden hacer estimaciones de la duración de su vida, porque nadie la ha vivido aún enteramente. Sólo han pasado unos veinte mil años desde que dejamos la Tierra, y allí nadie vivía en el espacio-L.

—Pero ¿y los efectos colaterales? —dijo Elissa—. Cuando se hace un cambio tan profundo...

—Sólo conozco un par de ellos —dijo Peron, y se pasó la mano por el pelo—. ¿Ves? Ha dejado de crecer, y creo que en el espacio-L estaba empezando a perderlo. Mejor que te prepares a perder esos maravillosos rizos, Rosanne. Creo que cuando cambias de metabolismo pierdes el pelo. Eso es lo que le sucedió a Wilmer, y al otro participante que conoció Kallen. En Remolino no lo pude creer cuando Wilmer me dijo que había tenido problemas, allí mismo, trescientos años antes. Ahora tiene sentido. Eso sucedió hace sólo unos meses en el espacio-L. Estuvo viviendo allí hasta acudir a la Planetfiesta. Un centenar de años en Pente­costés serían sólo unas pocas semanas para él.

—Eso explicaría por qué sólo vimos vídeos de los anti­guos ganadores —dijo Lum—. No volvieron a Pentecostés. Pero no hay problema con los vídeos, pueden grabarlos a la velocidad de espacio-L y luego acelerarlos para que parez­can normales. Las apariciones personales son imposibles a menos que regresen al tiempo normal. Al Espacio-N, como lo llamaste.

—Y no querrán hacerlo —dijo Peron—. Cuando se abando­na el espacio-L se pierde el beneficio de la vida ampliada. Tienes que comer comida especial, y no te sientes normal del todo. Pero la gente haría cualquier cosa para incremen­tar veinte veces su tiempo de vida subjetiva.

Llegaron de nuevo a la cámara de suspensión. Peron les hizo entrar y atravesaron uno de los sarcófagos, usándolo como un camino hacia las otras partes de la nave. Hubo un substancial cambio de temperatura cuando pasaron a tra­vés del tanque de suspensión, y todos se desabrocharon las ropas.

—Os diré una cosa que no comprendo —dijo—. Cuando estaba en el espacio-L, sentía como si estuviera en un entorno de un g. Ahora estamos exactamente en la misma parte de la nave, pero en caída libre. No veo cómo puede suceder eso.

Guardaron silencio durante un rato, y entonces Kallen tosió.

—¡El efecto de T al cuadrado! —dijo suavemente.

—¿Qué?

—Tiene razón —dijo tranquilamente Sy—. Muy bien, Ka­llen. ¿No ves lo que dice, Peron? La aceleración se refiere al cuadrado del tiempo. Distancia por segundo y por segundo. Cambia la definición de segundo y por segundo cambia la velocidad percibida. Por eso pueden viajar años luz en lo que consideran unos pocos días. Pero cambia también la aceleración percibida. Y cambiará aún más para nosotros. El cuadrado del promedio de tiempo relativo.

—Lo cual es otra razón para que los Inmortales no bajen a la superficie de los planetas —intervino Lum—. Quieren pasar el tiempo en el espacio-L para incrementar su período de vida subjetivo, pero entonces eso les fuerza a vivir en un campo de aceleración muy débil. No pueden soportar la gravedad.

—Ni siquiera un campo débil —añadió Rosanne—. Se cae­rían antes de que supieran que habían perdido el equili­brio. ¿Cuál dijiste que era el factor tiempo? ¿Dos mil a uno? Entonces incluso percibirían una millonésima de g como si fuera un campo de cuatro g. Tienen que vivir en caída libre. No tienen otra alternativa. Pero perciben incluso una millo­nésima de g como gravedad normal.

Peron miró alrededor, disgustado.

—De acuerdo. Todo el mundo lo ha visto con facilidad menos yo. Intentad comprender este otro problema. Decid­me qué es lo que pasa fuera de la nave. Una de las razones por las que al principio pensé que el espacio-L tenía que ser alguna clase de hiperespacio fue la visión desde las portillas. Cuando te asomas, no se ve ninguna estrella. Todo lo que se ve es una especie de neblina brillante. Es de un tono amarillo blancuzco, y está en todas partes.

Esta vez no hubo ni siquiera un momento de pausa.

—Cambio de frecuencia —dijo Sy de inmediato—. Veamos.

Dos mil a uno. Así que la longitud de onda que tus ojos pudieron ver sería dos mil veces más grande. En vez de una luz amarilla a medio micrómetro, verías el amarillo a una longitud de onda de un milímetro. ¿Adonde nos llevaría eso?

Hubo un siseo.

—Al Big Bang —susurró Kallen.

—La radiación cósmica de tres grados —dijo Rosanne—. ¡Dios mío! Peron, viste la radiación residual del principio del Universo. ¡La viste con tus propios ojos!

—Y es uniforme e isotrópica —añadió Lum—. Por eso parecía una neblina generalizada. Con esa longitud de onda no se obtiene una señal fuerte de las estrellas o de las nebulosas, sólo un campo continuo.

Peron miró a Elissa.

—No digas nada. También tú me dirás que es obvio. Supongo que así es. Pero fue mucho más confuso cuando no tenía ni idea de que estaba tratando con distintas escalas de tiempo. No podía imaginarme dónde estaba ni que el Universo tuviera ese aspecto. Intentad una cosa más. Esta vez sé qué es lo que pasa, pero necesitaré ayuda. Especial­mente de Sy y Kallen. Sois nuestros especialistas en ordena­dores.

Les condujo a través de los estrechos corredores hasta la cámara donde los pacientes robots estaban sentados en filas silenciosas. Los otros contemplaron atentamente cómo tres de las máquinas cobraban vida y pasaban junto a ellos.

—No os preocupéis —dijo Peron—, No se mueven con la rapidez suficiente para ser peligrosos. Podemos quitarnos de en medio e incluso esquivarles si tenemos que hacerlo. Son los encargados del mantenimiento de la nave. Todas las funciones normales son automáticas y están bajo control del ordenador. Una persona puede dirigirlo todo, e incluso puede que sea innecesario excepto para casos de emergen­cia. Pero los robots me confundieron. Cuando me encontré en el espacio-L, creí que me estaba volviendo loco. Esas máquinas eran parte de la razón. Las demás personas a bordo de la nave podían hacer que las cosas sucedieran por arte de magia. Pedían que se hiciera algo, o pedían que se llevaran alguna otra cosa, y se cumplía al instante. —Peron chasqueó los dedos—. Así de fácil. Intenté hacer lo mismo, pero conmigo no funcionaba. Cuando llegué aquí y vi a los robots, comprendí por fin qué era lo que había estado pasando. Las máquinas responden a las órdenes que da la gente que está en el espacio-L. El ordenador de la nave debe estar codificado según las voces. Cuando alguien cuya voz está registrada da una orden y ésta es reconocida, el ordenador moviliza a los robots para que ejecuten las ins­trucciones. No se mueven muy rápido, pero no les hace falta hacerlo. Son suficientemente rápidos para ser invisi­bles en el espacio-L. Aunque los robots tarden diez minutos en servirte una bebida, o en llevarte de una parte de la nave a otra, tú no te das cuenta. Tal como tú lo percibes, es sólo una fracción de segundo.

Los otros se habían acercado a las filas de robots y los observaban con curiosidad.

—Parecen bastante comunes —dijo Sy—. Nunca he visto este diseño antes, pero están controlados por ordenador. Deberíamos comprender cómo darles instrucciones.

—¿Pero por qué? —preguntó Rosanne—. Aunque lo com­prendiéramos, ¿qué se supone que podemos hacer?

—Averiguar el código —contestó Peron—. Cambiarlo. Ha­cer que también nuestras voces puedan dar órdenes acepta­bles. Y tal vez que el sistema no responda al capitán Rinker y a los otros del espacio-L.

—Pero ¿para qué servirá esto? —preguntó Elissa. Parecía aturdida.

Lum le sonrió.

—¿No está claro? —Se volvió hacia Peron—, Tengo razón, ¿no? Rinker no se equivoca, Peron. Eres un creaproblemas. Intentas hacerte con el mando de esta nave. Entonces po­dremos ir a visitar el Mando de los Inmortales, esté donde esté, y en nuestros propios términos.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

21

 

 

 

 

Olivia Ferranti parpadeó. La textura de la iluminación parecía un poco diferente, no era como la recordaba de la última vez que salió del espacio-L. Su cuerpo era ligero, flotante, como si dejara parte de ella en el suelo acolchado del contenedor.

Tembló y se enderezó lentamente, frotándose los brazos helados. Entonces cobró plena conciencia. La estaban ob­servando. Cinco caras la miraban a través de la tapa transpa­rente del tanque de suspensión. Se dirigió a la puerta del sarcófago y la abrió. Peron estaba allí, esperando nerviosa­mente.

—¿Leyeron nuestro mensaje? —dijo.

—Naturalmente que lo hicimos. Estaban ustedes viéndo­nos, ¿no?

Él asintió.

—Les dijimos que enviaran a alguien de inmediato. Pero parece que se han tomado muchísimo tiempo.

Olivia Ferranti respiraba profundamente, ajustándose al sabor familiar, pero sorprendente, del aire en sus pulmo­nes. Se encogió de hombros, tanto para hacer un experi­mento muscular como para emitir un mensaje corporal.

—Cuatro días. Cuatro días aquí. Pero sólo hablamos unos minutos en el espacio-L. A eso lo llamo una respuesta rápida. —Miró a su alrededor, a Peron y a los otros—. Tran­quilícense. He venido sólo para hablar. ¿Qué creen que voy a hacer, derribarles y atarles? Cualquiera de ustedes podría vencerme en una pelea. Son los ganadores de la Planetfiesta, ¿recuerdan?

—Recordamos —dijo Peron—. Sólo queremos asegurarnos de que ustedes también lo hacen. ¿Por qué está usted aquí y no Rinker?

—Hizo la transición hace muy poco, hace sólo un par de horas, cuando los sistemas automáticos empezaron a fallar. Cuando se hacen las transiciones muy juntas se producen efectos perjudiciales. En realidad, las transiciones frecuen­tes acortan el período de vida subjetiva. Y además no se fía de ustedes.

Se pasó la lengua por los labios.

—Supongo que piensa que soy más prescindible. Miren, sé que tienen prisa por hablar, pero me gustaría tomar un vaso de agua.

Peron miró brevemente a los otros y luego les condujo a través del tortuoso corredor hasta la cámara central de proceso de alimentos de la nave.

—Realmente no quería que nadie hablara con ustedes —dijo Ferranti mientras recorrían el pasillo—. Pero estuvo de acuerdo en que no había otra alternativa. «Serán como una banda de monos salvajes», dijo. «¡Manipular mi nave! No saben cómo funciona nada. ¡Dios mío, no hay manera de saber qué pueden hacerle!»

La doctora miró a las caras que observaban de cerca cada uno de sus movimientos.

—Tengo que decir que estoy de acuerdo con él. Estoy segura de que se sienten muy orgullosos, ahora que lo tienen todo bajo control. Pero podrían destruir esta nave por accidente. Da miedo. Son ustedes listos, pero hay tantí­simas cosas que no conocen...

—Entonces, ¿por qué no nos explican algunas? —dijo Sy con voz hosca—. Descubrirá que aprenderemos rápido.

—No soy quién para decirles nada y además hay cosas que ni yo misma sé. Y antes de que les dé un ataque de paranoia, les diré la razón por la que evitamos decírselo. Hay una lógica detrás, y por eso no se les contó todo en Re­molino.

Habían llegado a la sala de cocinas. Olivia Ferranti se inclinó sobre un surtidor y tomó un largo sorbo de agua. Luego suspiró y sacudió la cabeza.

—Ésta es una de las cosas que realmente echo de menos. El agua no sabe bien en el espacio-L. —Se volvió hacia el grupo—. ¿Qué es lo que saben de la historia de su civiliza­ción en Pentecostés?

—Sabemos que los primeros pobladores vinieron de la Nave —dijo Peron—, Se llamaba Eleonora, y zarpó de un planeta llamado Tierra miles de años antes.

—Algo es algo. —Olivia Ferranti se quedó flotando sobre el suelo, con las piernas cruzadas, e hizo un gesto a los otros para que se congregaran a su alrededor—. Y si se parecen ustedes a la mayoría de los candidatos de Pentecos­tés que adoctrinamos, eso es casi todo lo que saben. Pón­ganse cómodos. Tengo que darles una lección de historia. Puede que haya partes que no les gusten, pero sopórtenla conmigo.

«Eleonora era la mayor y más avanzada de la media docena de arcologías que fueron construidas como naves coloniales en el Sistema Solar, hace más de veinticinco mil años terrestres. Las arcologías fueron construidas en órbita alrededor de la Tierra. Cuando Eleanora estaba a punto de ser terminada y los colonos habían llegado a bordo, las naciones del planeta hicieron lo que habíamos temido durante generaciones. Se volvieron locos. Alguien apretó el gatillo, y después no hubo forma de hacerlo parar. Fue una guerra nuclear a escala mundial.

«Entonces había casi treinta y cinco mil personas vivien­do fuera de la Tierra. Trabajaban en la minería y la construc­ción, o en aplicaciones de satélites y estaciones, o eran habitantes de las naves coloniales. Todos nosotros contemplamos indefensos cómo el mundo explotaba ante nuestros ojos. Y al principio ninguno supo qué hacer a continuación. Nos quedamos paralizados por el shock y el horror.

—Ha dicho usted «nosotros». ¿Quiere decir que estaba usted allí? ¿En persona? —preguntó Elissa.

—Lo estaba. En carne y hueso. Era médico en una de las estaciones orbitales. —Olivia Ferranti sacudió la cabeza y se frotó suavemente los ojos. Parecía estar mirando más allá del círculo de sus acompañantes, más allá del tiempo y del espacio, directamente hacia la muerte de un planeta—. Al principio no pudimos creerlo. La Tierra no podía des­truirse así. Sabíamos que en la superficie tendría que haber sido terrible, porque habíamos visto cómo todo el globo se convertía, en unas pocas horas, de una canica verdeazulada en una uva negra y púrpura, y las columnas de humo habían llegado hasta la estratosfera. Incluso así, era difícil aceptar­lo. De alguna manera, más allá de la lógica, creíamos que el daño era temporal y que las naciones se recuperarían. Espe­ramos alguna señal de radio de los grupos supervivientes, mensajes que pudieran decirnos que la civilización continuaba aún, bajo aquellas nubes oscuras de polvo y humo. Nunca recibimos ninguna señal. Después de unas semanas enviamos lanzaderas a la atmósfera, protegidas contra los altos niveles de radiación y diseñadas para rebasar la barre­ra de nubes y examinar la superficie. Había tanto polvo en el hemisferio norte que no pudimos ver nada, ni siquiera a baja altura. Intentamos dirigirnos al sur, y después de un par de meses lo certificamos. Era el fin.

Sabíamos que no podíamos dejar de lado la probabilidad de que hubiera supervivientes aislados que se aferraran a la vida en la oscuridad. Pero a medida que pasaba el tiempo incluso esa esperanza empezó a parecemos más y más re­mota.

«Sabíamos que algunas plantas sobrevivirían; y estába­mos seguros de que habría vida en el mar, pero no teníamos idea de cuánta. Intentamos calcular lo que le pasaría a la cadena alimenticia cuando la fotosíntesis se redujera a me­nos de la décima parte de su valor usual, pero no teníamos fe en los resultados. Era el final para la humanidad en la Tierra. Y sentimos como si también fuera nuestro fin. Nos sentimos como un puñado de plañideras que giraran en torno a la pira funeraria de todos nuestros amigos y parien­tes.

«Estábamos demasiado conmocionados para pensar con lógica, pero desde luego éramos mucho más que un puña­do. Como he dicho, había treinta y cinco mil personas, con una ligera supremacía de los hombres sobre las mujeres. Y teníamos gran cantidad de energía y materiales disponibles. No había duda de que podríamos sobrevivir bien, si cuidá­bamos nuestros recursos y trabajábamos juntos. Sabíamos que pasarían siglos antes de que la Tierra pudiera ser revisitada y repoblada, pero no había ninguna razón para que no pudiéramos continuar indefinidamente como una sociedad estable en el espacio.

Ferranti sonrió amargamente.

—Sabe Dios que muchos de nosotros habíamos dicho exactamente que queríamos vivir así. Luego, cuando ya no tuvimos alternativa, la mayoría soñaba que se encontraba de regreso en la Tierra.

»Hay una cosa buena en los seres humanos: olvidamos. La desesperación no puede durar eternamente. Nos agrupa­mos, poco a poco, y comenzamos a pensar de nuevo. Por fin, en la Estación Salter, dispusimos una conferencia por radio con todos los grupos. Era difícil mantenerla, porque una de las arcologías había llegado cerca de Marte y teníamos que esperar mucho tiempo para recibir su señal. Pero conseguimos enlazar con todas las arcologías, con los grupos mineros que habían estado trabajando en los aste­roides Amor y con los científicos que habían estado cons­truyendo una estación en la otra cara de Luna. Todo lo que había en el espacio era controlado por la Estación Salter, y por eso parecía natural que continuáramos siendo los organizadores.

»Natural para nosotros, los de la Estación Salter. Pero los otros no lo veían de la misma forma.

»Las arcologías habían sido preparadas para que fueran autosuficientes en la medida de lo posible, con centrales energéticas independientes y sistemas de reciclaje seis-nueve. Las otras instalaciones espaciales eran diferentes, dependían de suministros enviados por la Tierra, o de los recursos espaciales proporcionados por las industrias mi­neras.

»La primera sesión para discutir la posibilidad de com­partir los recursos salió bien. Todo el mundo participó. Pero cuando llegó el momento de actuar, tres de las arcolo­gías se echaron atrás. Creo que cada una operó indepen­dientemente, sin consultarlo con otras. Tenían miedo. Te­mían que el grupo total no pudiera autoabastecerse, aun­que no tenían ninguna duda sobre su propia capacidad para sobrevivir. También había otras razones. Desde el principio las arcologías habían estado desarrollando sus propias pre­ferencias y diferencias políticas y sociales. Los iguales se agrupan. Los colonos tendían a dirigirse al mismo lugar que sus amigos, y evitar una colonia donde sus puntos de vista fueran ridiculizados o estuvieran en minoría. La última cosa que Helena, Melissa y Eleonora querían era una fusión con la Estación Salter y las otras arcologías. Ni siquiera admitie­ron que no iban a cooperar. Simplemente cortaron el con­tacto por radio y se alejaron de la Tierra.

»Los demás estábamos furiosos, pero no le dimos tanta importancia como pueden pensar. Teníamos que hacer mu­chas cosas sin ellos durante los primeros años: teníamos que establecer nuestro propio sistema, todo lo autosuficiente y seguro que pudiéramos. Eso requería el noventa y nueve por ciento de nuestras energías. Y el resto se dedica­ba a trabajar en la supervivencia con el metabolismo reduci­do, lo que finalmente llamamos existencia en el espacio-L. Como médico aquello me interesaba de modo natural, y después de una temporada empecé a trabajar en ese tema exclusivamente. Tras pasar un par de meses con los prime­ros experimentos con sujetos humanos, quedó claro que teníamos algo absolutamente revolucionario, algo que cam­biaba nuestras ideas sobre la percepción y sobre la concien­cia humana. Pero pasaron varios años más antes de que viéramos las otras implicaciones. Con nuestro trabajo, la humanidad había encontrado el camino fácil a las estrellas.

»No era necesario utilizar arcologías multigeneracionales, ni naves más rápidas que la luz...

—...que parecen ser imposibles —murmuró suavemen­te Sy.

—Que pueden ser imposibles —dijo Ferranti—. Conserve una mentalidad abierta. De todas formas, no las necesitába­mos. Las investigaciones sobre el sistema impulsor de la Estación Salter nos permitieron acelerar una nave hasta la décima parte de la velocidad de la luz, y eso era suficiente. En la conciencia de Modo Dos (el espacio-L), un ser huma­no podía permanecer completamente consciente, experi­mentar una vida subjetiva más amplia y viajar por toda la Galaxia, en sólo una vida.

»Eso abrió una nueva crisis. A todos les encantó la idea de vivir más tiempo. Si era seguro. Pero todos temíamos los posibles efectos colaterales.

»Nos dividimos en dos grupos. Algunos quisimos trasla­darnos al espacio-L y esperar allí al menos hasta que la Tierra fuera de nuevo habitable. Nadie sabía cuándo sería, pero en el espacio-L podíamos permitirnos esperar siglos y percibirlos sólo como semanas. Otros tuvieron miedo. Ar­gumentaron que había demasiadas incertidumbres y dema­siados riesgos en el espacio-L; hasta que no se redujeran, sería mejor permanecer en nuestra percepción normal.

Olivia Ferranti sonrió tristemente.

—Los dos grupos tenían razón, como se descubrió luego. La Tierra se recuperaba lentamente. Pasaron más de mil años antes de que se desarrollaran nuevas plantas estables y comunidades de animales. Ninguno de nosotros había ima­ginado que sería tanto tiempo. Y al mismo tiempo, empeza­mos a descubrir serias consecuencias físicas tras vivir en el espacio-L.

«Afortunadamente no peleamos por nuestras diferencias de opinión sobre el traslado al espacio-L. Tal vez la destruc­ción de la Tierra nos había enseñado a resolver pacífica­mente los conflictos. Estuvimos de acuerdo en emprender ambas acciones. La mayoría eligió quedarse tal como esta­ba, creando una sociedad decente en un entorno espacial. Tras unas pocas generaciones, quedó claro que la vida en el espacio era tan satisfactoria como la mayoría había espera­do. Pero unos pocos centenares nos habíamos trasladado al espacio-L, utilizándonos a nosotros mismos como sujetos para el experimento que podría reducir el riesgo de aque­llos que nos siguieran. Mientras lo hacíamos, descubrimos un nuevo modo de cambio metabólico, éste era una auténti­ca animación suspendida. Cinco de ustedes han experimen­tado ese tipo de hibernación aquí en la nave. Aún no sabemos cuánto tiempo se puede permanecer a salvo e inconsciente de esa manera, pero desde luego es bastante, como mínimo miles de años.

»El traslado al espacio-L tuvo dos consecuencias impor­tantes. Primero, nos dimos cuenta de que no podíamos volver a vivir en la Tierra, ni en ninguna parte que tuviera un campo gravitatorio sustancial, aunque quisiéramos. Eso se dedujo a partir de los experimentos que hacíamos con animales, y fue una razón de peso para mantener las investi­gaciones de trabajo en órbita, lejos de la Tierra. Verán, las aceleraciones percibidas...».

—Lo comprendemos —dijo Peron—. Kallen y Sy lo dedu­jeron.

—Muy listos. —Olivia Ferranti miró al grupo con apre­cio—. Cuando acabe, tal vez puedan hablarme un poco sobre ustedes. Todo lo que sé, hasta ahora, es lo que me han contado Peron y el capitán Rinker.

—¿No se estará preguntando qué es lo que pasa? —dijo Rosanne. Entonces se calló y se llevó la mano a la boca.

—Lo hará, dentro de unos cuantos días. —Ferranti sonrió y Rosanne le devolvió la sonrisa. La tensión inicial estaba desapareciendo. Todos iban quedando absortos por el rela­to en primera persona de la historia remota.

Olivia Ferranti se apoyó contra la pared y se quitó el capuchón azul de la cabeza, dejando ver una mata de rizos negros.

—Tenemos mucho tiempo. En este momento, el capitán Rinker y los otros apenas saben que me he marchado.

—¡Pero si tiene pelo! —señaló Lum.

Olivia Ferranti enarcó las cejas.

—Me alegra oír que lo cree.

—Se lo dije —explicó Peron—. Creía que el espacio-L te deja calvo.

—Es cierto. ¿No han oído hablar en Pentecostés de las pelucas? La mayoría de los hombres en el espacio-L no le dan importancia, pero no me atrevo a enfrentarme al mun­do con la cabeza calva. Decidí qué aspecto me gustaba tener, mucho antes de soñar con el espacio-L. Además, tengo un cráneo abultado que no me gusta mostrar a nadie. —Se palpó los rizos—. Lo prefiero así. Lo bueno que tiene es que jamás se volverá gris.

—¿Qué más provoca el espacio-L? —preguntó Sy. Más que ningún otro, a excepción de Kallen, que como siempre no hablaba, Sy parecía reservado y frío ante los cálidos moda­les de Olivia Ferranti.

—A eso voy —respondió ella—. Concédame unos pocos minutos antes de referirme a ello. Quiero hacer esto en orden lógico y explicar qué le sucedió a la Tierra después de su destrucción. Es importante que lo sepan para que puedan comprender por qué nos comportamos de la mane­ra en que lo hacemos en el sistema Cass.

«Mientras estábamos aún atareados edificando una socie­dad estable fuera de la Tierra, y algunos aprendían a vivir en el espacio-L, no tuvimos tiempo para preocuparnos por lo que le había sucedido a la Eleanora y a las otras arcologías. Y, para decir la verdad, nos importaba un comino. Nos habían abandonado egoístamente, decía nuestra lógica, así que al diablo con ellos. Por nosotros podrían alejarse y pu­drirse.

«Pero después de eso, los que estábamos viviendo en el espacio-L nos volvimos bastante curiosos. Yo fui una de las veinte primeras personas en experimentar la hibernación en Modo Dos. Verán, sabíamos que teníamos las estrellas al alcance de la mano. Teníamos el impulso que necesitába­mos, y el tiempo que nos hacía falta. Y Helena, Melissa y Eleanora se habían encaminado fuera del sistema solar y en direcciones diferentes. No sabíamos hasta qué punto el motivo de su marcha era el interés por explorar y hasta qué punto era el miedo a nuestras represalias. Nosotros no planeábamos venganza de ninguna clase, ¿pero cómo iban a saberlo ellos? Las tres habían mostrado temor a ser coloni­zadas. Nos sentimos cada vez más y más deseosos de averi­guar qué había sucedido con aquellas tres arcologias.

«Por fin equipamos cuatro naves con robots de servicio, similares a los de esta nave, y con sistemas de soporte vital limitado. No necesitábamos reciclaje perfecto, sólo lo sufi­ciente para unos pocos meses de viaje en el espacio-L. El diseño final dio a las naves un alcance de exploración de cincuenta años luz. Con la lenta velocidad de las arcologías, sabíamos que no podrían estar más lejos. Y los perfiles estelares en las cercanías del Sol nos dieron una idea bas­tante aproximada de dónde era probable que se dirigieran las naves coloniales. Los sistemas políticos cambian, pe­ro las limitaciones físicas continúan. Pensamos que los encontraríamos a veinte años luz de distancia.

«Cuando lo tuvimos todo dispuesto, nuestras naves par­tieron con tripulaciones compuestas por voluntarios. Tenía­mos cantidad de gente voluntaria para hacer el viaje. Yo misma me apunté, pero no lo conseguí. Había muchos con mejores cualificaciones que yo para hacer un crucero inter­estelar.

«Luego resultó que habíamos sobreestimado la distancia que habían recorrido. No habíamos tenido en cuenta todas las dificultades que Melissa y las otras naves podrían tener a bordo. El viaje no había sido fácil. Se había producido una guerra civil en Melissa, un colapso económico en Eleanora y un fallo en la central energética de Helena. Estas varia­bles afectaron tanto a su velocidad como a su dirección. Helena había dado la vuelta y regresado rumbo al Sol, hasta que se solucionó el problema y pudieron continuar.

«Nuestras naves no tuvieron problemas en seguir la pista de las arcologías. Después de todo, no tenían razones para esperar que las persiguieran, y no se ganaba nada ocultando su presencia. Pero, cuando las alcanzamos, descubrimos que ninguna arcología había encontrado un planeta habita­ble, y que aún estaban en pleno espacio interestelar. Des­pués de informarnos —la señal de radio en el espacio-L estaba sólo a un par de días—, se acordó no entablar contac­to con ellas. Decidimos permanecer sin hacer nada y no interferir a menos que se encontraran en peligro de extin­ción. No nos habían pedido ayuda y no queríamos dársela. Permitiríamos que vuestros antepasados vagaran hasta que encontraran un planeta habitable o hasta que decidieran que les convenía más vivir permanentemente en el espacio. Entonces reconsideraríamos un posible contacto.

«Nuestras naves dejaron sondas de rastreo automático para seguir a las arcologías e informar de sus movimientos, y regresaron a casa.

«Puede parecerles extraño que sintiéramos tan poco in­terés por las arcologías. Pero no teníamos prisa. Podíamos esperar en el espacio-L y ver qué sucedía. Y, ciertamente, teníamos muchas otras cosas que nos interesaban, porque para entonces volvíamos a visitar la Tierra de forma regu­lar.

«Seguíamos teniendo dudas de que los humanos pudie­ran vivir en ella. El largo invierno nuclear había extermina­do el noventa por ciento de las plantas y todas las formas de vida terrestres mayores que las ratas. Y me refiero a las ratas de la Tierra, no a esos monstruos de treinta kilos que llaman ratas en Pentecostés. También descubrimos que las plantas y animales supervivientes habían cambiado. Los vegetales eran irreconocibles. Muchas de las antiguas plan­tas sabían de manera diferente, y algunas habían perdido sus valores nutritivos. Nos dimos cuenta de que pasarían milenios antes de que la Tierra se restaurara y se convirtiera en un mundo donde se pudiera vivir. Pero, curiosamente, todos pensamos que el esfuerzo merecía la pena, incluso aquellos que habían encontrado la vida en la Tierra absolutamente intolerable antes del holocausto.

«Cuando comenzaron las visitas a la Tierra, empezamos a sentirnos mucho más cómodos en el espacio-L. Algunos de nosotros llevábamos viviendo en él durante muchas genera­ciones terrestres, y todos nos encontrábamos bien. Mejor que bien, porque no parecíamos envejecer en absoluto. Nuestra mejor estimación, basada en datos limitados, era que el promedio de envejecimiento era veinte veces más lento subjetivamente que en el modo normal de vida. Eso se traducía en mil setecientos años de vida subjetiva, y aunque estuviéramos equivocados en un factor de dos, la idea seguía siendo poderosamente atractiva.

«Cuando nuestros resultados se hicieron públicos, mucha más gente quiso trasladarse al espacio-L, naturalmente. No sucedió de la mañana a la noche, pero al correr del tiempo aprendimos cómo hacer la transición en los dos sentidos, con peligro mínimo. Para entonces ya conocíamos también el gran problema al que nos enfrentábamos con la existencia en el espacio-L.

—Sigue refiriéndose a problemas y nunca nos dice cuáles son —dijo Elissa—. ¿Qué problema?

—No lo he dicho porque se supone que no puedo hablar. Ningún habitante de Pentecostés debería saber lo que voy a decirles a menos que reciba un fuerte adoctrinamiento, y ninguno de ustedes lo ha tenido. Pero advertirán el proble­ma, por sí mismos, en cuanto lleguemos al Mando local, así que no voy a revelar ningún gran secreto.

Olivia Ferranti se llevó las manos a las mejillas y entornó sus ojos.

—No verán ningún niño en el Mando —dijo bruscamen­te—. Las mujeres no pueden concebir en el espacio-L, ni los hombres producir esperma activo. El espacio-L es un lugar maravilloso para un individuo, pero es un callejón sin sali­da en la evolución. Peor aún, todo aquel que haga transicio­nes frecuentes entre el espacio-L y el espacio normal sufre una reducción de la fertilidad.

«Eso nos presentó una elección terrible. ¿Optábamos por vivir más tiempo en el espacio-L o garantizábamos la super­vivencia de la raza humana permaneciendo en el espacio normal?

«Cuando aún nos devanábamos los sesos sobre ese pro­blema, recibimos una señal de la sonda que había estado siguiendo a Melissa. La nave colonial había encontrado un planeta habitable. Lo estaban explorando. Eventualmente, descubrimos que lo habían llamado Thule.

«Estaba a doce años luz de la Tierra, lo que significaba cuatro semanas de viaje en el espacio-L, contando con la aceleración y la deceleración. Creo que no lo he menciona­do, pero nunca hemos conseguido dar con un sistema que nos lleve a más de la décima parte de la velocidad de la luz. Eso, de todas formas, no tenía importancia. Como pueden ver, no se está mal cuando se vive en el espacio-L.

«Nuestra nave partió y entró en contacto con Melissa. Ese primer encuentro fue traumático para sus habitantes. Ha­bían dejado la Tierra doce mil años antes... quinientas generaciones a bordo de la nave. La Tierra no era nada más que una leyenda distante. Era algo de lo que aún se habla­ba, pero las historias sobre la destrucción de la Tierra eran consideradas al mismo nivel que los cuentos sobre el Jardín del Edén. Cuando nuestra tripulación contactó con ellos y anunció que recordaba la muerte de la Tierra, los melissanos lo encontraron difícil de aceptar.

«Después de haber aprendido algo de su historia desde que salieron del Sistema Solar, pudimos comprender el porqué. Nunca habían tenido un gobierno estable y digno que durara más de un siglo. Encontramos evidencia históri­ca de todas las formas de gobierno, desde el control del agua al neoconfucionismo. Cuando descubrieron Thule se estaban recuperando de los efectos de una larga dictadura. Su recelo era considerable. Incluso los más racionales te­nían dificultades para creer que nuestras intenciones eran completamente inocentes, nada más que una curiosidad por saber cómo se las componía otra cultura sin ningún tipo de hogar planetario. No nos quisieron permitir que visitára­mos su colonia en Thule. Para decirlo con suavidad, no se fiaban de nuestras intenciones.

Olivia Ferranti meneó lentamente la cabeza.

—Y, por supuesto, tenían toda la razón para hacerlo. Ni siquiera en el espacio-L se está a salvo de los accidentes o de la enfermedad. Inevitablemente habría muertes, y sin posibilidad de reproducción, veíamos a nuestra sociedad camino de su extinción, no inmediatamente, sino dentro de muchos miles de años terrestres. Vimos una posible res­puesta en Melissa y las otras naves coloniales.

»Éramos desorbitadamente estúpidos o simplemente ingenuos. Para que los melissanos nos creyeran y para demos­trarles que podíamos recordar la guerra exterminadora de la Tierra, les revelamos el espacio-L.

»Se volvieron locos. Desearon el espacio-L más que nin­guna otra cosa del Universo. Nuestras propias experiencias nos habían confundido. Habíamos sido lentos en aceptar el espacio-L y trasladarnos a él. No nos dimos cuenta de que nuestra reticencia no podía aplicarse a ellos. No habían estado presentes en los primeros experimentos, los peligro­sos. Para ellos, nuestra sola existencia probaba que el espacio-L era un lugar seguro. Así que pensaron que les estába­mos engañando deliberadamente, atormentándoles al de­jarles ver la inmortalidad, mientras rehusábamos compartir con ellos nuestros secretos.

»La mayor parte de la tripulación de nuestra nave había subido a bordo de Melissa. Eran ocho hombres y seis muje­res. Les apresaron y trataron de sacarles el secreto del espacio-L por la fuerza. Fue inútil. El equipo necesario para la conversión estaba en la nave, como está en ésta, y la tripulación lo había utilizado para pasar del espacio-L al tiempo de percepción de los melissanos. Pero no sabían la teoría, como tampoco la saben el capitán Rinker o Garao.

»Los inquisidores les torturaron hasta la muerte. Sólo dos que se habían quedado en la nave pudieron escapar y regresar para contarnos lo que había sucedido.

«Entonces adoptamos nuestra primera regla para relacio­narnos con todas las arcologías y los mundos colonizados. Tendríamos un contacto limitado que sería llevado a cabo con gran cuidado y siguiendo unas reglas fijas. Nunca sal­dríamos al espacio normal para establecer contacto como se había hecho con Melissa. El contacto se haría a través de robots intermediarios; y nunca, nunca, bajo ninguna cir­cunstancia, nos permitiríamos caer en manos de los co­lonos.»

Olivia Ferranti se encogió de hombros. —Ésta es otra regla que hemos roto en esta nave. Bien, saltémonos unos miles de años. Entonces, otra de las arco­logías, Helena, encontró por fin un planeta habitable. Lo llamaron Mundo Faro, lo colonizaron y se trasladaron a él. Entonces aprendimos otra lección. Mundo Faro fue coloni­zado mucho antes de que enviáramos una nave a visitarlo. Cuando nuestra nave lo alcanzó, descubrimos que la pobla­ción se había incrementado de los pocos miles del princi­pio a cuarenta millones. Pero, mientras tanto, gran parte del conocimiento científico se había perdido, o había degene­rado hasta convertirse en leyendas.

«Intentamos ayudar. Reintroducimos las bases para una tecnología más avanzada. Estaban ansiosos por recibir infor­mación nuestra, pero la aplicaron al desarrollo de armas. Entonces empezaron una guerra entre los dos principales asentamientos. Nuestra tripulación contempló cómo se ma­sacraban mutuamente sin poder hacer nada. Pero nos dimos cuenta de que teníamos que hacer algo. Era imposible quedarse cruzado de brazos, cuando sabíamos que la infor­mación que les habíamos proporcionado había sido la cau­sa del conflicto. La tripulación de nuestra nave intentó una táctica desesperada: a través de nuestros robots, ordenaron a las partes beligerantes que cesaran la lucha, sin decir lo que pasaría si se desobedecía la orden. «Funcionó. La guerra terminó.

«Habíamos aprendido otra verdad importante. Al ser «Inmortales», con una tecnología y un modo de vida in­comprensible para los colonos, podíamos tener enorme influencia.

»Eso nos proporcionó nuestra siguiente regla: permane­cer lo más distantes y misteriosos que fuera posible. Y si reclutábamos a alguien para que se uniera a nosotros en el espacio-L (sólo queríamos especímenes extraordinarios), les introduciríamos gradualmente en nuestra sociedad a través de un adoctrinamiento largo e intensivo.

«Nuestras reglas funcionaron muy bien. Se nos unió gente de Maremar y de Jade (otros dos planetas colonizados por Helena) y llevamos trabajando en esos sistemas y en el Mando desde hace miles de años Tierra.

»Por fin, llegó su mundo. Probablemente no lo saben, pero Pentecostés es una adición muy reciente a nuestras visitas planetarias. Les descubrimos hace sólo unos meses, según percibimos el tiempo en el espacio L, y el hecho fue un pequeño milagro.

«Verán, Eleanora fue la más desafortunada de las naves coloniales. Las otras dos arcologías encontraron varios pla­netas adecuados para establecerse en ellos. Pero sus antepa­sados tuvieron que vagabundear por las inmensidades inte­restelares durante más de quince mil años, sin aproximarse nunca a un mundo habitable. Ahora sabemos por qué. Durante los últimos cuatro mil años Tierra hemos podido predecir bastante bien los sistemas estelares y los planetas donde es probable que pueda darse la vida. Y Eleanora, simplemente, se dirigió a los sistemas estelares erróneos, en términos de nuestro conocimiento. Desgraciadamente, ese mismo conocimiento nos hizo tardar en seguir a Elea­nora. Resulta que el sistema Cass normalmente no está dispuesto para la vida. La existencia de Pentecostés, Gimperstán, Mata de Pelo y Glug es un accidente, un producto secundario de las ondas de resonancia entre las órbitas pla­netarias.

«Podríamos haberles encontrado en Pentecostés hace cuatro mil años si se nos hubiera ocurrido mirar allí. Sólo detectamos sus emisiones de radio hace unos pocos cientos de años. Y finalmente entablamos contacto con ustedes.

«Seguimos nuestras reglas habituales. Contacto lento y limitado, y no intentar cambiar el gobierno del mundo contactado. Resultó que Pentecostés tenía un régimen tota­litario: un gobierno más preocupado por mantenerse en el poder que por ninguna otra cosa, y que no tenía ningún interés en los asuntos interestelares. Desde nuestro punto de vista aquello era perfecto. Todo salió según el plan durante cuatrocientos años, hasta esta Planetfiesta, cuando el Mando fue informado de que era probable que se diera un grupo poco común de ganadores. Ustedes no saben quienes serán los ganadores por adelantado, pero nuestra gente en Pentecostés tiene una idea bastante aproximada. Esperábamos problemas, pero no sabíamos de qué tipo. Personalmente, pienso que algo habría sucedido aunque Wilmer no hubiera llevado a cabo la acción que realizó en Remolino. Sus perfiles están demasiado alejados de las pautas habituales. Pero eso es una especulación mía. Lo principal es que algo pasó. Y... —Olivia Ferranti miró las caras de los atentos jóvenes que la rodeaban y sacudió la cabeza—, aquí estamos. Tenemos que decidir qué va a pasar a continuación.

«Aceptaré que tienen control sobre la nave. Y espero que acepten mi palabra cuando les digo que su control puede ser peligroso dado el conocimiento limitado que tienen. La situación actual es mala para todos, incluidos ustedes. Así que déjenme pasarles la pelota diciéndoles que me han enviado aquí con una proposición hecha por todos noso­tros, incluido el capitán Rinker.

El grupo cobró vida. De repente empezaron a mirarse mutuamente, interrogándose. Durante más de media hora su situación actual había sido pospuesta, por el interés en el destino de los otros. Volver al presente fue una situación incómoda.

Peron miró a los ojos a cada uno de los otros. Finalmente asintió.

—No tenemos nada que perder escuchándola. Recuerde sólo que tenemos control físico sobre usted y sobre la nave. Así que adelante. Escucharemos. ¿Cuál es su propuesta?

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

22

 

 

 

 

Los ojos de Olivia Ferranti se abrían lentamente, milíme­tro a milímetro. Una fina línea de color blanco había apare­cido entre las largas pestañas falsas. Se ensanchó hasta adquirir la forma de una delgada media luna. Los párpados se abrieron hasta revelar por fin las pupilas dilatadas de unos ojos marrones luminosos, ribeteados de oro.

—Ya —dijo Peron finalmente—. Está en el espacio-L. Por fin. No hay forma de que nadie pueda falsificar un despertar como ése. Volvamos a la cámara a conversar.

Todos sabían que era urgente discutir—, pero la urgencia de vigilar a Olivia Ferranti había sido irresistible y tácita­mente aceptada por todos.

Se habían congregado en torno a los grandes tanques mientras ella se preparaba para entrar. La observaron en silencio mientras entró, impresionantemente tranquila. Y en cuanto la pesada puerta del sarcófago se cerró, ella se tumbó, mirándoles a través de la superficie transparente y saludándoles agitando los dedos. Luego alargó la mano hacia los paneles de control y pulsó la secuencia para iniciar su regreso al espacio-L.

Unos segundos después, los rociadores del atomizador se movieron para dibujar una fina línea de vapor sobre su cuerpo, mientras delicadas sondas se introducían suave­mente en los orificios de su cabeza y tronco. Un denso vapor verde y amarillo llenó el interior del tanque, escon­diendo la forma inmóvil de Olivia en una suave mortaja.

Después de eso había poco que ver, pero se habían quedado esperando durante casi dos horas, intercambiando frases breves casi en susurros. Sólo cuando el aire del sarcófago se aclaró finalmente y Olivia Ferranti empezó a volver lentamente a la conciencia, pudieron pensar en otros asuntos.

Y ahora, mientras veían cómo sus ojos se abrían con lentitud, todos sintieron una especie de urgencia renovada y ridícula. La lógica les decía que otro par de días que dedicaran a reflexionar y discutir, pasarían inadvertidos para Rinker y los otros en el espacio-L, pero el sentido de la prisa estaba más allá de toda lógica. Ese sentido remitió un poco cuando regresaron a la sala del ordenador y encontra­ron a los robots y los controles exactamente igual como les habían dejado.

—Entonces, ¿qué os parece? —dijo Peron bruscamente, mientras se reunían en círculo en torno a las pantallas de la consola del ordenador principal.

—La creo —contestó Rosanne de inmediato.

—Yo no —añadió Sy—. Nos estaba mintiendo. —¿Lum?

—Un poco de cada. —Lum se frotó las mejillas con una mano y frunció el ceño—. La creo en gran parte. Me parece que se acercó bastante a la verdad, pero creo que ha selec­cionado sus recuerdos. Ha omitido algunas cosas.

—Claro que sí. —La delgada cara de Sy estaba también contraída en una mueca—. Hay cosas que no ha dicho. Puedo hacer una lista. ¿Qué pasa si rechazamos su sugeren­cia? ¿Quién hace las reglas que deciden lo que debemos conocer y cuándo? ¿Qué es lo que le pasa a un ganador de la Planetfiesta si no se une al grupo? ¿Adonde van? Una cosa está clara, no vuelven a Pentecostés. Me pregunto si tienen algún accidente en el sistema Cass. Sabemos que hay mu­chas oportunidades para hacerlo en los Cincuenta Mundos.

—Estamos adelantando acontecimientos —dijo Lum. Se removió incómodamente dentro de su chaqueta, una caza­dora marrón que le estaba demasiado estrecha para el pe­cho y le quedaba además corta de mangas—. Vamos a tomar la historia de Ferranti paso a paso y veamos en qué estamos de acuerdo. ¿Vale?

—Su historia me pareció bastante genuina —dijo Elissa. —A mí también —dijo Peron.

—Además, no veo qué puede ganar mintiendo —continuó Lum—. Y la creo cuando dice que vamos hacia su cuartel general. Pero algunas otras cosas me parecieron falsas. Por ejemplo, no creo que seamos un peligro para la nave y para nosotros mismos sólo porque seamos extranjeros aquí y en el espacio normal. No salimos de todas las pruebas de la Planetfiesta sin aprender cautela. Sabemos que tenemos que ser cuidadosos y que hay que mirar antes de saltar. Creo que dijo que estábamos en peligro porque nos quie­ren en el espacio-L, donde puedan ponernos el ojo encima. Quieren estar al mando. Bien, no podemos permitirlo, Sy, ¿cómo va la reprogramación de los robots de servicio?

—Terminada. Ahora obedecerán nuestras voces. Pero Kallen y yo tenemos una duda. ¿Queremos que el ordenador active a los robots de servicio en respuesta a nuestras voces solamente? ¿O debemos dejar que continúe funcionando para Ferranti y los demás?

—¿Tiene que ser una cosa u otra? ¿No podéis instalar un sistema por el que les podamos quitar el control a los otros, si así lo decidimos? Eso sería una buena medida de segu­ridad.

Sy alzó las cejas y miró a Kallen, quien se pasó la lengua por los labios y se frotó la garganta.

—Creo que tienes razón —dijo después de un momento—. Lo intentaré.

—De acuerdo —asintió Lum—. Antes de que lo hagáis, pensemos, un poco más, en lo que nos ha dicho Ferranti. ¿Qué pensáis de su cuartel general? Según ella, está a un año luz de Pentecostés. ¿Pero por qué situarlo allí? Si el resto de su historia es cierta, hay menos colonias cerca del sistema Cass que en ninguna otra parte. Tendría más lógica si el Mando de los Inmortales estuviera cerca de Tau Ceti o de alguna otra estrella con más planetas habi­tables.

—Puedo responder a eso —dijo Peron—. Cuando me des­perté por primera vez, Ferranti mencionó el Mando del Sector. Eso significa que tiene que haber otros, en otros sistemas. Recordad, según Ferranti todas las colonias están a veinte años luz o menos del Sistema Solar. Viajando en el espacio-L, eso sólo son cinco días como mucho. Apuesto a que hay varios Mandos de Sector, cada uno cerca de cada uno de los sistemas estelares colonizados.

—¿Entonces donde está el Mando Supremo? —preguntó Elissa—. ¿Habrá uno?

—Apuesto a que sí —dijo Lum—. Incluso los Inmortales necesitarán alguna especie de organización superior de sus recursos. ¿Y no tenéis la impresión de que el cuartel gene­ral al que nos dirigimos, es donde se siguen las reglas, no donde se hacen?

—Entonces, ¿dónde está el Mando central? —repitió Elissa.

Lum se llevó la mano a la cabeza y frotó la gruesa mata de pelo marrón.

—Dios sabe. Si les resulta tan fácil viajar a las estrellas, tenemos que replantearlo todo. El Mando Supremo podría estar a cien años luz de distancia. Eso apenas son seis meses de viaje en el espacio L. Pero no tendría mucho sentido. Incluso en el espacio L, sería difícil mantener una organiza­ción donde se tardan semanas en recibir los mensajes.

—Lo estás haciendo difícil —dijo suavemente Sy—. Piensa en lo más simple.

—¿Quieres decir que el Mando del Sector es el único?

—No. Piensa en el Sol.

Los otros le miraron y luego lo hicieron entre sí.

—Tiene razón, como de costumbre —dijo Peron—. Todas las naves salieron de la Tierra. Fue el centro de la esfera de expansión, así que es aún el núcleo natural para coordinar las colonias y los Mandos de los sectores. El Mando Supre­mo debe de estar en la Tierra.

—¡La Tierra! —exclamó Rosanne tras un paréntesis de silencio. Su voz era un susurro y las palabras salieron de sus labios como una bendición—. Si el Mando Supremo está en la Tierra, tal vez podamos ir allí...

—No estará en la Tierra —dijo Lum—. Sabemos que no se puede bajar a la superficie de ningún planeta si se vive en el espacio-L.

Kallen sacudió la cabeza.

—No. No pueden vivir en el planeta. Pero podríamos visitarlo —Parecía muy excitado.

—Tiene razón —dijo Sy—. Todos estamos de acuerdo, en que en el espacio-L no se puede mantener el equilibrio más que en un campo microgravitacional. Pero la percep­ción y la tolerancia física no tienen nada que ver. Tu cuerpo podría soportar la gravedad perfectamente... Deberías estar sostenido y te sentirías más lento pero podrías visitar la superficie de la Tierra, o de Pentecostés, viviendo en el espacio-L.

—Eso sería suficiente —dijo Rosanne de repente—. Aun­que sea una visita corta, en el espacio-L o en el normal. Quiero ir a la Tierra, ver donde todo empezó. ¡Hemos hablado tanto sobre ello! ¿Os imagináis poder atravesar la atmósfera y caminar sobre la superficie de la Tierra?

—Tranquila —dijo Peron—. No te precipites. El Sol está a dieciocho años luz. Sé que apenas son unas pocas semanas en el espacio-L, pero pasarán casi dos siglos en Pentecostés. Todas las personas que conocemos habrán muerto cuando lleguemos a la Tierra, por no contar el regreso al sistema Cass.

Rosanne se encogió de hombros.

—No puedo hablar por ti, pero ya me despedí de todos mis mejores amigos. Es curioso, pero creo que estábamos preparados para esto. Nos despedimos antes de salir de Pentecostés. Recordad que nos animaron a hacerlo, y pen­samos que era por si acaso moríamos en las pruebas extraplanetarias. Pero tiene sentido. Si los ganadores son adoctri­nados y se trasladan al espacio-L, no volverán a ver a sus contemporáneos de Pentecostés, tras sólo unas pocas sema­nas en el espacio L. ¿Os dais cuenta de que la gente que dejamos en casa ya han envejecido cinco años desde la última vez que les vimos?

—He estado pensando en eso —dijo Lum—. No soy como tú, Rosanne, realmente añoro a algunos de los amigos que dejé y me gustaría verles de nuevo. Ésa es otra cosa que tenemos que tener en cuenta. Hemos estado tratando con Olivia Ferranti sobre la base de que estamos unidos, como si todos tuviéramos objetivos idénticos y quisiéramos las mismas cosas. Pero no es así. Os conozco lo suficientemen­te como para saber que eso no es cierto. Deberíamos poner nuestras preferencias personales sobre la mesa para que sepamos qué es lo que vamos a negociar con los Inmortales.

—¿Pero cuáles son nuestras opciones? —dijo Elissa—. Su­pongo que podemos ir al Mando y vivir allí en el espacio-L. O podríamos regresar a Cass y vivir en la Nave y trabajar con el gobierno de Pentecostés. Pero estoy segura de que no nos dejarán volver a pisar la superficie de nuestro planeta y vivir de la forma en que solíamos hacerlo, aunque quisiéra­mos. Sabemos demasiado. Tal vez nos dejen ir a otra colo­nia. O tal vez podamos ir a la Tierra.

—Por eso mismo me gustaría saber qué es lo que quere­mos —insistió Lum—. Todos tenemos nuestros propios de­seos y prioridades, pero ¿cuáles son?

—¿Por qué no empiezas tú? —dijo Rosanne—. Es tu pre­gunta, y así nos darás más tiempo, al resto, para pensarlo.

—Muy bien. —Lum inspiró profundamente—. Sé lo que quiero desde el momento en que descubrimos que hay otros planetas y colonias, y que hay un medio de alcanzar­los en un tiempo razonable. Quiero trasladarme al espacio-L y verlo todo. Me gustaría visitar todos los planetas, todas las arcologías y todos los cuarteles generales. Si pu­diera, me gustaría ver todos los planetas de la Galaxia, aunque la mayoría sean como Glug.

Rosanne asintió.

—No sé si todo eso es posible, pero al menos estás votando a favor de trasladarte al espacio-L. De otra forma, llevarías muchísimo tiempo muerto, antes de que alcanza­ras la primera colonia. ¿Sy? ¿Qué opinas tú?

—No me va vagabundear eternamente. —Sy sonreía, pero había algo en su mirada que sugería su desdén por los planes de Lum—. Quiero visitar el Mando de los Inmortales, el que tenga la tecnología más desarrollada. Lo que hemos aprendido en Pentecostés está anticuado, posiblemente en varias generaciones. Después, me gustaría visitar el centro de la galaxia.

—¡Eso está a treinta mil años luz! —dijo Peron.

—Lo sé. No me importa. Si tengo que volver al estado de hibernación para llegar allí, lo haré. No es una mala expe­riencia.

Rosanne le miraba y sacudía la cabeza.

—Sy, he trabajado contigo en las pruebas de la Planetfiesta y sé que eres bastante listo. Pero, ¡vaya si eres raro! ¡El centro de la galaxia!

Él le sonrió.

—¿Y bien? Oigamos entonces a alguien normal. ¿Adonde quieres ir?

—Bien... —Ella dudó—. Me gusta el sistema Cass, y me gusta Pentecostés. Pero estoy de acuerdo con Elissa. No nos dejarán regresar en mucho tiempo. Así que olvidémoslo. Y desde luego me gustaría ver la Tierra, ¿a quién no? Apar­te de eso, supongo que soy como Lum. Quiero ver monto­nes de sitios, vagar por las colonias y los planetas habitua­les, ver cómo son.

Elissa le hizo un guiño a Peron. Te lo dije, decía su mirada, te gané la apuesta. Rosanne está mucho más interesada en Lum de lo que quiere admitir.

—¿Y tú, Peron? —dijo en voz alta.

Peron parecía confuso.

—No estoy seguro. Ojalá lo supiera. Lo quiero todo: vol­ver a Pentecostés, viajar, y observar bien de cerca a esos In­mortales.

—¡No eres de mucha ayuda!

—Lo sé. Supongo que la mejor respuesta es que no puedo tomar decisiones a largo plazo. Pero de momento quiero saber más sobre el espacio-L. Y la única manera es trasladar­me allí durante una temporada. Olivia Ferranti hace que me sienta como un niño de pecho. No lo dijo así exactamente, pero tiene que pensar que somos como niños con una rabieta. Cuando pienso en todo lo que ha visto y hecho, y en las cosas que nos ha contado...

—Por no mencionar todas las cosas que ha visto y hecho y que no nos ha mencionado —dijo Sy secamente—. Kallen, es tu turno.

El joven alto asintió. Permaneció en silencio un instante, como si organizara sus pensamientos.

—Rosanne ha dicho que Sy es raro —dijo por fin. Sonrió tímidamente—. Me temo que dirá que yo soy aún peor. —Se aclaró la garganta y habló en un tono de voz más alto de lo que ninguno de ellos le había oído jamás—. En Pentecostés, me pasaba las noches despierto, embebido en mis propios sueños. Me preguntaba qué somos, como especie, y en qué podremos convertirnos con el tiempo. Siempre me ha pare­cido que los humanos somos un estadio de transición, algo entre los animales y lo que puede venir después. Especula­ba sobre cuál sería la siguiente fase. La pregunta siempre quedaba sin respuesta. Ya no. Quiero ver el futuro, el futuro lejano. Y como Sy, no me importaría volver a la hibernación para conseguirlo. —Sonrió otra vez—. Después de haberle echado un buen vistazo al espacio-L, pero no antes.

—Siempre he dicho que eras un soñador —dijo Elissa—. ¿El futuro lejano? Eres peor que Sy. Veamos, ¿qué conclu­siones tenemos? Somos un grupo bastante revuelto. Tenemos dos votos a favor de las colonias y el gran viaje, uno a favor de la ciencia y el centro de la galaxia, uno por el futuro y uno que no está seguro de lo que quiere. ¿Qué más? Todos pensamos que no nos han contado toda la historia, y que Olivia Ferranti sabe cosas sobre el espacio-L que no nos ha mencionado. Nadie aprecia la idea de pasar una temporada en el Mando local, pero sabemos que por algún sitio hay que empezar. Y que a todos nos gustaría hacer un viaje a la Tierra si encontramos el modo. Ése es mi resumen. ¿Falta algo?

—Una cosa —dijo Peron—. Hay aún una persona que no se ha definido. ¿Y tú, Elissa? ¿Qué quieres hacer?

Ella le miró de un modo peculiar.

—¿Te refieres a dónde iré? Peron, eres un idiota cabezón y un tardón ciego. ¿Estás intentando dejarme cortada?

Para sorpresa de Peron hubo un estallido de risas y comentarios incoherentes por parte de los otros cuatro.

—¡Dilo, Peron! —exclamó Lum.

—¿Decir el qué?

—Lo que quieres.

—Lum tiene razón —dijo Elissa. Se acercó a Peron y le abrazó mientras los otros reían.

—Dilo. —Le apretó las costillas—. Suéltame, si puedes. Voy adonde tú vayas, y no estaría mal si te decidieras y dijeras a dónde va a ser. Pero no tienes que hacerlo ahora, porque todos estamos de acuerdo en el siguiente paso. Iremos al espacio-L y luego a la Tierra. ¿Piensas que es posi­ble?

—Tendremos que convencer a muchos —dijo Lum—. Pero tenemos mucho poder mientras uno de nosotros esté aquí en el espacio normal. ¿Os dais cuenta de que un pequeño estallido de los motores de esta nave, uno que no advirtiéra­mos, haría imposible que se levantara nadie en el espacio-L? Podéis estar seguros de que ellos lo saben. Deben estar preguntándose qué vamos a hacer a continuación.

—Entonces digámosles que estamos listos para la si­guiente ronda de negociaciones —dijo Peron—. E insistamos en que se hagan aquí, no en el espacio-L. Eso los hará sentirse incómodos y deseosos de volver a su entorno nor­mal. ¿De acuerdo?

Los otros asintieron.

—Me muero de ganas por ver el espacio-L —añadió Rosanne—. Espero que Kallen y Sy hayan cambiado correctamente el programa de control. Me gusta la idea de que se cumplan todos mis deseos.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tercera parte

 

EL CAMINO A GULF CITY


 

 

 

 

 

 

 

 

 

23

 

 

 

 

Peron se estaba quedando dormido cuando sonó la alar­ma. Durante un par de minutos se debatió contra el desper­tador, intentando mezclar los tonos suaves y difusos en la fábrica de sus sueños.

Ring... ring... ring... ring...

Había regresado a Pentecostés, cuando la idea de la competición en la Planetfiesta había sido un sueño en sí misma. Doce años; las primeras pruebas, parte de la evaluación estatal de cada adolescente. El laberinto ciego se les presentó como un simple juego, algo que todos debían disfrutar. Él había obedecido las leyes escrupulosamente, guiándose sólo por el oído, siguiendo el suave tintineo de la campana ensordecida.

Habían pasado otros siete años antes de que compren­diera el propósito oculto de la prueba del laberinto. El sentido de la dirección, sí. Pero más que eso. La memoria, el valor, la honestidad y el deseo de cooperar con otros competidores, cuando los talentos individuales no pudie­ran proporcionar una solución. Era una preparación directa para la Planetfiesta, aunque ninguno lo admitió nunca.

¿Cómo le iba a Sy en el laberinto? Eso era un misterio. Sy era un solitario. No buscaba compañeros, aun cuando la tarea parecía imposible para un solo hombre.

Peron, de vuelta a la conciencia, advirtió que había esta­do confundiendo pasado y presente. Sy estaba aquí, ahora, en la nave. Cuando Peron realizó la prueba del laberinto nunca había oído hablar de él.

Pero seguía siendo una buena pregunta. ¿Cómo le había ido a Sy en las pruebas preliminares para la Planetfiesta?

Aquello era un enigma que había que posponer hasta más tarde. Mientras tanto, aquel sonido insistente continuaba, llamando a Peron a la acción.

Ring... ring... ring...

Suspiró. Se acabó el dormir. Había estado intentando mantener el límite de sueño en el espacio-L al mínimo, a menos de una hora de cada veinticuatro. Pero lo había estado sobrepasando. Se levantó vacilando y vio que Elissa ya había salido de la habitación común y se encaminaba a la sala de control central.

Olivia Ferranti ya estaba allí, mirando por la portilla. Elissa y Sy estaban a su lado, observando el mar informe y blanquecino que rodeaba a la nave en el espacio-L.

Sólo que ya no era informe. Había formas oscuras y complejas gravitando más allá del ventanal. Peron vio un rastro de rectángulos hechos manojos, unidos por cables trenzados de plata. A su alrededor, aunque no conectados con ellos, había dobles alas venosas como gigantescas semi­llas de sicómoros.

Olivia Ferranti saludó a Peron con un leve movimiento de cabeza.

—¿Recuerdan lo que les dije? No pareció que me creye­ran. Ésta es una de las razones por las que Rinker no quería que juguetearan con esta nave. Miren el balance de energía.

En la consola principal todas las indicaciones mostraban una consumición de energía cercana al nivel de peligro. Peron miró sólo un momento, pues su atención estaba irresistiblemente volcada hacia las formas del exterior.

—¿Qué son? ¿Nos están quitando la energía?

Olivia Ferranti introdujo una señal en el módulo de co­municaciones.

—Exactamente. Esa forma cristalina es un gosámero, una de las sorpresas del espacio interestelar. Nunca se encuen­tran a menos de un año luz de una estrella. Lo más extraño de todo es que son invisibles en el espacio ordinario, pero muy fáciles de ver en el espacio-L.

Indicó la pantalla de la izquierda, donde se mostraba una imagen de los cambios de frecuencia, permitiéndoles ver fuera de la nave las longitudes de onda de la radiación normal visible. Mostraba sólo el campo estelar del espa­cio profundo. El Sol era ahora la estrella más cercana, a casi tres años luz por delante, poco más que un débil punto de luz.

—No sabemos cómo lo hacen los gosámeros —continuó Ferranti—. Pero viven a menos de un grado absoluto, muy por debajo de la temperatura de la radiación cósmica de base, sin emitir radiación en ninguna frecuencia que haya­mos podido detectar. Y chupan toda la energía que puede emitir una nave. Si no lo supieran y estuvieran ustedes a cargo de una nave, podrían verse metidos en un problema terrible.

—Pero ¿qué son? —repitió Peron—. ¿Son inteligentes?

—No lo sabemos. Ciertamente, responden a los estímu­los. Parecen interpretar las señales que les enviamos y dejan de succionar energía en cuanto reciben un mensaje adecuado y no aleatorio. Nuestras suposiciones son que los gosámeros no son inteligentes, sino una serie de sistemas de recolección de energía y propulsión. Pero los pipistrellas, esas cosas con forma de murciélago que pueden ver junto a los gosámeros, ésos son otro asunto. Surcan los campos magnéticos y gravitacionales galácticos y lo hacen de forma compleja. Nunca hemos conseguido con ellos un intercambio de información a dos vías. Nunca emiten, pero actúan inteligentemente. La verdad es que usan los campos eficientemente, a fin de gastar el tiempo y la energía míni­mos en su movimiento. Eso podría ser también una especie de instinto avanzado, igual que un pájaro se mueve por la atmósfera. Pero, obsérvenles ahora. ¿Qué significa eso? ¿Es­tán diciendo adiós? Nunca estamos seguros.

Ferranti había completado la secuencia de la señal. Tras un breve intervalo, uno de los pipistrellas se acercó a la nave. Hubo un aleteo, una oscilación a derecha e izquierda, y un estallido final de energía en los contadores. Entonces los paneles y filamentos del gosámero empezaron a alejar­se. Las conexiones plateadas brillaron mientras toda la con­currencia se desvanecía lentamente. Tras unos pocos minu­tos, las formas aladas de los pipistrellas cerraron su forma­ción y siguieron al gosámero.

—Tuvimos naves flotando a la deriva durante meses, des­provistas de toda energía, hasta que aprendimos a hacer esto —dijo Ferranti—. Incluso intentamos agredirles, pero nada afectaba a los gosámeros. Ahora hemos aprendido a vivir con ellos.

—¿Puede hacer que vuelvan? —preguntó Sy.

—Nunca hemos descubierto un medio para hacerlo. Apa­recen al azar. Y ahora les encontramos con menos frecuen­cia que al principio. Pensamos que el fallo de la central energética de Helena, cuando partieron las arcologías, fue probablemente un encuentro con un gosámero. Cuando los colonos desconectaron la central para repararla, no encon­traron nada malo. Eso es típico en la succión de un gosáme­ro. Parece que no necesitan nuestra energía, pero les gusta. Los científicos del sector Jade argumentan que somos una amenaza para los pipistrellas, pues somos una fuente de energía compacta cuando están acostumbrados a una muy diluida. Somos un caramelo para ellos, y tal vez han apren­dido que demasiados caramelos no son buenos.

Desconectó la pantalla y se incorporó.

—Quédense aquí si quieren y jueguen con el enlace comunicador. Tal vez puedan encontrar un medio para hacer que vuelvan. Es lo que le gustaría a nuestros exobiólogos y expertos en comunicación. Quería que vieran esto y captaran mi mensaje: no se puede conocer el Universo quedándose cerca de una estrella. Hay que saber qué es lo que ocurre en el espacio profundo.

—¿Qué otras cosas ocurren? —preguntó Elissa. Aún con­templaba las profundidades lechosas del espacio-L, obser­vando cómo la estela de los pipistrellas se perdía lentamen­te de vista.

—¿Aquí? —dijo Ferranti—. Nada más. No estamos en el espacio profundo. El Sol está a menos de tres años luz, llegaremos allí en menos de una semana. Ahora bien, si estuviéramos en el espacio profundo, a más de diez años luz de una estrella...

Olivia Ferranti se detuvo bruscamente. Parecía haber estado a punto de decir algo más, pero lo había pensado mejor. Hizo a los otros un gesto con la cabeza, dio la vuelta y se marchó de la sala de control.

 

 

—¿Qué es lo que deducís de eso? —dijo Elissa.

Sy sacudió la cabeza y no hizo ningún comentario.

—Nos está diciendo que habrá más sorpresas durante el viaje —dijo Peron—. Me gusta Olivia, y creo que está hacien­do por nosotros todo lo que puede. Sabe que aún hay cosas que no puede revelarnos, así que nos da pistas y nos de­ja que las descubramos por nuestra cuenta. Ésa fue otra, pe­ro no sé cómo interpretarla. Maldición, ojalá los otros estu­vieran aquí. ¿Creéis que hemos cometido un error al dividir­nos así?

Peron había estado preguntándose eso mismo desde que salieron del Mando del Sector. Entonces había parecido una pequeñez. Con la experiencia que había adquirido desde que salieron de Remolino, las reuniones con los Inmortales habían sido más aburridas que apasionantes. Habían aprendido el espacio-L solos, por las buenas, y lo que debería haber sido una serie de revelaciones resultó simplemente la confirmación de hechos conocidos. El per­sonal en el Mando del Sector era mínimo, poco más que un grupo administrativo de comunicaciones, y casi toda la información fue proporcionada a través de robots educado­res y cursos de ordenador, ninguno de los cuales había sido programado con el interés como factor dominante. Después de una larga y tediosa serie de avisos faltos de humor sobre los peligros de trasladarse continuamente del espacio-L al espacio normal, Rosanne había dicho:

—¿Nos han tenido que hacer recorrer todo un año luz para esto? Tal vez cuando se es un Inmortal no se vive más tiempo, sólo lo parece.

Una de las condiciones negociadas con el capitán Rinker, para devolverle el mando de la nave, había sido la libertad para viajar después de recibir entrenamiento. Al principio, el capitán había rehusado indignado a considerar una cosa semejante. ¡Sin precedentes! Por fin había claudi­cado después de que Kallen enviara varios miles de robots de servicio a su camarote. Los robots ocupaban cada centí­metro de espacio disponible, se movían al azar, rehusaban obedecer ninguna de sus órdenes y hacían imposible co­mer, caminar e incluso dormir.

Cuando el adoctrinamiento terminó por fin, todos esta­ban aburridos y exhaustos. Y cuando supieron que dos naves llegarían al Mando del Sector con dos días-L de diferencia, una con rumbo a la Tierra y la otra procedente de allí con destino a Paraíso, se dividieron en dos grupos. Kallen quería visitar al grupo de investigadores Inmortales que orbitaban Paraíso, mientras que Lum y Rosanne sentían curiosidad por bajar a la superficie del planeta. El ordena­dor había hecho una breve descripción de los hechos que habían conducido a la extinción de la colonia en Paraíso, pero como había señalado Lum, la simple enumeración de hechos era insatisfactoria. Una población de más de un millón de seres humanos había muerto en unos pocos días, sin dejar ningún registro escrito o natural que mostrara cómo o por qué. Si podía pasar tan fácilmente en Paraíso, ¿por qué no podía pasar en Pentecostés, o en cualquier otro lugar?

Ya que todo el viaje no requeriría más que de una semana de viaje en el espacio-L, Elisa, Peron y Sy habían tomado la nave que se dirigía al Sistema Sol. Kallen, Rosanne y Lum fueron a Paraíso. Y como Lum había recalcado alegremente, no estarían a más de un día-L de distancia a través de las comunicaciones radiofónicas. Podrían hablarse cuando quisieran. Excepto que el equipo de su nave pare­cía estar en continuo uso de alta prioridad.

Ahora, al menos Peron, lamentaba la decisión de separar­se. Y Sy parecía inusitadamente pensativo y alejado, incluso para él.

—Tal vez lo hago todo al revés —dijo por fin—. Cuando dije que quería visitar el centro galáctico, suponía que sería el lugar donde podía encontrar nuevos misterios. Tal vez no. Tal vez lo verdaderamente desconocido está en todas partes. ¿Debería estar mirando la nada, las regiones entre las galaxias?

Se levantó bruscamente y salió, como Olivia Ferranti, de la sala de control. Peron y Elissa se quedaron solos, mirán­dose inseguros.

—Más preguntas —dijo Elissa.

—Lo sé. Y nadie quiere darnos respuestas. Te diré el mayor misterio de todos. La sociedad de los Inmortales tiene una estructura complicada. Tienen una cadena de naves que enlaza con todos los mundos habitados, tienen un elaborado sistema de reclutamiento para hacer que gente como nosotros se traslade al espacio-L, y tienen reglas definidas para sus encuentros con otras sociedades, incluso las humanas. Dios sabe qué harían si encontraran alieníge­nas que fueran inteligentes y vivieran cerca de las estrellas. Pero con todo eso, nunca parece que nos acerquemos a los Inmortales que están al mando de toda la organización.

—Tal vez su sociedad no funciona así. Quizá sea una auténtica democracia.

—No lo creo. —Peron se inclinó hacia delante y pasó el brazo por encima de los hombros de Elissa—. Piénsalo un momento. Alguien tiene que desarrollar las reglas y los procedimientos. Alguien tiene que comprobarlos. Alguien tiene que ocuparse de los suministros de alimento, de la energía, de los viajes, y de la construcción. Tiene que haber líderes. Sin eso no hay democracia, hay anarquía y caos. ¿Dónde está su gobierno?

Elissa acariciaba ausente la mano que Peron había colo­cado sobre su hombro.

—¿No llegamos a la conclusión de que está en la Tierra o, al menos, en órbita en algún lugar del Sistema Solar?

—Lo hicimos. Pero ya no lo creo. Le dije a Olivia Ferranti que queremos conocer a los líderes de los Inmortales. Ella no quiso decir nada al respecto, pero insiste en que nos gustará visitar la Tierra. ¿Cómo puede decir eso, si podría­mos tener una confrontación allí?

Elissa sacudió la cabeza. No habló, y después de un par de minutos se zafó del abrazo de Peron y salió en silen­cio de la cabina de control.

Peron se quedo solo, mirando sobriamente la blancura del cielo del espacio-L. Le parecía que sólo habían pasado semanas desde que caminara por los pegajosos pantanos de Glug, o analizara los peligros de aterrizar en Remolino. Para él, y para Sy y Elissa, eran semanas.

Pero en Pentecostés nuevas generaciones de conten­dientes habían ganado y perdido la Planetfiesta. Ahora, el nombre de Peron, como el de Kallen, Lum y los otros, no era más que una nota al pie de un antiguo libro de registros. Y Wilmer, o algún otro Inmortal entrenado, estaría en la superficie del planeta, observando a los nuevos participan­tes e informando de su conducta.

Y todos cuantos había conocido en Pentecostés, a excep­ción de Wilmer, estaban ya muertos. Peron se preguntó qué habría sido del largo proyecto de siglos para rescatar los pantanos septentrionales de la provincia de Turcanta. ¿Se habría terminado ya y habría desarrollos agrícolas reales, reemplazando los diseños futuristas que habían ilustrado una lección de geografía cuando aún estaba en la escuela? ¿Y qué otros proyectos se habrían desarrollado desde en­tonces?

Elissa y él habían discutido su decisión, y no hubo lamentaciones. Con lo que habían descubierto, no podría haber ningún regreso a una vida «normal» en Pentecostés. La idea de visitar la Tierra les había llenado de energía y entusiasmo; y ambos eran ridículamente felices juntos. Sin embargo...

Peron presentía que le esperaban otros viajes y otros problemas antes de que el verdadero secreto de los Inmor­tales fuera por fin revelado.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

24

 

 

 

 

Deceleración: procedimientos, primera parte.

La fase de deceleración de un viaje interestelar se efec­túa normalmente en hibernación. Mientras los pasajeros humanos están inconscientes, los ordenadores de a bordo ejecutan las tareas de ajustar la velocidad y la posición con el blanco. Despiertan a los durmientes sólo después de la llegada a destino.

Las alternativas a la hibernación son limitadas: trasla­darse al espacio normal, seguido por la plena conciencia durante las largas maniobras de deceleración y atraque; o un viaje inmovilizado y mareante en el espacio-L. No se recomienda ninguna de las dos alternativas.

Sin discusión, Sy había elegido la hibernación durante su acercamiento al Sistema Sol. Planeaba usar las técnicas de animación suspendida intensivamente en sus viajes futuros, y estaba ansioso por ganar experiencia al respecto lo más pronto posible.

Peron y Elissa habían tenido más dificultades a la hora de decidirse. Después de soñar tanto tiempo con ir al Sistema Solar y la Tierra, la idea de que cerrarían los ojos y descubrirían de repente que estaban allí no les parecía tan atractiva. Se perdía todo el sentido del viaje. La Tierra era una leyenda, y todas las experiencias conectadas con ella tenían que ser saboreadas. Habían estudiado el Sistema Solar durante el viaje desde el Mando del Sector, y ahora querían ser testigos de toda la aproximación. Pero eso significaba más de un mes de tiempo de viaje subjetivo durante la deceleración, o una hora de mareo durante la deceleración y el ajuste de la órbita, firmemente atados e incapaces de mover un músculo.

Lo habían discutido una y otra vez y por fin habían tomado una decisión. Ahora estaban tumbados codo con codo, fuertemente alojados en nidos protectores. Olivia Ferranti, como favor especial, les había colocado unas pan­tallas para que pudieran tener una visión adecuada de la parte delantera y trasera de la nave a medida que ésta entraba en el Sistema. Se habían introducido en los nidos antes de que empezara la deceleración, cuando aún estaban casi a cincuenta mil millones de kilómetros del Sistema y el Sol no era más que una estrella excepcionalmente brillante en las pantallas.

Al principio, los dos creyeron que todos sus estudios habían sido una pérdida de tiempo. El Sol se había ido haciendo más grande y más brillante, girando en el cielo a medida que su trayectoria respondía al método de control de navegación del sistema. Pero se parecía a cualquier otra estrella, y eso les decepcionó. Durante los últimos cinco minutos vieron brevemente a Saturno y la estructura del anillo; pero estaba muy lejos y no se podían apreciar mu­chos detalles de la superficie de los planetas ni de los satélites. Todos los otros planetas permanecían invisibles.

No podían hablar entre sí, pero, cada uno por su lado, decidieron que la náusea y la incomodidad no merecían la pena. Hasta que, de repente, la Tierra apareció en un lado de la pantalla. El planeta se asomó con rapidez frente a ellos, en las últimas etapas de su aproximación.

Y sus sufrimientos dejaron de contar.

Las cintas de la nave les habían condicionado para espe­rar una canica verdiazul rodeada de nubes y una sola luna en el espacio. En cambio, la esfera completa de la Tierra brillaba rodeada por un rosario de brillantes puntos de luz como lo